terça-feira, 12 de junho de 2018

Alucinogenia. Cuento de Dean R. Koentz #CienciaFicción

Alucinogenia

Dean R. Koentz





La persecución de los mutantes por parte del orden establecido es un tema ya clásico en la SF, una de cuyas primeras y más conocidas muestras es la célebre novela Slan, de A. E. van Vogt. 

Psychedelic Children une al viejo tema del mutante dotado de poderes paranormales uno de rabiosa actualidad: el de las drogas alucinógenas y sus discutidos efectos sobre el organismo y la psique. 

El resultado es una narración poética y sorprendente. 


* * * 

Se despertó antes que ella y continuó tumbado, escuchando su áspera respiración; parecía el sonido del mar contra las rocas. Empeoraría antes de despertar. Se inclinó hacia la mesilla, tomó un cigarrillo del paquete casi vacío, lo encendió y se sentó en la cama. Trató de no pensar en las fuerzas que envolverían su cabeza, en los siniestros y dolorosos poderes que estarían rugiendo allí. En la oscuridad, intentó pensar en otra cosa.

La vista que se observaba desde la ventana era magnífica. Había estado nevando toda la noche y el campo quedó completamente cubierto; las nubes se entreabrían de vez en cuando permitiendo ver la luna, que iluminaba el blanco manto. Tras la vieja encina, se extendía la carretera, que semejaba un tajo negro sobre la blanqueada tierra. Indudablemente, los calefactores de la carretera se habían estropeado de nuevo, ya que algunas capas de hielo iban avanzando desde el margen. Anticuadas palas quitanieves trataban de despejarla.

Sueños cenicientos esparciéndose en copos

descienden flotando pacíficamente;

mientras monstruos relampagueantes, armados con espadas

golpean cruelmente el cerebro

y extienden sus uñas, sobre el hielo...

No estaba seguro de si el poema tenía sentido o no. Posiblemente era el efecto de su estado de ánimo. Lo repitió en voz baja. Tendría que recordarlo, pulirlo y, quién sabe, quizá lo incluyese en su próximo libro.

Al cabo de un rato volvió a mirar a Laurie. Tenía la cara pálida, y los ojos cerrados y rodeados de pequeñas arrugas. Le pasó la mano por el suave pelo negro que se extendía sobre la almohada. Ella lanzó un gemido y oyó cómo se precipitaba el aire fuera de su pecho.

Respiraba cada vez con más dificultad. Él, decidido a empezar esta vez sin titubeos, se levantó y se puso los pantalones y la camisa.

—¡Frank! —dijo ella.

—Lo sé.

Abandonó la cama y se puso la bata que tanto le gustaba a él.

—Sacaré el coche del garaje —dijo Frank.

—¿Y la nieve?

—Parecen tenerla bajo su control. No te preocupes; te recogeré en la puerta, dentro de cinco minutos.

—Te quiero —exclamó Laurie, mientras él desaparecía en la sala.

Su voz y su cara siempre le producían escalofríos, en momentos como aquél. Tomó una linterna y el revólver, que estaban en el cajón de las herramientas. Al salir de la casa, se guardó el arma en el bolsillo y aspiró el aire frío; parecía cortarle los pulmones, pero lo acabó de despejar. La senda que conducía desde la casa al garaje estaba sin limpiar y la nieve alcanzaba allí de treinta a treinta y cinco centímetros de espesor. La cruzó; escuchaba los ligeros silbidos del viento y el lejano gemido de las máquinas que batallaban contra las fuerzas de la naturaleza. La puerta del garaje se abrió al influjo de su huella digital sobre la cerradura. Se metió en el coche, lo puso en marcha y empezó a salir, en tanto empujaba la nieve con el parachoques trasero. Luego hizo funcionar los calefactores de ambos parachoques. Con el problema de Laurie, tenía que estar a punto para salir en cualquier momento, sin importarle el tiempo ni la temperatura, y aunque los calefactores para derretir la nieve fueran un suplemento caro, eran necesarios.

Cuando apareció, frente a la puerta de la casa, ella ya estaba esperándole. Subió y se acurrucó junto a él.

—¿Adónde?

—A cualquier sitio deshabitado —murmuró su vocecita—. Date prisa, por favor. Esta vez, el ataque va a ser realmente malo.

Se derretía la nieve a medida que avanzaban; cuando llegaron a la autopista el coche tomó el desvío que salía de la ciudad. Entonces él dejó el control del auto al piloto automático, mientras besaba y acariciaba las mejillas de Laurie.

Diez minutos más tarde, mientras el coche bajaba una rampa, una de las luces del piloto empezó a bizquear para avisarle que debía tomar el control manual. En algún lugar del coche, comenzó a sonar un zumbador por la misma razón. Dobló a la izquierda, por una carretera secundaria bastante menos despejada de nieve que la superautopista. El hielo avanzaba sobre sus bordes y la dejaba reducida, en muchos sitios, a la mitad de su anchura. Mantuvo el acelerador a fondo, casi peligrosamente.

Ella estaba quejándose...

Tenía mal aspecto; estaba llegando rápidamente al punto crítico, al momento en que los poderes psíquicos alcanzaban el punto máximo de tolerancia y luego estallaban violentamente. Laurie era una esper; pero esto era todo lo contrario que una ventaja, pues no podía gobernar su propia energía psíquica. No podía liberarla hasta llegar al punto crítico; y una vez alcanzado éste, tenía pocos segundos para desprenderse de ella.

Se alegraba de haber instalado en el coche los descongeladores. Algún día, pensó, todo el mundo los tendría. Entonces, las máquinas quitanieves y los calefactores de las carreteras serían innecesarios; los descongeladores evaporaban los cristales de nieve e iban dejando tras de sí una estela de vapor que el frío viento de la noche reconvertía rápidamente en hielo.

—Nos alejaremos un poco más —dijo él.

Laurie murmuró algo...

Se arriesgó a desviar la vista de la carretera y dirigirla hacia ella. Quedó asustado, como siempre, por el tono blanco verdoso que iba adquiriendo su atractivo rostro. Le recordaba a los muertos. Le hacía sentir escalofríos.

—Aguanta un poco más —dijo Frank.

De pronto, el coche empezó a patinar. Sujetó desesperadamente el volante. Quedaron atascados en un montón de nieve y los descongeladores tardaron unos minutos en poderles liberar. Continuó unos dos kilómetros más, sin ver ninguna casa; así que giró y se metió en lo que parecía ser un campo de trigo, liso ahora y cubierto de nieve. Los descongeladores estaban funcionando a toda potencia. Avanzó, con lentitud, por el camino que éstos le abrían hacia el borde del bosque que empezaba en uno de los extremos del campo y se perdía en la distancia. Cuando llegaron al bosque, frenó y apagó las luces. No se les podía ver desde la carretera, a causa del fondo oscuro que ofrecían los árboles.

Se sentó con ella sobre la nieve, junto a un árbol. Ella había alcanzado el punto crítico.

—De acuerdo —exclamó—; no hay nadie aquí.

Ella gimió otra vez... Su respiración se convirtió en un angustioso jadeo. La nieve empezó a derretirse a su alrededor y a los dos minutos, ya había desaparecido en un círculo de más de dos metros de diámetro. La tierra se convirtió en barro hirviente...

