segunda-feira, 1 de agosto de 2016

La Muerte de Arquímedes — Karel Capek (cuento breve)

LA MUERTE DE ARQUÍMEDES

KAREL CAPEK

Karel Capek (1890-1938) es, junto con su compatriota Kafka, el nombre más sobresaliente de las letras checas de principios de siglo… y uno de los más importantes clásicos de la ciencia ficción universal. Su drama R.U.R. (publicado recientemente en español por Alianza Editorial), estrenado en 1921, fue el origen de la palabra «robot», y con él escribió otras muchas obras de fantasía: «Válka s molky» («Guerra con las salamandras», editada por Aguilar), «Povetron» («Meteoro»), «Krakatit», donde en una alucinante predicción nos narra la historia de un explosivo capaz de destruir el mundo entero… El relato que les ofrecemos aquí, una fantasía histórica de humanísima concepción, nos introduce en lo mejor de Capek: su pensamiento universal, más allá de todo tiempo y de todo espacio.


La historia de Arquímedes no sucedió exactamente en la forma en que ha sido escrita; es verdad que fue asesinado cuando los romanos conquistaron Siracusa, pero no es correcto que un soldado romano entrase violentamente en su casa con la intención de saquearla y que Arquímedes, absorto en dibujar una figura geométrica, le gritase enfadado: «¡No estropee mis círculos!». Entre otras cosas, Arquímedes no era un profesor distraído que desconociese lo que estaba ocurriendo a su alrededor; por el contrario, era por naturaleza un soldado dedicado que inventó máquinas de guerra para la defensa de la ciudad de Siracusa por sus habitantes. Por otra parte, el soldado romano no era un asaltante borracho, sino el educado y ambicioso centurión Lucius, que sabía con quién tenía el honor de hablar y que no había entrado a saquear; antes bien, saludó desde la puerta y dijo:
—Ave, Arquímedes.
Arquímedes levantó la vista de la tablilla de cera en la que realmente estaba dibujando algo y preguntó:
—¿Qué pasa?
—Arquímedes —prosiguió Lucius—, sabemos que, sin tus máquinas de guerra, Siracusa no hubiera resistido ni un mes, mientras que con ellas nos habéis tenido ocupados durante dos años completos. No pienses que nosotros, los militares, no sabemos apreciar esto. Son unas máquinas magníficas. Mis felicitaciones.
—Por favor —Arquímedes negó con su mano—, realmente no son nada, simples mecanismos para lanzar proyectiles…, meros juguetes. Desde un punto de vista científico no tienen apenas importancia.
—Pero desde el punto de vista militar sí la tienen —contestó Lucius—. Escucha, Arquímedes, he venido a pedirte que trabajes con nosotros.
—¿Con quién?
—Con nosotros, los romanos. Después de todo ya debes saber que Cartago está declinando. ¿Qué sacarías con ayudarles? Pronto los derrotaremos, ya lo verás. Lo mejor para todos es que os unáis a nosotros.
—¿Por qué? —murmuró Arquímedes—. Nosotros, los de Siracusa, somos griegos. ¿Por qué tendríamos que unirnos a vosotros?
—Porque vivís en Sicilia, y necesitamos Sicilia.
—¿Y por qué la necesitáis?
—Porque queremos ser los dueños del Mediterráneo.
—Ajá —dijo Arquímedes, y contempló reflexionando su tablilla—. ¿Y por qué lo queréis?
—Porque quien es dueño del Mediterráneo —dijo Lucius— es dueño del mundo. Esto es irrefutable.
—¿Y es necesario que seáis los dueños del mundo?
—Sí. La misión de Roma es convertirse en la dueña del mundo. Y puedo asegurarte que eso es lo que va a ser.
—Posiblemente —dijo Arquímedes, borrando algo de su tablilla—. Pero yo no lo aconsejaría, Lucius. Escucha: el ser dueños del mundo os va a ocasionar que algún día tengáis mucho que defender. Es terrible la cantidad de problemas que os va a ocasionar.
—Eso no importa; seremos un gran imperio.
—Un gran imperio —musitó Arquímedes—. Si dibujo un pequeño círculo o un gran círculo, los dos son círculos. Todavía hay fronteras…, nunca os quedaréis sin fronteras, Lucius. ¿Crees que un círculo grande es más perfecto que un círculo pequeño? ¿Crees que eres un geómetra más grande si dibujas un círculo más grande?
—Vosotros los griegos siempre estáis haciendo malabarismos con las argumentaciones —objetó el centurión—. Nosotros tenemos otros medios para probar que tenemos razón.
—¿Cuáles?
—La acción. Por ejemplo: hemos conquistado vuestra Siracusa, por tanto Siracusa nos pertenece. ¿Es ésta una prueba suficiente?
—Sí —dijo Arquímedes, y se rascó la cabeza con el punzón—. Sí, habéis conquistado Siracusa; tan sólo que ya no es y nunca más será la misma Siracusa que fue antes. Mira: era una ciudad grande y famosa, ahora ya no lo volverá a ser. ¡Pobre Siracusa!
—Pero Roma será grande. Roma tiene que llegar a ser más fuerte que cualquiera en todo el mundo.
—¿Por qué?
—Para mantener su posición. Cuanto más fuertes somos, más enemigos tenemos. Ésa es la razón por la que tenemos que ser los más fuertes.
—Sobre la fuerza —susurró Arquímedes—, soy algo versado en Física, Lucius, y te diré algo. La fuerza se absorbe a sí misma.
—¿Qué quieres decir?
—Es tan sólo una ley, Lucius. La fuerza que es activa se absorbe a sí misma. Cuanto más fuerte se es, más fuerza se usa en mantenerse así; y llegará un día…
—Continúa, ¿qué ibas a decir?
—Oh, nada. No soy un profeta, Lucius; tan sólo soy un físico. La fuerza se absorbe a sí misma. Es todo lo que sé.
—Escucha, Arquímedes: ¿no te gustaría trabajar con nosotros? No tienes ni idea de las tremendas posibilidades que se abrirían ante ti en Roma. Fabricarías las más potentes máquinas de guerra del mundo…
—Perdóname, Lucius. Soy un viejo y me gustaría trabajar en una o dos de mis ideas. Como puedes ver, en estos momentos estoy dibujando una.
—Arquímedes, ¿no te atrae la idea de ganar el dominio del mundo con nosotros?… ¿Por qué no contestas?
—Excúsame —murmuró Arquímedes, inclinándose sobre sus tablillas—, ¿qué dijiste?
—Que un hombre como tú podría conquistar el dominio del mundo.
—Hum, el dominio del mundo —dijo Arquímedes con voz aburrida—. No te ofendas, pero tengo algo más importante aquí. Algo más duradero, ¿comprendes? Algo que realmente perdurará.
—¿Qué es?
—¡Cuidado! ¡No estropees mis círculos! Es el método para calcular el área del segmento de un círculo.

Luego se dijo que Arquímedes, el sabio, había perdido la vida en un accidente.

***
Título original:
DEVATERO POHADEK
© 1931, Karel Capek.
Traducción de L. V. Gil

in: Nueva Dimensión 3, espanha, 1968.

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