A História da Criação da Terra

Capítulo Doce


—Ya veo —dijo Maudsley después que Carmody terminó su explicación—. Es una historia interesante, aunque estoy seguro que la ha dramatizado algo… Pero de cualquier forma, está aquí; en busca de un planeta llamado… ¿Tierra?

—Correcto, señor; así es —contestó Carmody.

—Tierra —repitió Maudsley, profundamente abstraído mientras se rascaba la cabeza. Tiene usted mucha suerte, creo recordar ese lugar.

—¿De veras, señor Maudsley?

—Sí, estoy bastante seguro —dijo Maudsley—. Se trata de un pequeño planeta verde que mantiene una raza monomórfica como usted, ¿estoy en lo cierto?

—Absolutamente exacto —dijo Carmody.

—Tengo muy buena memoria para estas cosas —dijo Maudsley—. Y da la casualidad que, en este caso particular, yo construí la Tierra.

—¿Realmente la hizo usted? —preguntó Carmody.

—Sí… Lo recuerdo claramente porque durante su construcción también inventé la ciencia. Tal vez la historia le resulte interesante —se volvió hacia sus ayudantes—. Y para vosotros también será un poco instructivo…

Nadie iba a negar a Maudsley el derecho a contar una historia. De modo que Carmody y los ingenieros ayudantes adoptaron una actitud atenta. Maudsley comenzó:


La Historia de la Creación de la Tierra


—Por aquel entonces yo era todavía un contratista novato. Había puesto algún planeta aquí y allá, y llegué a hacer alguna que otra estrella enana. Pero era muy difícil encontrar trabajo y los clientes, sin excepciones, eran caprichosos; encontraban defectos en todo y tardaban mucho en pagar. En aquellos tiempos era muy difícil contentar a un cliente; solían discutir cada pequeño detalle: Cambie esto, cambie aquello, porqué el agua debe correr hacia abajo en la colina, la gravedad es mucha y el aire caliente se eleva muy pronto en vez de descender. Y así todo…

»En esa época yo era muy ingenuo todavía. Trataba de explicar las razones prácticas y estéticas de todo lo que hacía. Cuando me detuve a recapacitar, me encontré con que las preguntas y sus correspondientes explicaciones requerían más tiempo que los trabajos. Desde todo punto de vista era demasiado hablar y hablar. Y así supe que había llegado el momento de hacer algo al respecto, pero no se me ocurría nada. Entonces, antes del proyecto Tierra, me dediqué a elaborar en mi mente un enfoque por completo diferente en cuanto a la relación con los clientes. Empecé a murmurar para mí: “La forma sigue a la función”. Me gustaba como sonaba eso. Pero después solía preguntarme Por Qué la forma debe seguir a la función. La razón que me di fue la siguiente: “La forma sigue a la función porque es una ley inmutable de la naturaleza y uno de los axiomas fundamentales de la ciencia aplicada”. Y también me gustó como sonaba esta frase, aunque no tenía mucho sentido.

»Pero en ese caso el sentido no importaba. Lo importante era acabar de hacer un nuevo descubrimiento: sin saberlo, había tropezado con el arte de la publicidad y la facilidad para vender, e inventé una artimaña de grandes posibilidades: la doctrina del determinismo científico.

»Por eso siempre recordaré a la Tierra; fue mi primer caso de prueba.

»Me fue a ver un anciano alto y barbudo, con ojos penetrantes, y me pidió un planeta (así empezó su planeta, Carmody). Bien, hice el trabajo muy rápido, creo que en seis días; y pensé que allí terminaba todo. Era uno de esos tantos planetas de bajo presupuesto, y yo había escatimado en ciertos detalles. Pero al escuchar las quejas del cliente, cualquiera habría pensado que le saqué un ojo de la cara.

—¿Por qué hay tantos tornados? —preguntó.

—Es parte del sistema de circulación atmosférica —le respondí. (En realidad, yo había trabajado un poco de prisa y había olvidado colocar una válvula de sobrecarga para la circulación de aire).