Recuerdo salas empapeladas

y con un gran reloj de pared

que tocaba las horas

como una voz que dijese:

«Te daré un dólar por diez centavos.»

Recuerdo cocinas soleadas

al empezar la tarde;

cien mil fragancias

del cucharón de mi madre...



Desconectó el magnetófono y quitó la cinta para devolverla a su estuche. Era la emisión del sábado, que sería retransmitida por ciento dos emisoras de frecuencia modulada. Quince minutos de poesía, crítica y música. Se sentía un poco amargado por la emisión y se preguntaba cuántos la escuchaban con atención y cuántos reían. Pensaba que muchas de las artes no estaban hechas para los medios de comunicación de masas. 

—¡Frank! —Laurie entró en la habitación esparciendo un suave perfume y con un vestido estampado de vivos colores; llevaba recogido su pelo oscuro con una cinta roja—. ¿Has visto el periódico de esta mañana? 

Sí, había visto los titulares: «Un alucinógeno en la vecindad». Y debajo: «La policía comienza la búsqueda». Hablaba del campo Crockerton, donde se había evaporado la nieve; la tierra aparecía revuelta, como si hubiese hervido, y los árboles rotos y quemados. También decía que sólo una cosa podía haber provocado todo aquello y que se estaba buscando a una persona alucinógena. 

—No te preocupes —contestó él. 

—Pero dicen que la policía está investigando en un radio de veinte kilómetros. 

La sentó sobre sus rodillas y la besó. 

—¿Y qué pueden encontrar? Soy un poeta contribuyente al partido; el partido es antiesper. Hacemos vida normal. Nunca hemos manifestado desaprobación ante el castigo de personas alucinógenas. 

—Es igual —dijo ella—. Yo estaría preocupada. 

También lo estaba Frank. 

Fue al mediodía cuando llegó la policía. La estuvieron observando por la mirilla de la puerta principal, mientras se aproximaba a la casa. 

—Será sólo para preguntar cosas de rutina, alguna inspección sin importancia —comentó él. 

No importaba. Ella estaba temblando y se retiró a la cocina. Pero él esperó, aunque dejó que llamasen dos veces antes de abrir la puerta. No quería aparecer preocupado y necesitaba esos pocos segundos para conseguir simular una sonrisa. 

—¿Quién es? 

—Inspector de policía Jameson; y su asistente, androide «T» —dijo el detective, señalando aquella parodia de hombre que tenía junto a él. 

—¡Oh!, es a propósito de la persona alucinógena de la que se habla en los periódicos, ¿verdad? Entre usted, inspector..., y también su autómata... 

Les condujo a la sala. El inspector y él se sentaron, pero el robot «T» permaneció de pie. Los copos de nieve que habían caído sobre su piel metálica estaban derritiéndose y mojaban la alfombra, tras dejar una marca húmeda hasta la altura de la barbilla. 

—Tiene usted un bonita casa, señor Cauvell. 

—Gracias. 

—¿Es aquí donde escribe sus poemas? 

Frank miró la mesa, afirmando. Allí solía escribirlos. 

—Soy un gran admirador suyo. Aunque debo confesarle que no siempre me gustan sus composiciones en verso libre. 

Respiró con más facilidad. Ciertamente, aquél no era un policía duro, brutal. En realidad, parecía más bien tímido. «Ni siquiera puede mirarme directamente a los ojos», pensó Cauvell. 

—¿Está su esposa en casa? 

Su corazón pegó un salto, pero no dudó ni un momento sobre lo que tenía que hacer. 

—Sí, está aquí. ¡Laurie! —gritó, quizá demasiado fuerte. 

Ella vino de la cocina y se quedó de pie, junto a la silla donde él estaba sentado, mirando desconfiadamente al androide. ¿Se estaría dando cuenta «T» de sus sospechas? 

—Siéntese, por favor, señora Cauvell —dijo Jameson. 

Entonces se dirigió a los dos. 

—Estamos realizando una investigación en la vecindad y nos gustaría hacerles unas cuantas preguntas. 

Ambos asintieron. 

—«T» —dijo Jameson. 

La garganta del androide pareció vibrar por un momento y se escuchó una profunda voz, emitida por un pequeño altavoz que se encontraba escondido en su duro cuello. 

—«Esta entrevista está siendo grabada. ¿Son ustedes conscientes de ello, señor y señora Cauvell?» 

—Sí —respondieron los dos. 

—«Toda la información que aquí se grabe puede ser usada ante un tribunal. ¿Son ustedes conscientes de ello, señor y señora Cauvell?» 

—Sí. 

—«Habla el androide «T», de la división de la policía ciudadana, cooperando con el inspector Harold Jameson. Señor Cauvell, un alucinógeno es una persona nacida de padres cuyos genes fueron alterados por el uso de la LSD 25. Estas personas se deforman física o mentalmente. ¿Comprende usted el término persona alucinógena?» 

—Sí. 

—«¿Y usted, señora Cauvell?» 

—Sí. 

—«Las personas deformadas físicamente son cuidadas por el Estado. Las personas alucinógenas que nacieron con el defecto congénito de sensibilidad ESP,1 son un peligro para el Estado y no pueden ser ciudadanos con plenitud de derechos. A causa de la naturaleza de su poder, que puede ser estudiado tan sólo en su punto crítico, y en el cual dicho estudio es demasiado peligroso para ser llevado a cabo, muchos de estos mutantes deben ser dados al sueño humanamente. ¿Entienden esto, señor y señora Cauvell?» 

Ellos dijeron que lo entendían. Las formalidades se habían acabado. 

—«Tenemos razones para creer en la existencia de una persona alucinógena en esta zona. ¿Tiene alguno de ustedes conocimiento de dicha persona?» 

Dijeron que no. 

—«¿Alguno de ustedes abandonó su casa la pasada noche?» 

—No. 

—«¿Cómo es que la entrada a su garaje y la salida a la autopista se encuentran limpias de nieve?» 

—Vimos al venir —dijo Jameson— que la entrada de su garaje aparecía como limpiada por descongeladores de nieve. 

—Salí esta mañana a realizar unas compras —contestó Cauvell, quizá con demasiada rapidez. 

—¿Hace usted sus propias compras? —preguntó Jameson, levantando las cejas. 

—Sí. 

Cauvell se sintió súbitamente contento de no haberse convertido nunca en una persona completamente moderna. Menos de la quinta parte de la población compraba personalmente sus propios comestibles. Las secciones de empleados-robots, que tomaban los encargos por teléfono, habían deshumanizado las compras casi por completo. A Cauvell, sin embargo, siempre le había gustado ver la carne antes de comprarla. Quizá por su paladar exigente. 

—«El padre de la señora Cauvell era un catedrático de Universidad —dijo «T» con voz chirriante—. Los profesores universitarios de los años setenta eran a menudo bastante liberales y tan ansiosos como sus alumnos por experimentar nuevos productos. Señora Cauvell, ¿tomó su padre LSD 25?» 

Se habían preparado, hacía ya mucho tiempo, ante la posibilidad de preguntas de este tipo. Habían convenido que decir una verdad parcial era mejor que una mentira completa. 

