sexta-feira, 20 de março de 2015

Un Mensaje de Caridad — William E. Lee. Uma história de amor e telepatia atemporal

Paradoxo temporal, telepatia e perseguição ao portadores de paranormalidade são os três ingredientes deste conto: uma terna historia de amor impossível entre dois adolescentes separados pela mais inexorável das distâncias — O Tempo!






Un Mensaje de Caridad
William E. Lee





Aquel verano del año 1700 fue el más caluroso que recordaban los más viejos habitantes. Como el año iniciaba una nueva centuria, algunos aseguraban que marcaría la pauta del siglo, y que durante cien años Bay Colony sería un lugar tan tórrido como la propia India.

Hubo gran cantidad de enfermedades en Annes Towne, y muchas personas murieron antes que el tiempo cambiara a últimos de septiembre. En su mayor parte fueron personas de edad avanzada las que sucumbieron, pero también estaban enfermos algunos jóvenes, entre ellos Caridad Payne.

Caridad había cumplido once años en la primavera y aún conservaba la figura y pensamientos de una niña, pero era alta y fuerte y estaba muy tostada por el sol de Nueva Inglaterra, ya que pasaba muchas horas ayudando a su padre en los campos y tratando de poner un poco de orden en el huerto y en el patio de la casa.

Durante las semanas que permaneció en casa, y aun cierto tiempo después, le atacó la fiebre, y entonces Thomas Carter y su buena esposa Beulah, como buenos vecinos, llegaron a la casa para echar una mano, ya que la madre de Caridad había muerto al dar a luz y Obie Payne no podía hacer solo todas las cosas.

Caridad se hallaba tendida sobre un colchón relleno de paja, que su padre, ansioso de hacer todo cuanto podía por ella, y no pudiendo hacer otra cosa que musitar constantes y fervientes oraciones, cambiaba casi diariamente con paja fresca, o al menos tan a menudo como se lo permitía Beulah.

A unas millas más abajo de Harmon Brook había un famoso estanque de castores donde en el invierno la gente de Annes Towne cortaba hielo, que luego almacenaba bajo capas de corteza de árboles y astillas.

Se había gastado mucho a principios del verano y quedaba poco hielo, pero todas aquellas familias que tenían enfermos en casa recurrían a él para alivio de los pacientes.

Así, Caridad tuvo sus trozos de hielo, que colocaba sobre su frente envueltos en una tela de lana cuando más alta era la fiebre.

William Trowbridge, que había practicado medicina en Filadelfia, atendía a la muchacha y diagnosticó su enfermedad como una especie de cólera de verano que estaba haciendo muchas víctimas a lo largo de todo el río.

Trowbridge era una persona moderadamente estimada en Annes Towne, y se decía que era mucho más hábil atendiendo a los animales que parían que a los seres humanos en sus enfermedades. Era un hombre ceñudo y maniático, y tendía a exponer sus puntos du vista sobre un tema e inmediatamente partía sin esperar a discutir o a que quizá fueran rechazadas racionalmente sus opiniones. Lo cierto era que no resultaba fácil tratarle personalmente.

Prescribió para Caridad una dieta de caldo con cebada y otro caldo muy desagradable al paladar hecho con corteza de sauce machacado. Aun más, toda el agua que bebiera la chica tenía que estar hervida de antemano. Como no había más recetas a mano ni más consejos que recibir, siguieron los de Trowbridge y a su debido tiempo Caridad mejoró.

Durante cinco días tuvo una fiebre muy alta y fue en la mitad de este período de tiempo cuando comenzaron sus extraños sueños. No eran sueños en realidad, ya que estaba despierta, aunque no en pleno uso de sus sentidos; reconocía a su padre de vez en cuando y otras veces lo contemplaba como si se tratara de un auténtico extraño.

Cuando Caridad mejoró, todavía débil, pero ya consciente, intentó contar a sus visitas todo lo concerniente a aquellos sueños.

—Alguna persona charlaba sin parar —recordaba—. Un hombre o quizá un muchacho. No me hablaba a mí, pero yo escuchaba o entendía todo cuanto decía. Era una forma de hablar extraña, una mezcla de perfecto inglés con otras palabras que no tenían sentido en absoluto. Y con la charla vi cosas temibles.

—Bien, ahora no pienses más en eso —dijo Dame Beulah.

—Pero me gusta pensar y hablar de eso ahora que ya no tengo miedo. Las cosas que vi fueron como si surgieran de un relámpago de luz, muy rápidas.

—Entonces habla lo que quieras sobre eso. No hay nada de impío en lo que dices. Cuéntame otra vez eso de los carruajes que viajaban sin caballo.




Annes Towne había sobrevivido a la revolución y a la guerra del año 1812, y durante cierto tiempo pareció llegar a convertirse en una comunidad grande, aunque no muy importante.

Pero cuando sus granjas produjeron menos y desapareció de la zona la última madera virgen, Annes Towne también comenzó a desaparecer, hasta que de su originario grupo de numerosas casas solamente quedaron dos, y más tarde ninguna.