—¡Tres cuartas partes del planeta están cubiertas de agua! —protestó—. ¡Y especifiqué claramente que deseaba una proporción de cuatro partes de tierra por una de agua!

—Bueno, fue imposible hacerlo de esa manera —le dije. (Había perdido sus ridículas especificaciones; me cuesta seguir la pista de esos absurdos proyectitos de un planeta solo).

—Y para peor, la poca tierra que me dio la llenó con desiertos y pantanos y junglas y montañas…

—Le da un paisaje —señalé.

—¡Qué me importan los paisajes! —tronó el individuo—. Está bien un océano, una docena de lagos, dos o tres ríos, una o dos cadenas de montañas; eso habría sido aceptable. Adorna un poco el lugar y da una linda sensación a los habitantes. ¡Pero usted me ha entregado shlock!

—Hay una razón para todo eso —repuse. (En cuanto a eso, el trabajo no iba a dejar ganancia a menos que usara montañas reconstruidas, muchos océanos y ríos para rellenar la superficie, y un par de desiertos que compré muy baratos a Ourie, el vendedor de chatarra de planetas. Pero no podía decirle eso a él).

—¡Exijo una razón! —gritó—. ¿Qué voy a decirle a mi pueblo? Sobre ese planeta pondré una raza entera, quizá dos o tres. Serán humanos, hechos a mi propia imagen, y los humanos se destacan por ser pendencieros, igual que yo. ¿Qué supondremos que les diré?

»Bueno, yo sabía qué podía decirles, pero no quise ofenderle, de manera que fingí meditar sobre el asunto. Aunque parezca sorprendente, pensé y se me ocurrió una treta que supera a todas.

—Dígales la verdad científica, Lisa y llanamente —contesté—. Explíqueles que, científicamente hablando, todo lo que es, debe ser.

—¡¿Ehhh?! —murmuró.

—Es el determinismo —dije, inventando impulsivamente la palabra—. Es bastante simple, aunque quizás un tanto esotérico. Para empezar, la forma sigue a la función; por lo tanto, su planeta es exactamente como debe ser por el simple hecho de ser. Segundo, la ciencia es invariable; por lo tanto, si algo no es invariable, no es ciencia. Y por último, todo sigue determinadas reglas. No siempre es posible resolver cuáles son esas reglas, pero puede estar seguro de que existen. De manera que hay una razón para que nadie deba preguntar ¿por qué esto en lugar de esto otro? En vez de eso, cada uno debería preguntar, ¿cómo funciona?

»Bueno, a pesar de mi explicación, siguió haciéndome algunas preguntas bastante difíciles, y puedo asegurarles que era un anciano muy inteligente. Pero no sabía un rábano sobre la ingeniería: su especialidad era la ética, la moral y la religión, y otros temas fantásticos como ésos. De ahí que, naturalmente, no pudiera expresar ninguna verdadera objeción. Era uno de esos tipos a los que les encantan las abstracciones, y empezó a repetir:

—«Aquello que es, es porque debe ser». ¡Hmmm! Es una fórmula que resulta intrigante y no carece de cierta pátina de estoicismo. Creo que voy a incorporar algunos de estos conocimientos en las lecciones que doy a mi pueblo… Pero dígame esto: ¿Cómo puedo armonizar la fatalidad indeterminada de la ciencia con el libre albedrío que pienso otorgar a mi gente?

»¡Para qué voy a contarles! El viejo casi me atrapa con eso. Sonreí y tosí un poco para darme tiempo a pensar; y luego le dije:

—¡La respuesta es obvia! (…que es una buena respuesta hasta donde se pueda esperar).

—No tengo duda que lo es —dijo—. Pero no la percibo.

—Vea —le dije—. Ese libre albedrío que piensa darle a su pueblo, ¿no es también una especie de fatalidad?

—Podría considerársele de esa manera. Pero la diferencia…

—Además —me apresuré a decir—, ¿desde cuándo el libre albedrío y la fatalidad son incompatibles?

—Sin duda, parecen incompatibles —dijo.