—Creo que la probó dos veces, ambas con malas experiencias —dijo Laurie. 

Cauvell empezó a tranquilizarse ante las respuestas firmes y serenas de su esposa. 

—«¿Era un consumidor habitual de la droga?» 

—No. 

—¿Cómo puede usted tener esa seguridad? —preguntó amablemente Jameson. 

Cauvell se dio cuenta que Jameson podía ser cualquier cosa, pero no tonto, ni tímido. Él era el jefe de «T», y algunas veces sus preguntas tocaban muy cerca de la diana. 

—Mi madre me habló de ello —respondió Laurie—. Mi padre murió cuando yo tenía siete años y mi madre se pasó el resto de su vida contándome todas las cosas que él solía hacer. Escuché todas esas historias miles de veces. No pude olvidarlas. Él tomó LSD en dos ocasiones y tuvo desagradables experiencias en los «viajes» respectivos. 

—«¿A qué partido pertenecen?» —preguntó «T». 

—Al que ha permanecido en el Gobierno los últimos trece años, al Partido Constitucional Moderado. 

Cauvell trató de aparentar orgullo, mientras tragaba su angustia. 

—«¿Y por qué se unieron al partido?» 

—Porque temíamos a los países comunistas y nos dimos cuenta que las tendencias subversivas en nuestro país debían hacerse abortar. 

—«¿Y ustedes no han visto ni tenido noticias de la existencia de alguna persona alucinógena?» 

—No, ninguna. 

—«¿Fue grabada esta entrevista con su consentimiento, señor y señora Cauvell?» 

Contestaron que lo había sido. La voz del androide desapareció tras hacer su cuello un murmullo extraño y, por fin, quedó absolutamente silencioso. El inspector Jameson se levantó. 

—Siento haberles molestado. Muchas gracias por su cooperación; han sido ustedes muy amables. 

—Ha sido un placer —contestó Frank. 

—Espero que encuentre al mutante —dijo Laurie. 

Estuvieron observando por la mirilla cómo el inspector y el androide se metían en el coche de policía, que salió a la carretera y se fue haciendo más y más pequeño, hasta que desapareció a lo lejos. 

El aspecto del cielo indicaba que pronto comenzaría a nevar de nuevo. 


En algún sitio se escondió un joven mutante, temblando. 

No pudo aguantar más, perdió los nervios; corrió. 

Corrió hacia los brazos del androide. Los ojos del hombre de metal eran joyas, mientras las lágrimas de los suyos se le helaban en las mejillas. Dio la vuelta, pero encontró a otros detrás de él. No había sitio por donde escapar. Desató sus fuerzas psíquicas contra ellos. Los vio elevarse en llamas, vio derretirse sus caras y humear sus entrañas. 

Pero aún quedaban más. Y no esperaron. Aparecieron cañones en sus caderas. Surgió el fuego; las llamas lo envolvieron, lo tragaron, lo digirieron. 

Todo mientras caía la nieve..., pequeñas balas blancas... 



 —Han atrapado a un pobre diablo —dijo Laurie y le mostró el diario. 

Frank lo miró: «Un alucinógeno lucha con la policía». No «lucha con robots», pues eso sería demasiado crudo. Haría parecer la noticia como a favor de los mutantes. Cauvell estaba seguro que ni un solo policía de carne y hueso había estado a menos de cien metros del muchacho. 

—Fue por mi culpa —dijo Laurie. 

—Es absurdo que digas eso. ¿Cómo ha podido ser por tu culpa? 

—No nos ocultamos lo suficiente. Dejamos una enormidad de pistas que les facilitó empezar la búsqueda. 

—Pero era una emergencia. Nos habrías matado a todos si hubieses tratado de aguantar un momento más esa fuerza. 

—Es igual; es posible que ellos no hubiesen atrapado al perseguido si nosotros... 

—Olvídate de eso. ¿Qué hay para cenar? —preguntó él con naturalidad. 

—Spaghetti... 

A la noche siguiente hubo lomo de cerdo, y a la otra cenaron carne asada. Pero a la tercera noche, Frank despertó al oír la áspera respiración de ella. 

—Laurie... 

Estaba despierta y contestó: 

—Sí... 

—¿Por qué no me has despertado? —Se levantó de la cama y empezó a vestirse. 

—¿Frank? 

—¿Qué? Date prisa y vístete. 

—Frank, quizá fuese mucho mejor si dejaras que esto acabara conmigo. 

Paró de abrocharse la camisa y se volvió para quedar frente a ella. Sólo podía ver el vago perfil de su pequeña, pero femenina figura, realzada por las sábanas. Su cabellera extendida como hilos de seda destacaba sobre la almohada. Avanzó hacia ella y le tomó la cara. 

—¿Qué quieres decir con eso? 

Entonces ella empezó a llorar. 

—¿Acaso no me amas? —preguntó él. 

Laurie trató de contestar, pero sus palabras eran sólo suspiros. 

—Ten calma y vístete de una vez —dijo él cariñosamente. 

Frank salió. Ya en la cocina, tomó el revólver del cajón. Fuera, el cielo estaba claro y el viento, fuerte, azotaba la nieve. Cuando acercó el coche a la puerta, ella ya estaba esperando. 

—¿Adónde iremos? —preguntó Laurie. 

—Más lejos que la otra vez, pero ésta nos cubriremos bien. 

La Navidad se acercaba. Pensaba en ella mientras conducía: en las fiestas y en las velas que se encenderían en altares y ventanas. Pensó también en Cristo, descendiendo de su cruz, y en lo que hubiese podido escribir Ferlinghetti de haber estado casado con una persona alucinógena. 

Ya hacía bastante rato que habían salido de la ciudad y luego ingresaron por un camino para avanzar unos cuantos kilómetros más. Salió de él, cruzando un arroyo seco que se introducía entre los árboles y llegaron a un claro en el centro del bosque. Se encontraban a unos cinco kilómetros de la carretera y ocultos a la vista por todos lados, excepto por la parte de arriba. Cuando salieron del coche, oyeron el motor de un helicóptero, que trepidaba en algún lugar del cielo, sobre sus cabezas. 

De pronto, pareció hacerse de día: el helicóptero, con sus luces como los ojos de un insecto monstruoso, aterrizó en el claro. 

—¡Frank! 

La empujó hacia el coche y se puso al volante. 

—«Por favor, no traten de escapar...» —Era la voz de «T». 

Sólo tenían dos posibilidades: dar marcha atrás —que sería desastroso en un terreno tan desigual— o bien pasar por en medio de ellos. Jameson, «T» y otro androide que llevaba pintadas las letras JJK estaban cruzando el campo con la nieve a la altura de las rodillas y las armas dispuestas a disparar. 

Frank bajó la ventanilla. 

—¿Qué quieren? —les preguntó. 

—Si usted fue de compras esa mañana, ¿cómo es que ningún tendero, en varios kilómetros a la redonda, tenía factura de su compra? 

«T» se encontraba a veinte metros, justo frente al coche. 