Los últimos cimientos de la que había sido pequeña ciudad o pueblo grande ya se habían esfumado un siglo antes que aquél fuera considerado un lugar histórico.

Con el tiempo, los sucios y embarrados caminos se convirtieron en carreteras de grava, que a su vez dieron paso a las de asfalto, y después también se vieron obligadas a ceder el lugar al moderno conglomerado asfáltico mucho más duradero que el anterior. El cruce de carreteras de Annes Towne quedó muy pronto limpio de cedros rojos y de zumaques, y en un abrir y cerrar de ojos llegó a ser un centro comercial. En varias millas de distancia las colinas de Nueva Inglaterra aparecieron llenas de bonitos ranchos, corrales para el ganado, y casas coloniales de una sola planta.

Durante cuatro décadas Harmon Brook había recibido en sus aguas el veneno de los talleres textiles y de tintorería. Finalmente los altos costos de la mano de obra lograron hacer que desapareciese la industria, que en realidad no era grande, y así, sumado este factor a la promulgación de una rigurosa legislación, el arroyo había llegado a ser casi lo de antes hasta incluso mostrar en sus orillas algunas de las más lujosas edificaciones, entre ellas el AnnistonCountryClub.

Con unas cuantas plantas acuáticas, ranas y unos pocos peces pululando en sus aguas, no parecía lógico culpar a Harmon de la pequeña epidemia de fiebres tifoideas que estalló en el caluroso verano del año 1970.

Nadie dependía del arroyo en cuanto se refería a sus aguas como bebida. Para incomodidad de un distribuidor de leche de la localidad, que evidentemente era del todo inocente, se demoró la condena del arroyo, y la cosa se oscureció aún más por el hecho que tras haber sometido las aguas del arroyo a un análisis de laboratorio, los bacilos hallados no eran especímenes típicos de salmonelle typhosa. Finalmente se les asignó un lugar en la American Type Culture Collection, como nueva especie hasta entonces desconocida.

El joven Peter Wood, cuya casa era una de las que se hallaban agradablemente situadas junto al arroyo, fue el paciente más gravemente enfermo de todos, en parte porque era el primero, pero principalmente porque sus síntomas pasaron inadvertidos durante algún tiempo.

Peter tenía dieciséis años y no era muchacho muy comunicativo, ni con sus padres ni con sus amigos. Los padres se habían educado, respectivamente, en Harvard y en Wellesley. Eran personas inteligentes y bien intencionadas con su hijo, pero algunas veces un tanto indiferentes, y como muchos de sus amigos, criaban a su hijo para que llegara a ser un adulto en miniatura en muchos aspectos de la vida. Los deportes de Peter eran deportes de adulto: tenis y golf. Sus gustos por la lectura eran católicos e iban desde Camus a Al Capp, pasando por la ciencia ficción. Se había demorado muy cuidadosamente su progreso en los grados más inferiores de la enseñanza para que no pudiese ingresar en el colegio un año antes de la edad legal. Poseía un adecuado número de amigos y congeniaba con ellos en bastantes temas. Poco después de haber cumplido los dieciséis años había conseguido su carnet de conducir y lo hacía seriamente y lo suficientemente bien como para recibir el permiso sin restricciones para tomar, cuando le pareciera bien, el segundo coche de la casa.

Así, Peter Wood no era la clase de chico que se quejaba a su familia de dolores de cabeza, náuseas y otros achaques. En lugar de esto, cuando los síntomas persistieron durante cuarenta y ocho horas, telefoneó al médico de la familia por su propia cuenta para que le señalara una hora de consulta.

Súbitamente, en la sala de espera del médico, se sintió mucho peor y le acostaron en una camilla, en el consultorio, hasta que el propio médico, el doctor Maxwell, quedó libre de trabajo para llevarle en coche hasta su casa.

El doctor no sospechó seriamente que pudiera tratarse de unas fiebres tifoideas, aunque las consideraba menos improbables que otras muchas posibilidades.

La temperatura de Peter subió de 38° a 40° en aquella noche. No llegaría ninguna enfermera hasta la mañana siguiente, y sus padres se alternaron en su vigilancia en el dormitorio del muchacho. No había causa de alarma, ya que se había administrado antibióticos al paciente. Pero durmió nerviosamente, con intervalos de delirio. Golpeaba sobre las sábanas con ambas manos, se volvía a la cama constantemente, y musitaba y hablaba de vez en cuando. Algunas de sus palabras eran inteligibles.

—Hay un bosque —dijo.

—¿Cómo? —preguntó su padre.

—Hay un bosque al otro lado del arroyo.

—¡Oh!

—¿Lo ves?

—No, estoy sentado aquí a tu lado. Tranquilízate, hijo.

—Algunos venados bajan a beber, a lo largo del prado de Weller.

—¿Ah, sí?

—El año pasado un puma mató a dos de ellos cuando estaban bebiendo. ¿Está lloviendo?

—No, no llueve. Sería magnífico que lloviese un poco.

—Está lloviendo. Oigo cómo cae la lluvia sobre el tejado...