—Eso se debe a que usted no entiende la ciencia —le respondí, cambiando los términos bajo su curva nariz—. ¿Sabe usted una cosa, querido señor? Una de las leyes cien —tíficas básicas es que la casualidad juega un papel en todo. Estoy seguro que usted sabe esto: la casualidad es el equivalente matemático del libre albedrío.

—Pero… lo que usted dice es muy contradictorio —afirmó él.

—Así es la cosa —insistí—. La contradicción es una de las normas fundamentales del Universo. Las contradicciones dan origen a la lucha, sin la cual todo llegaría a un estado de entropía. De manera que si las cosas no existieran en un aparente estado de contradicción irreconciliable, no habría planetas ni universo.

—¿Aparente? —dijo, rápido como la luz.

—Derecho como una flecha —respondí—. Contradicción, que podemos definir provisoriamente como la existencia de opuestos igualados por la realidad, no es la última palabra en el tema. Por ejemplo, propongamos una sola tendencia aislada; ¿qué sucede cuando se empuja una tendencia hasta el límite?

—No tengo la menor idea —dijo el viejo—. En esta clase de discusión, la falta de normas…

—Lo que sucede —continué—, es que esa tendencia se convierte en su opuesta.

—¿Sucede así, en realidad? —preguntó, evidentemente conmovido; estos tipos religiosos son algo serio cuando tratan de habérselas con la ciencia.

—Es la pura verdad —le aseguré—. Tengo pruebas de sobra en mi laboratorio, aunque las demostraciones resultan un poco aburridas…

—No, por favor. Creo en su palabra —dijo el anciano—. Después de todo, hemos hecho un pacto.

»Era la palabra que siempre usaba en lugar de “contrato”. Significaba lo mismo, pero era más bonita.

—Opuestos igualados —meditó—. Determinismo. Cosas que se transforman en lo opuesto. Temo que todo esto esté resultando demasiado intrincado.

—Y también estético —agregué—. Pero todavía no he terminado en cuanto a la transformación de los extremos.

—Continúe, por favor —dijo.

—Gracias. Bueno, tenemos que considerar la entropía entonces, lo que significa que las cosas persisten en sus movimientos, a menos que haya influencias externas (según mi experiencia, a veces el movimiento persiste a pesar de tales influencias externas). En ese caso, tenemos la entropía que impulsa una cosa hacia su opuesto. Si una sola cosa es dirigida hacia su opuesto, entonces todas las cosas se dirigen hacia sus opuestos, porque la ciencia es consistente, ¿se da una idea ahora? Llegamos a tener todas estas cosas transformándose frenéticamente a ellas mismas hasta transformarse en sus opuestos. Ya en un nivel más elevado de organización, encontramos grupos de opuestos actuando de la misma forma. Y más alto, y más alto. ¿Vamos bien hasta aquí?

—Imagino que sí —dijo él.

—Bien. Y ahora, naturalmente, surge una pregunta: ¿Y esto es todo? Quiero decir, ¿todo el juego se reduce a cosas que se vuelven opuestas a ellas mismas de adentro hacia fuera y de afuera hacia dentro? Y lo hermoso de todo esto, señor, es que no es así en realidad; estos opuesto de aquí para allá, como focas entrenadas, constituye sólo un aspecto de lo que sucede. Porque… —aquí hice una pausa y hablé con la voz muy profunda—, porque hay una sabiduría que va más allá del fragor y el desorden del mundo de los fenómenos. Esta sabiduría, señor, ve a través de la cualidad ilusoria de las cosas reales, y más allá de eso, es capaz de ver las funciones profundas del universo, que se encuentran en un estado de grandiosa y magnífica armonía.

—¿Cómo es posible que algo sea ilusorio y real a la vez? —me preguntó, con la rapidez de un latigazo.

—No está a mi alcance dar respuesta a eso —le dije—. Piense que soy un mero y humilde trabajador científico; veo lo que veo y actúo de acuerdo a eso. Pero quizá detrás de todo esto exista una razón ética.