Apretó a fondo el acelerador, puso las barras descongeladoras al máximo y percibió el golpe en el momento en que «T» caía bajo las ruedas; cuando atropelló al segundo androide, pudo comprobar de un vistazo que el atropello le había arrancado un brazo. No podía escapar rápidamente, a través de la nieve, puesto que las barras descongeladoras no serían capaces de trabajar con la velocidad suficiente. Giró en redondo y aceleró hacia el sendero que las barras habían abierto a su llegada. Pasó velozmente junto a Jameson, quien tuvo que saltar para evitar al vehículo. Los dos androides yacían, averiados, en el suelo. 

—¡Somos libres! —exclamó Frank. 

En aquel momento el vibro-láser disparado por Jameson dibujó un limpio orificio en la ventanilla trasera y golpeó a Laurie en la sien. Cayó sobre Frank, mientras su oído comenzaba a sangrar. 

Frank podía personificar poéticamente a la luna: La luna se esparcía majestuosamente; podía convertir a una chica en rosa: Ella era una rosa, gentil y dulce. Podía hacer metáforas, conseguir sonrisas, planear tantas aliteraciones para tantas líneas, pero no podía conseguir que el oído de Laurie dejase de sangrar. Podía, sí, elevarse en la mañana como un dragón que surgiera del mar, pero impedir que la sangre de Laurie siguiera fluyendo estaba más allá de sus poderes. Ella estaba estirada en el asiento de atrás, boca arriba, pálida y fantasmal, bajo los rayos de la luna que se filtraban a través de la ventanilla. Cauvell se apretó más el cinturón de seguridad y tomó el volante con furia. ¿Adónde? ¿Cuánto tiempo pasaría antes que todas las carreteras estuviesen bloqueadas? Se encontraban ya a más de veinte kilómetros del bosque, pero el mundo se había reducido muchísimo en pocos años y esa distancia no era nada. La solución consistía en encontrar un pueblo pequeño; con el revólver obligaría a cualquier doctor a cuidarla, y escondería el coche en su garaje. Salió de la carretera principal y se introdujo en otra, estrecha y zigzagueante, en la que las ruedas volvieron a morder la nieve. 

La sangre seguía goteando de un oído de Laurie. 

Caldwell, cuarenta y siete kilómetros... 

Caldwell, solamente treinta y cuatro... 

Estaban a dieciocho kilómetros de Caldwell, cuando el helicóptero volvió a aparecer sobre las copas de los árboles, que cubrían gran parte de la carretera. Inmediatamente el coche quedó bañado por una luz amarilla. Dobló a la derecha y luego a la izquierda, tratando de desprenderse del foco, pero aumentaron su ángulo y éste abarcaba ahora ambos lados de la carretera; las balas empezaron a marcarse en el asfalto, frente al coche. Una de ellas rebotó en el techo; unos cuantos disparos de vibro-láser hicieron hervir trozos de asfalto alrededor del vehículo fugitivo. Entonces, cesó la luz súbitamente y no se oyó el batir de los rotores del helicóptero. 

Quitó el pie del acelerador, bajó el cristal y escuchó. No se volvía a oír el «blap-blap» de las palas del helicóptero batiendo el aire. Se había ido; sí, había desaparecido por completo. Sin embargo, no parecía como si simplemente se hubiese alejado. «Quizá se habrá estrellado», pensó Frank, si bien no había habido explosión ni ningún sonido que indicase un golpe contra el suelo. Subió el cristal y siguió avanzando. La policía ya lo tenía localizado cerca de Caldwell y ahora ya no podría parar en el pueblo. A unos setenta kilómetros más lejos, se encontraba Steepleton. 

Miró hacia atrás y su estómago se encogió al ver el estado de Laurie, agonizante, y el rostro de un color amarillo oscuro. Apretó a fondo el acelerador. 

Steepleton, cincuenta y siete kilómetros... 

Steepleton, ahora solamente cuarenta y tres... 

En los arrabales de esa ciudad había un bloqueo de carretera. Siete hombres, siete androides. Y ellos comprendían perfectamente de quién era el coche que se acercaba y tenían las armas dispuestas. 



La muerte no es nadie, envuelta en vestiduras negras, baboseante. La muerte no puede verse... 

¡No se puede! 

Y sin embargo, su mundo era un cementerio. La luna se desliza en lo alto, sobre nubes como mortajas rasgadas que baten fieramente al son de los vientos de los árboles muertos. Llegó a la cumbre de la montaña, donde el aire frío y la nieve lo obligaron a bizquear. 

—Buenas noches —le saludó el director de pompas fúnebres. 

Dio las buenas noches... 

—Polvo al polvo —dijo el embalsamador, sentado en una aguja de iglesia. 

—Cenizas sobre cenizas —dijo el sepulturero. 

Él pasó sin hacerles caso. Continuó adelante, hacia la cumbre, donde se encontraba el sepulturero mordiendo el cielo como si fuese un diente roto. En algún sitio sonaba un tambor, en otro una campanilla que pasaba... 

Empujó la pesada puerta con el hombro; las oxidadas bisagras se estremecieron, las oyó rechinar y las ratas corrieron en el interior. 

Pisó la entrada, iluminada por la luna, y avanzó hacia el sarcófago. La habían enterrado en un ataúd de piedra caliza, para facilitar la descomposición del cadáver. 

Esto le llenó de rabia. Abrió el inmenso cerrojo y vio su cara pálida. Tiernamente, la sacó y la colocó sobre la tabla de mármol que se encontraba a su lado. 

En algún sitio sonaron las campanadas, al revés; en algún sitio se cantaba, al revés. 

Y él cantaría un responso que haría de panegírico... 


«Porque la luna nunca alumbra 

sin traerme ensueños 

de la hermosa Annabel Lee. 

Y las estrellas nunca aparecen 

excepto en los ojos 

de la bella Annabel Lee. 

Y así por siempre descanso 

al lado de mi amada, 

de mi amada, mi vida y mi esposa, 

en su sepulcro allí junto al mar. 

En su tumba allí junto...» 



Steepleton había quedado atrás y continuaba sin haber huellas de una persecución de la policía... 

Apartó el coche de la carretera. ¿Acaso estaba perdiendo la razón? Había policías en la carretera, ¿no? ¿Dónde se hallaba en realidad, en la policía o en el cementerio? En la policía, sin duda alguna; él no era Edgar Allan Poe, que dormía con su amante muerta. Además, su mujer no estaba muerta. Se volvió a mirarla. Su cara estaba contraída, como si estuviera sufriendo. La llamó. Por unos segundos, le pareció que había contestado, pero ella no había movido los labios. Miró de nuevo hacia adelante. Quedaban dieciocho kilómetros hasta Kingsmir. ¿Qué sucedería allí? ¿Volvería de nuevo la pesadilla del cementerio? ¿Habría más cosas extrañas? De pronto, se acordó de la desaparición del helicóptero y se estremeció. Volvió a entrar en la carretera. 





...​Despertó y la besó en el cuello. 

El negro pelo se deslizaba sobre sus desnudos hombros y senos y se rizaba en sus orejas rosadas... 

Ella le devolvió el beso... 

Yacía en un ataúd..., a veces templada y viva, otras fría y putrefacta. 