»Por un buen rato, el viejo muchacho se abstrajo profundamente y pude apreciar que estaba librando una tremenda lucha consigo mismo. Por supuesto, era capaz de detectar una falacia lógica tan rápido como el que más, y mis razones habían estado plagadas de ellas. Pero como a todo intelectual, le fascinaban las contradicciones y sintió una poderosa urgencia de incorporarlas a su sistema. Además, tenía bastante sentido común como para saber que, de todas las proposiciones que yo le había formulado, todas no podían ser tan engañosas; al mismo tiempo su intelecto le decía que, si en realidad las cosas parecían tan complicadas, quizá por debajo de todo ello había un sutil y simple principio unificador, o al menos, una moral bien sólida… Y por último, le había hecho tragar otra vez el anzuelo sólo por emplear la palabra “ética”. Porque el anciano caballero tenía una verdadera manía por la ética, estaba sobresaturado de ella; podría llamársele Señor Ética, no tenga la menor duda. Y así, en forma accidental, le di la idea de que todo el maldito universo se trataba sólo de una serie de homilías y contradicciones, de leyes e injusticias; todo lo cual conducía a la más extravagante y rara especie de orden ético.

—Aquí hay algo mucho más profundo de lo que había pensado —dijo después de un momento—. Había planeado educar a mi pueblo solamente en la ética, y dirigir su atención a cuestiones imperativas de moral; por ejemplo, en cuanto a cómo y porqué debe vivir el hombre, en vez de qué constituye la materia viva. Deseaba que fueran exploradores, para que sondearan las profundidades de la alegría, el miedo, la piedad, la esperanza, la desesperación…, en lugar dé científicos que estudian las estrellas y las gotas de agua pare formular hipótesis grandiosas y poco prácticas en base a sus descubrimientos. Tenía plena conciencia del universo, pero lo consideraba algo superfluo. Usted me ha sacado de mi error.

—Bueno, vea —dije—; no tenía intención de causarle problemas. Pensé que debía hacerle notar estas cosas…

El anciano sonrió.

—Al causarme problemas —dijo—, me ha evitado problemas mayores. Puedo crear según mi propia imagen, pero no haré un mundo habitado por versiones de mí mismo en miniatura. El libre albedrío es muy importante para mí, y para bien o para mal, para alegría o dolor, mis criaturas lo tendrán. Sé que tomarán este juguete inútil y resplandeciente que vosotros llamáis ciencia, y lo elevarán hasta una no proclamada Divinidad. Quedarán fascinados con las contradicciones físicas y las abstracciones solares; se dedicarán al conocimiento de las cosas y olvidarán el conocimiento de sus propios corazones. Usted me ha convencido de ello y le quedo agradecido por prevenirme.

Para ser franco, a partir de entonces comencé a ponerme un poco nervioso. Quiero decir: era un Don Nadie; pero aunque no conocía a nadie importante, su rango era evidente. Tuve la impresión de que, si él lo deseaba, podía crearme un pandemonio de dificultades tan solo con algunas pocas palabras o una frase que, como una flecha envenenada, se alojaría en mi mente para no salir jamás. Y para ser sincero, eso me asustó un poco.

«Bueno señores, el viejo bromista debió haber leído mis pensamientos, porque dijo:

—No tenga ningún temor. Acepto sin reservas el mundo que ha construido para mí, exactamente como es; servirá muy bien así. Acepto también las fallas y defectos que le ha introducido, no sin cierta gratitud. También, se las pagaré. —¿Cómo? — pero ¿cómo es que se pagan los defectos?

—Aceptándolos sin disputar —dijo—. Y alejándome de usted ahora, para seguir con mi tarea y la tarea de todo mi pueblo.

»Y el anciano caballero se fue sin agregar palabra.

»Bueno, quedé muy pensativo. Yo había dado todos los buenos argumentos, pero de alguna manera el viejo se fue con la última palabra. Supe lo que había querido decir: él había cumplido su contrato conmigo y con eso, todo quedaba terminado. Me dejó sin ninguna palabra personal hacia mí, lo que desde su punto de vista era una especie de castigo.

»Pero ésa era la forma en que él veía todo esto. ¿Para qué quería yo sus palabras? Sólo quería oírlas, se entiende, es natural. Y por esa razón, durante algún tiempo le busqué. Pero él no tenía interés en verme…

»En realidad, no importa. Hice una buena ganancia con ese mundo, y si bien es cierto que aquí y allá ha quedado algo torcido, el asunto es que no se ha roto. Así son las cosas; uno está obligado a obtener un provecho, y no conviene complicarse demasiado por las consecuencias.

»Con todo esto me proponía alcanzar un objetivo, y quiero que me escuchen atentamente, muchachos. La ciencia está llena de reglas porque así la inventé. Pero ¿porqué de esta manera? Porqué las reglas constituyen una gran ayuda para un empresario alerta, así como las leyes son un recurso importante para los abogados. La finalidad de las reglas, doctrinas, axiomas, leyes y principios de la ciencia es ayudarnos, no coartarnos. Existen para proporcionar las razones de lo que uno hace. La mayoría de ellas son más o menos verdaderas, y eso ayuda.

»Pero recuerden siempre algo muy importante: estas reglas deben ayudarles a explicar al cliente lo que han hecho y no lo que piensan hacer. Cuando les encarguen un proyecto, háganlo exactamente como crean conveniente hacerlo; después, arreglen los hechos alrededor de sus explicaciones, y nunca a la inversa.

»Tengan presente que estas reglas existen como una barrera contra la gente que hace preguntas. Pero no deben ser barreras para ustedes. Si algo han aprendido de mí, es que nuestro trabajo, inevitablemente, no tiene explicación. Nos limitamos a hacerlo: algunas veces sale bien, otras no.

»Pero nunca traten de explicarse porqué suceden algunas cosas en lugar de otras. No pregunten ni imaginen que existe alguna explicación, ¿entienden?

Ambos asistentes asintieron con vehemencia. Parecían de pronto hombres iluminados, como si hubieran encontrado una nueva religión. Carmody habría apostado cualquier cosa a que ambos jóvenes ansiosos habían memorizado cada una de las palabras del constructor, y que de ahí en adelante las convertirían… en una regla.

***

Dimensión de Milagros – Robert Sheckley
(Original: Dimension of Miracles, 1968)

Marte e a Mente do Homem - Arthur C. Clarke



Arthur C. Clarke: "Mesmo que agora não haja vida em Marte, haverá ao terminar este século".

Foi um compatriota de Arthur Clarke, Sir Isaac Newton, quem primeiro teve a ideia de um satélite artificial. Newton, no entanto, não chegou a propor que a Inglaterra lançasse o seu satélite; tal proeza seria impossível tecnologicamente no século dezessete. Mas em um de seus livros, Principia, ele formulou a idéia de um canhão, instalado em cima de uma montanha, que fosse disparando projéteis com alcance cada vez maior, até que um deles pudesse subir além da atmosfera, ou, ignorando-a, conseguisse entrar em órbita. E um dos descendentes intelectuais de Newton foi quem primeiro reconheceu a importantíssima e extremamente útil aplicação da técnica que nos permite estabelecer um sistema de comunicações através dos oceanos, ou mesmo através do mundo. Não foi alguém do Laboratório Bell ou de outro centro de pesquisas semelhante, e sim Arthur C. Clarke que, muito tempo antes da ideia se transformar num projeto em andamento, propôs a construção de satélites artificiais. Clarke é famoso pelo seu filme que posteriormente se transformou em livro (contrariando a regra geral), 2001, Uma Odisséia no Espaço, e, tendo em vista o assunto de que estamos tratando, não pode deixar de ser feita uma referência à outra obra sua, o livro "As Areias de Marte". Devo começar de forma análoga à de Ray Bradbury. Foi Edgar Rice Burroughs quem despertou meu interesse, e eu hoje em dia o considero um escritor muito subestimado. Um homem capaz de criar o personagem mais conhecido no mundo da ficção não devia ser tão pouco considerado! É claro que não resta muita coisa do seu Marte, e sua ciência foi sempre um tanto duvidosa. Ainda me lembro que mesmo quando eu era garoto, achava um tanto estranho aquele negócio de rochedos de ouro puro incrustados de pedras preciosas. Acho até que pode vir a ser um exercício interessante para um estudante de geologia para ver como um fenômeno desses poderia vir a ser provocado.