...​Se volvió a oír el sonido de un helicóptero... De pronto, desapareció en un mundo donde los hombres jamás habían aprendido a volar... 

Entonces, volvió persiguiendo una cantera desaparecida cuando el mundo había sido diferente durante unos minutos... 

Tumbas... 

¡Clic! 

Una cama caliente y cuerpos templados... 

¡Clic! 

¡Clic! ¡Clic! 


Frank despertó a la realidad, unos dos kilómetros más cerca de Kingsmir. ¡De pronto, comprendió! Estacionó el coche en la cuneta y pasó por entre los asientos delanteros hasta donde ella estaba tumbada. Le pasó una mano por la cara; y luego la colocó bajo la barbilla y le tomó el pulso. ¡Laurie estaba cambiando la realidad! En el estado de coma en que se encontraba, sus poderes psíquicos se estaban disipando gradualmente, en lugar de estallar con violencia. ¡Estaba bajo control! Y no eran simples poderes de teleportación y lectura del pensamiento; eran poderes que podían variar las más esenciales bases de la vida. Un rato antes había creído que imaginaba escucharla; ahora sabía que le había contestado. ¡No tenía necesidad para ello de usar los labios! 

—Laurie, ¿puedes oírme? 

Hubo una respuesta lejana y tuvo que concentrarse para comprenderla. 

—Laurie, tú escuchaste el helicóptero y sentiste la presencia de los guardias en el bosque y en la carretera, así es que cambiaste la realidad de las cosas durante un rato, hasta que el coche, moviéndose independientemente de ambos mundos, pasó de largo. ¿Es esto lo que hiciste, verdad? 

Oyó un «sí» lejano. 

—Escucha, Laurie; el cementerio es un sueño disparatado. Muy poético, pero disparatado. El otro. Ese en el que estamos en la cama, Laurie. 

Le acarició la barbilla y le rogó que se concentrase. Oyó sirenas en la carretera y empezó a hablar más de prisa... 

Le habló de un mundo en el que jamás habían existido mutantes alucinógenos. Sí, de un mundo en el que todos eran normales. 


Despertó antes que ella lo hiciese y continuó tumbado, escuchando su áspera respiración; parecía el sonido del mar contra las rocas. Empeoraría antes de despertar. 

La vista que se observaba desde la ventana era magnífica. Había estado nevando toda la noche y el campo quedó completamente cubierto; las nubes se entreabrían de vez en cuando permitiendo ver la luna, que iluminaba el blanco manto. Tras la vieja encina, se extendía la carretera que semejaba un tajo negro sobre la blanqueada tierra. Indudablemente los calefactores de la carretera se habían estropeado de nuevo, ya que algunas capas de hielo iban avanzando desde el margen. Anticuadas palas quitanieves, trataban de despejarla. 

Por alguna razón, le parecía revivir esta escena. Era como si todo fuese un eco extendido. 



Sueños cenicientos esparciéndose en copos 

descienden flotando pacíficamente, 

mientras monstruos relampagueantes, armados con espadas 

golpean cruelmente el cerebro 

y extienden sus uñas 

sobre el hielo... 


No estaba seguro de si el poema tenía sentido o no. Incluso, éste le sonaba vagamente familiar. Lo repitió suavemente. 

—¡Frank! —dijo ella. 

—Lo sé. 

Abandonó la cama y se puso la bata que tanto le gustaba a él. 

—Sacaré el coche del garaje —dijo Frank. 

—¿Y la nieve? 

—Parecen tenerla bajo su control —dijo, y parecía como si esto también se repitiese. 

—Te quiero —exclamó Laurie, mientras él desaparecía de la sala. 

Su voz y su cara siempre le producían escalofríos, en momentos como éste. Sin embargo, esta vez se prolongó y subiendo por la espina dorsal hasta llegarle a la cabeza, pareció esparcirse por cada uno de sus nervios. 

¿De qué estaba asustado? ¿A qué se debía este sentimiento de familiaridad? Temía por Laurie más de lo corriente. Después de todo, estar encinta era una cosa normal. Deseaba con toda su alma que fuese una niña. Entonces, mientras iba en busca del coche, dejó de sentir los escalofríos. Se encontraba bien; el mundo era estupendo y había desaparecido ese sentido de familiaridad. De pronto, todo se había hecho diferente y las cosas parecían como nuevas... 

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Robert A. Heinlein. Algumas capas #CoverArt #SF

Robert A. Heinlein. Citizen of the Galaxy

Robert A. Heinlein. Der Rote Planet

Robert A. Heinlein. Les Enfants de Mathusalem

Robert A. Heinlein. Methuselah's Children

Robert A. Heinlein. O Planeta Vermelho
More about: http://www.sf-encyclopedia.com/entry/heinlein_robert_a
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quarta-feira, 14 de março de 2018

Capas de Orson Scott Card


El Cuerpo de la Casa - Orson Scott Card

El Juego de Ender - Orson Scott Card

Le Cycle d'Ender 3 - Xénocide - Orson Scott Card

Treason - Orson Scott Card

O mundo do Exterminador - Orson Scott Card

Le Voleur de Portes - Les Mages de Westil - Orson Scott Card

terça-feira, 26 de setembro de 2017

Abismo do Tempo - Roberto Schima (Conto curto)




ABISMO DO TEMPO

Roberto Schima


         No alto da montanha, naquele planeta, a jovem esperou pelo seu retorno, conforme ele prometera que faria. Ela observara a nave dele partir, segurando o choro até o último instante, sem se dar conta de que, antes disso, havia muito que as lágrimas rolavam. Não tardara para o veículo transformar-se em mais uma estrela, até confundir-se no céu com aquelas constelações estranhas, ainda sem nome - se é que os poucos que tinham ficado iriam dar-se a esse trabalho.
                E ela esperou.
                Esperou.
                E esperou.
                E o tempo passou.
                E a noite continuou estrelada, porém, silenciosa.
                E, um dia, deu-se conta de que as lágrimas, enfim, tinham secado.
             As memórias, às vezes, podiam ser como escritas na areia da praia. Dependendo da maré, apagar-se-iam para sempre. Aconteceu isso com ela. Gradualmente, a idade, o tempo, a moléstia, foram roubando-lhe,grama a grama, punhados cada vez maior de suas recordações.
                E chegou o dia em que se esqueceu da nave.
                E chegou o dia em que se esqueceu da saudade.
                E chegou o dia em que se esqueceu de seu próprio nome.
                E, enfim, chegou o dia em que se esqueceu de esquecer.
                O destino poderia ser piedoso quando queria.
         Ninguém soube que nome colocar na lápide da velha, todavia, por obra do acaso, da providência divina ou por uma estranha coincidência, enterraram-na no sopé daquela montanha onde, um dia, olhos tristonhos e esperançosos tentaram alcançar e tocar as estrelas.
                E o tempo passou.
                E a poeira cresceu.
                E nada do céu desceu.
                E a pequena comunidade naquele mundo que não era o seu definhou. Uns diriam que fora a fome; outros, a doença; outros, as desavenças. Diriam, se tivesse sobrado alguém para contar a história.
              Então, enfim, numa noite como tantas outras noites, uma esteira de chamas riscou o tecido negro do espaço.
                A nave - aquela nave! - pousou.
                E o homem, ainda jovem, apressado, saltou.
                Procurou, procurou e procurou.
                Chegou a tropeçar nos restos do que fora uma lápide sem nome.
                Carcomida.
                Corroída.
                Esquecida.
                Viu as ruínas e o que elas diziam acima delas.
                Para ele, a partida tinha sido praticamente ontem, uma semana a bem dizer.
                Para ele.
                Todavia... O abismo do tempo abriu diante de si.
                Impactante.
                Indiferente.
                Implacável.
                Irreversível.
                E foi a vez dele chorar para as estrelas.
                Sem encontrar consolo.
                Sem esperar um retorno.
                Sem descobrir respostas na noite sem fim.
                Sem rever um rosto amado a esperá-lo no céu.
                Não.
                Sem espera.
                E sem esperança.
              E o jovem de corpo, porém, agora, velho de espírito. Arrastou seus pés pela poeira daquele mundo tão longínquo do seu. Um planeta que, a princípio encerrara inúmeras promessas. Era bom. Bom demais.. Tantas promessas não cumpridas, como suas próprias promessas agora levadas pelo vento, no tempo, ao relento.
               E descobriu como o vazio do espaço, as incríveis distâncias entre os astros, poderiam existir dentro de si.
                O espaço.
                O vazio.
               E nenhum ganho futuro que aquele mundo pudesse reservar para ele e sua tripulação iriam preencher o abismo da perda.
           Deixou-se ficar na poeira, entre rochedos e uma rala vegetação, a pouco metros de uma sepultura esquecida.
                Sem glória.
                Sem história.
                Sem memória.