Outro escritor a quem faço questão de pagar meu tributo, em parte por ter vivido uma vida tão tragicamente curta, é Stanley G. Weinbaum, cuja "Odisséia Marciana" foi editada por volta de 1935. E finalmente, como não podia deixar de ser, a outra grande influência que tive foi a do nosso sábio de Boston. Pode-se dizer o que se quiser sobre sua competência como observador, mas não se pode negar o seu poder de propagandista, e acredito mesmo que ele mereça um certo crédito por ter pelo menos conservado a ideia da astronomia planetária viva e ativa durante um período em que de outra forma talvez tivesse sido negligenciada. Certamente que ele causou muitos prejuízos, em diversos aspectos, mas, levando-se em conta tudo o que tem acontecido, talvez os benefícios originados de sua ação possam ser considerados maiores.

Seja como for, fiquei comovido um dia desses quando visitei o Observatório Lowell pela primeira vez e dei uma olhada através do seu telescópio de 26 polegadas, ao lado do qual Lowell foi enterrado. Afligiu-me ver que seus documentos foram negligenciados e que estão espalhados de qualquer maneira. E por causa disto, iniciei uma série de providências que devem vir a resultar na ordenação metódica do seu trabalho, e, com alguma sorte, em sua publicação. Sejam quais forem as tolices que ele tenha escrito, espero que algum dia batizemos qualquer coisa em Marte com o seu nome, e estou certo de que ele não será esquecido neste campo do conhecimento humano.

O nome de H. G. Wells também foi citado, e muito merecidamente, claro. Muito ele fez por Marte, e sua obra está viva até hoje. O diretor de cinema George Pal, com sua montagem de A Guerra dos Mundos, está no mesmo caso.

Estamos vivendo agora um momento realmente histórico em relação a Marte. Não vou fazer nenhuma predição, porque isto seria tolice, mas, seja o que for que aconteça, sejam quais forem as descobertas dos próximos dias, semanas ou meses, a verdade é que a fronteira do nosso conhecimento está se deslocando inevitavelmente para mais longe.

Ele já envolveu a Lua. Ainda temos muito a aprender a respeito da Lua, e eu estou certo de que mesmo lá encontraremos muitas surpresas. Mas a fronteira está se deslocando, e nossa atitude está mudando com ela. Estamos constatando, e isto é uma grande surpresa, que a Lua, e creio que também Marte e partes de Mercúrio, bem como, e muito especialmente, o próprio espaço sideral por si só, são meios ambientes benignos — não necessariamente à vida orgânica, mas à nossa tecnologia. Claro que são benignos, se comparados com a Antártida ou os abismos oceânicos, onde já estivemos. Esta é uma ideia de que o público ainda não se apercebeu, mas é um fato.

É bem possível que a fronteira biológica passe por Marte e siga até Júpiter, onde imagino que haja muita coisa a nossa espera. E não apenas eu — o próprio Carl Sagan já levantou a hipótese de que Júpiter pode apresentar um meio ambiente mais favorável à vida de que qualquer outro planeta, inclusive a própria Terra. Seria sensacional se se viesse a comprovar a veracidade desta ideia.

Para concluir, uma predição: mesmo que agora não haja vida em Marte, haverá ao terminar este século.

… Para Onde Vamos? Isaac Asimov - Introdução

Antologia organizada por Issac Asimov

Introdução

De há muito considero a ficção científica como um instrumento em potencial, inspirador e útil, para o ensino. Para esta antologia, portanto, selecionei dezessete histórias que, penso eu, podem inspirar curiosidade e podem conduzir o estudante dentro dos esquemas de indagação de seu interesse particular, que mais o entusiasmem, que podem até mesmo determinar a futura diretriz da sua carreira.

Isto não quer dizer, entretanto, que todas as histórias são cientificamente corretas, embora, naturalmente, algumas sejam realmente acuradas pelos padrões do nosso tempo. Afinal de contas a história de ficção científica não pode ser (exceto por inspiradora conjectura) mais acurada do que torna possível o conhecimento científico dos nossos tempos. Uma história escrita em 1925 somente por acidente pode ser acurada, em parte, com referência a Plutão, o nono planeta; a situação é similar quanto a histórias, sobre a bomba atômica, escritas em 1935; sobre satélites artificiais, escritas em 1945; sobre quasars, escritas em 1955 e assim por diante.

Em muitas histórias de ficção científica um princípio cientifico é deliberadamente destorcido, com a finalidade de tornar possível um determinado enredo.É uma realização que pode ser conseguida com perícia por um autor versado em ciência ou de modo canhestro por um outro menos versado na matéria. Em ambos os casos mesmo no último, a história pode ser útil. Uma lei da natureza que é ignorada ou destorcida, pode suscitar mais interesse, algumas vezes, do que uma lei da natureza que é explicada. São possíveis os eventos apresentados na história? Se não o são, por que não? E ao tentar responder a tal pergunta o estudante pode algumas vezes aprender mais a respeito da ciência, do que com uma série de demonstrações corretas feitas em salas de estudo.

Esta antologia foi preparada, portanto, obedecendo a diferentes níveis.

Em primeiro lugar, as dezessete histórias aqui reunidas são todas de boa qualidade, engenhosas e excitantes, cada uma à sua maneira. Todos os que assim desejarem podem lê-las pelo prazer que por si mesmas oferecem, sem fazer nenhum esforço consciente para com elas aprender algo, podendo mesmo ignorar totalmente os comentários particulares que faço depois de cada uma delas.

Para os desejosos de uma investigação mais profunda, escrevi depois de cada história umas poucas centenas de palavras de comentário, abordando os pontos científicos apresentados em cada uma delas, apontando a sua validade ou, algumas vezes, explicando os erros cometidos.

Finalmente, depois de cada comentário, adicionei uma série de sugestões e perguntas destinada a conduzir a curiosidade do leitor em direções possivelmente proveitosas. Tais sugestões e perguntas não são simples nem têm a intenção de sê-lo. Na realidade, algumas vezes, formulo perguntas para as quais as respostas não são conhecidas. A despeito disto não faço sugestões e não existem respostas no final do livro. Apresento, entretanto, no final, um apêndice de dois itens para cada história que pode interessar aos que se sentirem fascinados pelos pontos científicos abordados. A Leitura Adicional pode não fornecer as respostas às perguntas por mim apresentadas, mas responderá a outras questões que não cheguei a formular, mas que secretamente podem ter ocorrido ao leitor.

E até mesmo tal apêndice, embora tosco e não-específico, apresento com relutância – porque desejo que o leitor sinta-se inteiramente à vontade e chegue às suas próprias conclusões. Não desejo apresentar respostas, mas sim estimular o pensamento. Não desejo oferecer soluções, mas dar causa àquela espécie de curiosidade que pode ser o início de uma diretriz própria.

Afinal de contas não existe nenhuma exigência para que os leitores acompanhem todas as linhas – ou uma única que seja – da investigação que sugiro, mas alguns deles podem fazê-lo, movidos pelo desejo que as histórias contidas nesta antologia venham a inspirá-los, ainda que tal desejo tenha sido nutrido por uma única dessas histórias.

Se tal acontecer, sentir-me-ei imensamente mais recompensado por cada leitor que venha a achar excitante ainda que apenas uma das tramas sugeridas e venha a lançar-se na busca de maior conhecimento, do que poderia sentir-me por apenas ter organizado uma interessante antologia

E os leitores que se sentirem assim envolvidos, serão também imensamente mais recompensados.