quinta-feira, 15 de junho de 2017

Ilustrações de Roberto Schima #FicçãoCientífica

ROBERTO SCHIMA
Ilustrações em P&B













***
Roberto Schima, escritor e ilustrador de ficção científica, muito ativo nos anos 1990, ficou bastante conhecido por vencer o concurso literário Jerônimo Monteiro, promovido pela revista Isaac Asimov Magazine em 1991. Publicou a coletânea LIMBOGRAPHIA com os seus contos e ilustrações.

domingo, 11 de junho de 2017

La Batalla - Cuento de Robert Sheckley (Ilust. Oscar Holguin)

Ilustración de Oscar Holguin


LA BATALLA 

Robert Sheckley


Al entrar en el cuarto de comando, el teniente general Fetterer ladró:
—¡Descanso!
Sus tres generales, obedientes, aflojaron los miembros.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Fetterer, mirando su reloj—. Repasaremos nuevamente los planes de batalla.
Se dirigió a la pared y desplegó un gigantesco mapa del desierto de Sahara.
—Según nuestra mejor información teológica, Satanás presentará sus fuerzas en estas coordenadas. Indicó el lugar con el índice romo.
—A la vanguardia vendrán los diablos, los demonios, los súcubos, los íncubos y el resto de esa clase. Baal comandará en flanco derecho; Buer el izquierdo. Su Majestad Satánica estará en el centro.
—Bastante medieval —murmuró el general Dell. El ayudante del teniente general Fetterer entró, radiante de felicidad al pensar en el Advenimiento.
—Señor —dijo—, el sacerdote está otra vez aquí.
—¡Atención, soldado! —dijo Fetterer, severo—. Todavía nos queda una batalla por ganar.
—Sí, señor —repuso el ayudante, poniéndose rígido y perdiendo parte de su alegría.
—Conque el sacerdote ¿en?.
El teniente general Fetterer se frotó los dedos, pensativo. Desde el Advenimiento, desde que se supo la proximidad de la última Batalla, los religiosos del mundo se habían convertido en una verdadera molestia. Habían abandonado sus querellas, cosa muy provechosa, pero ahora trataban de intervenir en los asuntos militares.
—Dígale que se marche —dijo al ayudante—. Ya sabe que estamos planeando el Armagedón.
—Sí, señor —respondió el ayudante.
Saludó con bríos, giró sobre sus talones y se marchó.
—Continuemos —dijo Fetterer—. Tras la primera línea de defensa vendrán los pecadores resucitados. Los interceptores robóticos de Dell les saldrán al encuentro.
El general Dell sonrió sombríamente.
—Hecho el contacto, el cuerpo de tanques automáticos de MacFee avanzará hacia el centro, apoyado por la infantería robótica del general Ongin. Dell comandará el ataque con bombas H de la retaguardia, que deberá ser compacta. Yo lanzaré la caballería mecánica, aquí y aquí.
Volvió a entrar el ayudante y se puso en posición firme.
—Señor —dijo—, el sacerdote se niega a marcharse. Dice que debe hablar con usted.
Fetterer vaciló antes de decir que no. Recordó que era la Ultima Batalla y que los religiosos tenían indudable conexión con ella. Decidió, por lo tanto, conceder al hombre unos cinco minutos.
—Hágalo pasar —ordenó.
El sacerdote vestía de civil, para demostrar que no representaba a ninguna religión en particular. Parecía cansado, pero decidido.
—Teniente general —dijo—, represento a todos los religiosos del mundo, curas, rabinos, ministros, mullahs, etcétera. Le rogamos que nos permita luchar en la batalla del Señor.
El teniente general Fetterer tamborileó nerviosamente los dedos contra el costado. No quería enemistarse con estos hombres. Aun él, el teniente general, podía necesitar una palabra de bondad cuando todo estuviera dicho y hecho.
—Trate de comprender mi situación —dijo, entristecido—. Soy general y debo librar una batalla.
—Pero es la Ultima Batalla —dijo el sacerdote—. Debería ser la batalla de la humanidad.
—Lo es —respondió Fetterer —y la libramos sus representantes, los militares.
El sacerdote no pareció convencido. Fetterer insistió:
—Ustedes no querrán perderla, ¿verdad, y que gane Satanás?
—Claro que no —murmuró el sacerdote.
—En ese caso, no podemos correr el menor riesgo. Todos los gobiernos se han declarado de acuerdo, ¿no es así? ¡Oh!, sería muy bello librar la batalla de Armagedón con toda la humanidad. Simbólico, se podría decir. Pero ¿podríamos estar seguros de la victoria?
El cura trató de decir algo, pero Fetterer prosiguió en seguida:
¿Cómo calcular el poder de las fuerzas satánicas? En términos militares, hemos de emplearnos a fondo. Y eso significa utilizar los escuadrones automáticos, los interceptores y los tanques robóticos y las bombas H.
—Pero eso no está bien —dijo el sacerdote, con expresión desdichada. ¿No hay lugar en su plan para el hombre?
Fetterer caviló un instante, pero el pedido era imposible de satisfacer. El plan de la batalla estaba completamente desarrollado; era hermoso, irresistible. Introducir el burdo elemento humano sólo significaría desequilibrio. Ninguna carne viviente podría soportar el poder ígneo que lo envolvería todo. Cualquier ser humano que se hallara en un radio de ciento cincuenta kilómetros no viviría lo bastante para ver al enemigo.
—Temo que no —respondió Fetterer.
—Algunos piensan —dijo el religioso, severamente—, que ha sido un error poner esto en manos de los militares.
—Lo siento —dijo el teniente general, lleno de vivacidad. Pero eso es cháchara derrotista. Si a usted no le importa… Señaló la puerta. A desgana, el sacerdote se marchó.
—Estos civiles —murmuró Fetterer—. Bueno, señores, ¿están listas sus tropas?
—Estamos listos para luchar por El —dijo el general MacFee, entusiasta—. Puedo responder por cada autómata mis órdenes. El metal reluce, los relés han sido cambiados y sus tanques de energía están completamente llenos. ¡Señor, arden por luchar!
El general Ongin se liberó de su ensimismamiento.
—¡Las tropas de tierra están listas, señor!
—Las fuerzas aéreas están listas —agregó el general Dell.
—Excelente —repuso Fetterer—. Los demás arreglos también han sido terminados.
Toda la población del mundo lo verá por televisión. Nadie, rico o pobre, se perderá el espectáculo de la Ultima Batalla.
—Y después de la batalla… —empezó el general Ongin.
Se interrumpió, mirando a Fetterer. Este arrugó el ceño. No sabía qué iba a ocurrir después de la Batalla. Esa parte quedaba en manos de los religiosos, según cabía presumir.
—Supongo que habrá una presentación, o algo así —dijo vagamente.
—¿Es decir, nos presentarán a… El? —preguntó el general Dell.
—No lo sé —dijo Fetterer—, pero así lo creo. Después de todo…, quiero decir…
Ustedes saben lo que quiero decir.
—¿Y qué ropa llevaremos? —preguntó el general MacFee, súbitamente presa del pánico —¿Qué se pone uno en un caso así?
—¿Qué usan los ángeles? —preguntó Fetterer a Ongin.
—No lo sé.
—¿Túnicas, tal vez? —sugirió Dell.
—No —dijo severamente Fetterer—. Llevaremos los uniformes de gala, sin condecoraciones.
Los otros asintieron. Parecía adecuado. Y el momento llegó.
Las legiones del Infierno avanzaron por el desierto, esplendorosas en su despliegue marcial. Sonaron los clarines infernales, batieron sordamente los tambores y el enorme ejército fantasmal se adelantó.
En una cegadora nube de arena, los tanques automáticos del general MacFee se lanzaron contra los enemigos satánicos. Inmediatamente, los bombarderos automáticos de Dell chirriaron en lo alto, lanzando sus bombas en la horda apretada de malditos.
Fetterer cargó valientemente con su caballería automática.
La infantería automática de Ongin avanzó en la confusión y el metal hizo lo que estaba a a su alcance.
Las hordas malditas desbordaron la delantera, apartando tanques y robots. Los mecanismos automáticos perecían, defendiendo bravamente cada parcela de arena. Los ángeles caídos, bajo la dirección de Marchocias, arrancaban del cielo los bombarderos de Dell, levantando ciclones con sus alas de grifo.
La delgada y maltrecha fila de robots se mantenía firme, frente a presencias gigantescas que los aplastaban y esparcían, llenando de terror el corazón de los televidentes de todo el mundo. Como hombres, como héroes, los robots trataban de poner en retirada a las fuerzas del mal.
Astaroth gritó una orden y Behemoth avanzó pesadamente. Baal, seguido por una falange de demonios, se lanzó a la carga contra el desmoronado flanco izquierdo del teniente general Fetterer. Chirridos de metal, aullidos de los electrones bajo la agonía del impacto.
El teniente general Fetterer sudaba y se estremecía a mil quinientos kilómetros de la línea de fuego. Empero, severamente, sin pausa, seguía conduciendo el oprimir de botones y el bajar de palancas.
Sus soberbios batallones no lo desilusionaron. Los robots, mortalmente heridos, se alzaron sobre los pies para seguir luchando. Destrozados, tumbados, aplastados por los aullantes enemigos, lograron defender la línea. Entonces, el veterano Quinto Cuerpo se lanzó al contraataque, perforando la delantera del adversario.
A mil quinientos kilómetros de la línea de fuego, los generales condujeron el operativo de limpieza.
—La batalla está ganada —susurró el teniente general Fetterer, volviendo la espalda a las pantallas de televisión—. Los felicito, caballeros.
Los generales sonrieron, agotados.