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*** Literatura e Ciência***

1.  UMA ODISSÉIA MARCIANA – Stanley G. Weinbaum

Existe Vida em Outros Planetas? – Poul Anderson (Croweli-Collier, 1963)
Não Estamos Sozinhos – Walter Sullivan (M 1964)

2.  NOITE – Don A. Stuart

Limites da Astronomia – Fred Hoyle (Harper, 1955)
Grandes Idéias e Teorias da Cosmologia Moderna – Jagjit Singh (Dover, 1961)

3.  E O DIA SE FEZ – Lester del Rey

A Humanidade em Formação – William Howelis (Doub 1959)
O Homem, o Tempo e os Fósseis – Ruth Moore (2 ed., Knopf, 1961)

4.  O PLANETA PESADO – Milton A. Rothman

O Tempo nos Planetas – George Obring (Doubieday, 1966)
A Terra, a Lua e os Planetas – Fred L. Wbipple (3 ed., Harvard University Press, 1968)

5.  A CASA QUADRIMENSIONAL – Robert A. Heinlein

Uma Revisão na Geometria – Irving Adiei (John Day, 1966)
Introdução à Geometria – H. S. Coxetcr (2 cd., Wiley, 1969)

6.  PROVA– Hal Clement

O Sol – Giorgio Abetti (MacMlllan, 1957)
As Estrelas - W. ICruse e W. Dieckvoss (University of Michigan Press,  1957)

7.  UM METRÔ CHAMADO MÕBIUS - A. J. Deutsch

Conceitos Intuitivos em Topologia Elementar – B. H. Amold (Prentice-Hall, 1962)
Experiências em Topologia – Stephen Barr (‘rhomas Y. Croweli, 1964)

8.  TENSÃO DE SUPERFÍCIE – James Blish

Células: Sua Estrutura e Função – E. I Mercar (Doubieday, 1962)
O Cortejo da Vida – Alfxed S. Romer (World, 1968)

9.  MÉDICO DO INTERIOR - William Morrison

Vida nos Planetas – Robert Tocquet (Grove, 1962)
Vida no Universo – Michacl W. Ovenden (Doubieday, 1962)

10.  OS BURACOS AO REDOR DE MARTE - Jerome Bix

Um Estudo Elementar da Mecânica Celestial – Ryabov (Dover, 1961)
A Astronáutica Para Professores de Ciências - John G. Meitner (Wfflcy, 1965)

11.  OS PASTOS SUBMERSOS – Axthur C. Clarke

O Mar – Lconard Engel
As Baleias – E. 1. SIijpcr (Basic Books, 1962)

12.  A CAVERNA DA NOITE - .James E. Gunn

Encontro Marcado na Lua - RiCharci S. Lewis (Vildng, 1968)
Até a Lua - John NoMe Wilford (Bantapi, 1969)

13.  PANO DE PÓ – HalClement

Guia Pictórico da Lua – Dinsmorc Alter (nomas Y. CroweU, 1967)
Bagagem Para Levar à Lua – NeiI P. Ruzic (Putnasn, 1965)

14.  PATÉ DE FOIE GRAS – lsaac Asimov

Traços Isotópicos na biologia - Martin 1’. Kamen (3 cd., Acadenile Press, 1957)
Isótopos – 1. L. Putnain (Peican, 1960)

15.  OMNILINGUA – H. Beam Piper

O Livro do Horizonte dos Mundos Perdidos – Leonaxd Cottxeli (American Heritage, 1962)
A Rocha de Dano: A Estória de Henry Rawlinsbn – Robert Silverberg (Helt,
Rinehart e Winston, 1966)

16.  O GRANDE SALTO – Walter S. Tevis

As Leis da Física – Milton A. Rothman (Basie Books, 1003)
Compreensão da Física – Isaac Asimov (Volume 1, Walker, 1966)

17.  ESTRELA–NÊUTRON – Lany Niven

As Marés – Edward P. Clancy (Doubieday, 1968)
Os Espantosos Pulsars – Science Year, 1969, p 37 (Fie Enterprises, 1969)