Se miraron entre sí y de pronto lanzaron un grito espontáneo. El Armagedón estaba ganado y derrotadas las fuerzas de Satanás.
Pero algo ocurría en las pantallas.
—¿No es ése… no es…? —empezó el general MacFee, pero no pudo seguir hablando.
Porque la Presencia estaba ya sobre el campo de batalla, caminando entre los montones de metal retorcido y quebrado.
Los generales guardaron silencio.
La Presencia tocó a uno de los maltrechos robots.




Por sobre el desierto humeante, los robots empezaron a moverse. El metal retorcido, desgarrado o fundido se enderezó y los hombres mecánicos se irguieron sobre los pies.
—MacFee —susurró el teniente general—, pruebe sus controles, trate de que los robots se arrodillen, o algo así.
El teniente general hizo el intento, pero los controles no obedecían.
Los cuerpos de aquellos hombres mecánicos empezaron a alzarse en el aire.
Circundados por los ángeles del Señor, los tanques, los bombarderos, los soldados robóticos se elevaban más y más alto.
—¡Los está salvando! —gritó histéricamente Ongin —¡Está salvando a los robots!
—¡Es un error! —dijo Fetterer—. Pronto. Envíen un mensajero que… ¡No! Iremos en persona.
A toda prisa se preparó una nave, a toda prisa se dirigieron al campo de batalla.

Demasiado tarde: el Armagedón había terminado. Ya no estaban los robots y el Señor había partido con sus huestes.

***
Título original: "The Battle"
Publicado en pulp: If 1954
Libro: Citizen in space © Robert Sheckley, 1955.
Traducción: Norma B. de López y Edith ZilliT

sábado, 6 de maio de 2017

Monstros na Borda do Universo - Roberto Schima #Conto #FC



MONSTROS NA BORDA DO UNIVERSO

Roberto Schima



O estagiário de Astronomia caiu para trás, resvalando no assento da cadeira giratória e esborrachando-se no piso do observatório. Teria doído, não estivesse ele na superfície lunar, onde a gravidade era de menos de dois décimos daquela na Terra.

- Eu vi... - balbuciou. - Eu vi...

Nada mais se movia, exceto a cadeira a girar e girar.

Era para ser um trote, somente um trote pregado pelos mais velhos, coisa comum em toda parte, até na Lua. Mas nem todos teriam sido trancados na sala do observatório ao lado do telescópio energético.

Sim, o telescópio energético.

Era a última palavra em telescópio espacial e seria colocado a funcionar na semana que vem, deixando seus concorrentes estrangeiros para trás. Seus preparativos haviam tomado o tempo de dezenas de técnicos, de engenheiros e toda sorte de especialistas. O telescópio energético propriamente, a bem da verdade, estava bem longe dali, nos confins do sistema solar após cobrir anos de viagem. O que o estagiário - Hideki era o seu nome - tinha diante de si era o receptor de sinal vindo algures nas entranhas geladas do espaço.

O jovem oriental não pretendera infringir regras. Fora criado dentro das disciplinas de respeito e de obediência que sempre caracterizaram seu povo. Todavia, seu povo estava longe demais dali - excluindo-se a turma no observatório. Encontrava-se na esfera azulada pendurada no céu, cuja visão não era permitida ao rapaz; não por causa das muitas regras, mas devido a perspectiva: a base inteira estava situada no lado oculto da Lua. Deixaram-no trancado ali na sala após as comemorações. Todos festejaram. Todos beberam saquê e vodka um pouco além da conta. Ele não. Detestava saquê, vodka, tequila, pinga, como de resto, qualquer bebida fermentada. Como "punição", passaria o período convencionado para a "noite" trancado no aposento.

Trancado na penumbra, rodeado de aparelhos. A última palavra em tecnologia.

O que mais poderia fazer para passar o tempo?

Havia séculos perdera a paciência de jogar paciência no computador. Não estava com o espírito para ouvir música, assistir a um filme ou um documentário, enviar mensagens para a Terra - sempre com o enjoado crivo atento da censura sobre sua cabeça.

E o receptor do telescópio energético estava ali.

Sentira-se magoado. A raiva fervera seu sangue.

Tivera medo, naturalmente, entretanto, presenciara os procedimentos teóricos tantas vezes que acabara por decorá-los.

E, na escuridão surreal do observatório, através da tela do aparelho, recebendo os sinais do satélite na borda do sistema solar, Hideki vira mais longe do que qualquer ser humano pudesse ter enxergado ao longo de milhões de anos de existência da espécie.

Nos confins do espaço, detectara bolsões invisíveis de matéria. Tão inacreditavelmente compactos e massivos que produziam estranhas aberrações cromáticas em todo trajeto que os separava nos bilhões de anos-luz até o jovem aprendiz.

O que seriam? Por estarem tão distantes no espaço e, proporcionalmente, no tempo, deveriam margear a própria origem do Universo. Pensou na enormidade de tempo, na existência, no infinito, nos inumeráveis corpos no espaço, no que haveria por descobrir.

A mágoa e a raiva diluíram-se rapidamente.

Foi quando deparou-se com galáxias próximas - vistas com uma nitidez nunca anteriormente presenciada. Distinguiu estrelas indivualmente e detalhes nos braços nebulosos. E, diante daquele centro de luz, em seu amadorismo, concluiu:

- Eu vi...

Os mais velhos ririam se soubesse. E eles nunca poderiam saber que fizera uso não autorizado do aparelho. Afinal, o que entendia Hideki de astrofísica?

- Eu vi...

Havia um "monstro" no interior de cada galáxia. E esse monstro devorava tudo ao seu redor. Percebera os jatos de energia. A luz agonizante de miríade de sóis sendo devorados por aquela boca escancarada de um negror impossível. Eventualmente, concluira, nada mais restaria além da imensidade de seu corpo ameaçador e invisível.

"Nas galáxias espirais como a Via-Láctea, as estrelas não giram simplesmente ao redor de seu centro como sempre quiseram fazer crer os astrônomos, como se fossem os planetas de nosso sistema solar ao redor do Sol", pensara. "Não. O trajeto não era uma elipse como no caso dos planetas, mas uma espiral."

- Espiral!

"Obviamente, rapaz!", responderiam todos, diante das centenas de imagens conhecidas de galáxias de todos os tipos, cores e formatos. Porém, então, por que não divulgavam o óbvio?

Espiral... Semelhante a espiral formada pelos furacões, tornados ou pela água a escoar pelo ralo.

Espiral.

Essa extrapolação, por mais simplória que fosse, aliada a teoria de que todas as galáxias - ou a maioria - possuíam um buraco negro colossal em seu interior levara Hideki a conclusão de que tudo em uma galáxia - estrelas, planetas, poeira interestelar, nebulosas, buracos negros - estaria, na verdade, sendo arrastado, sugado, tragado por esse vórtice até o mergulhar medonho para o interior do buraco negro gigantesco - ou "monstro" - que habitava o centro da Via-Láctea.

Não importava quanto tempo levasse, o fim seria inevitável, fossem humanos, fossem quaisquer outras formas de vida existentes nos bilhões de mundos na galáxia.

Qual seria o final dessa história? Depois de tragar tudo o que houvesse ao seu redor daqui a milhões ou bilhões de anos, sobraria tão somente esse monstro imenso, essa garganta inconcebível, faminta e invisível, como uma fera de tocaia atrás da moite, como uma armadilha mimetizada na escuridão do espaço.

- Eu vi... o fim.

O fim, enquanto espécie, seria inevitável, como o era a vida individual de qualquer um.

Não haveria futuro.

E, sem futuro, qual seria o porquê do presente?

Hideki chegara a sorrir consigo e de si ao relembrar um antiquíssimo filme. Woody Alley, sim, Woody Allen, esse era o nome do diretor-ator desse filme, onde a personagem, ainda criança, entrara em depressão ao saber que o Universo estava se expandindo...

Isso levara o aturdido estagiário a uma outra extrapolação: o universo estava se expandindo desde o Big Bang. As galáxias mais antigas estavam a bilhões de anos-luz. Não seria então possível imaginar que, mais além ainda, nas - digamos assim - "bordas" do Universo, não estariam as galáxias primordiais, ou melhor, aquilo que restara dessas galáxias após consumirem tudo a sua volta: os inacreditáveis monstros invisíveis, capazes de devorar e distorcer todo o espaço ao seu redor? E não poderiam ser esses monstros a propalada e procurada "matéria escura" da qual os cientistas especulavam havia gerações?

A cabeça de Hideki rodopiava.

O fim.

A galáxia.

A matéria escura.

Monstros e monstros.

Monstros na borda do Universo.

Na manhã seguinte - de acordo com a convenção vigente no observatório lunar -, o cientista entrou na sala e observou seu aprendiz em um colchonete num canto entre as paredes. Pigarreou.

- Hideki!

O garoto abriu os olhos com dificuldade. Tivera um sono conturbado. Apoiou-se num dos cotovelos.

- Prof. Hiroshi...

- Não me diga nada. Sei que armaram essa travessura com você. Está bem?

Atrás do cientistas, Hideki avistou rostos sorridentes. Seus algozes.

- Tudo bem, professor.

- Então, apresse-se, precisamos realizar mais testes com os aparelhos antes da inauguração.

- O astro-observatório! - disse alguém às costas do cientista.

Ele virou-se, carrancudo.

- Eu prefiro o termo telescópio energético.

- Sim, senhor, Prof. Hiroshi. Desculpe-me.

E o cientista:

- Então, Hideki. Levante-se! Ânimo, rapaz! Vamos iniciar.

Hideki esboçou um sorriso.

"'Iniciar'? Iniciar o quê? Eu vi tudo. Eu sei de tudo. Não é o início. É o fim."

Do lado de fora, a aridez da paisagem lunar e o céu permanentemente escuro.

Hideki praguejou, desejando observar a Terra e voltar a ver as paisagens de seu longínquo país.


***
(c) 2017 Roberto Schima

Os sonhos nas pontas dos dedos, quando a alma por dentro grita, buscam alívio a todos os medos nos mundos criados pela escrita.