Hubo una pausa y Peter añadió:

—También gotea por la chimenea.

Peter volvió la cabeza para mirar a su padre. Momentáneamente sus ojos mostraron una gran claridad.

Entonces preguntó directamente:

—¿Cuánto tiempo hace que hubo un bosque al otro lado del arroyo?

El doctor Wood reflexionó sobre la dificultad de responder a preguntas tan explícitas como aquélla y sobre su propia ignorancia de la historia.

—Mucho tiempo. Creo que se ha labrado este valle desde los días del colonialismo.

—Es curioso —respondió Peter—. Cierro los ojos y veo un bosque. Con árboles muy grandes. Aquí, en este lado del arroyo, hay una especie de huerto y un manzano y un sendero que se extiende hasta el agua.

—Eso suena a cosa agradable.

—Sí.

—¿Por qué no tratas de dormir?

—Está bien.

Los antibióticos hicieron mucho menos efecto de lo que se esperaba en el caso de Peter, y estuvo enfermo durante varios días. Incluso después de diagnosticar la enfermedad, no se pensó en moverle de casa. Tras aquella primera noche llegó una enfermera profesional a prestar servicio y los tranquilizantes y sedantes redujeron la labor de la mujer a una simple vigilancia.

Hubo solamente unas cuantas y soñolientas comunicaciones de su joven paciente. Fue la cuarta noche, la última en la que padeció un poco más de fiebre, cuando preguntó:

—¿Fuiste siempre una chica?

—Vaya, muchas gracias. No soy tan vieja como todo eso.

—Quiero decir, ¿estuviste siempre en el interior de una chica?

—Creo que sería mucho mejor que durmieras otra vez, jovencito.

—Quiero decir..., bueno..., creo que no sé lo que quiero decir.

Peter no volvió a decir cosas extrañas, al menos no cuando había alguien presente que pudiera escucharlas. Durante los días de convalecencia, primero aún en cama y más tarde tendido en una silla otomana en la terraza orientada hacia Harmon Brock, comenzó a musitar cosas. Movía los labios muy suavemente, pero vocalizaba cada palabra, y si esto no lo hacía bien, al menos sí dedicaba toda su atención a elegir cuidadosamente palabras y frases.

La creencia a que pudiese estar en comunicación mental con otra persona no fue para él muy sorprendente. Empapado por sus lecturas de ciencia ficción, cuyos héroes eran casi siempre adeptos a la telepatía, el acontecimiento pareció ser casi una esperada salida a sus deseos.

Muchas noches había estado tendido en su cama, despierto, enviando (al menos eso esperaba) una sonda mental, intentando descubrir los medios, ya que seguramente tenía que haber alguno, de establecer contacto con otro ser.

Ahora que tal contacto se había establecido, buscaba, tan vanamente como antes, algunos medios de demostrarlo. «¿Cómo puedes estar seguro de no soñar?», se preguntaba a sí mismo. «¿Cómo sabes que ya no estás bajo los efectos de un delirio?»

La dificultad estribaba en que su comunicación mental con Caridad Payne sólo podía efectuarse mentalmente. Si hubiera alguna posibilidad para Peter de llegar hasta la muchacha mediante el correo, teléfono, viaje o una visita personal, su informe acerca de un estado mental podría confirmarse, y examinarse sus mensajes.

Durante sus respectivos períodos de enfermedad, Peter y Caridad alcanzaron cierto estado de comunión, consistente, al principio, en breves visiones de sus mutuos ambientes. Entonces no estaban viéndose a través de sus propios ojos, sino más bien tanteando sus mutuos recuerdos visuales. Mientras Peter contemplaba un techo suavemente enyesado, Caridad miraba hacia unas vigas torpemente serradas. Peter, cuando se lo permitía el dolor de cabeza, se volvía de costado y contemplaba un programa de televisión. Caridad, haciendo los mismos movimientos, veía cómo ardía un pequeño fuego en la enorme chimenea de piedra donde se calentaba el agua y su caldo.

En lugar de estas imágenes normales, normales para cada uno de ellos en sus diferentes épocas, veían visiones «almacenadas», no perfectas, ya que ninguno de los dos recordaba perfectamente. Más bien eran como fotografías hechas a través de una lente mal fabricada, donde solamente destacaban con claro detalle los objetos de interés.

Caridad distinguía sus terribles visiones sin ninguna base de comprensión..., una sección de doble autopista por la que se deslizaban coches y camiones, pero no personas, o al menos figuras que pudiesen reconocerse como tales; una cancha de tenis, un reactor cruzando el cielo, un enorme edificio de muchos pisos cuyos cristales brillaban en unión de su marquetería de acero inoxidable.

Al principio se sintió enormemente aterrorizada. Estaba bien soñar, y una pesadilla solamente era un mal sueño una vez que se despertaba, pero una pesadilla casi siempre estaba formada y aderezada con cosas familiares. Se podía, razonablemente, sufrir la caza de un dragón (como aquél que había en el cuadro de San Jorge) o perderse en una cueva (como la de Parish Hill, aunque más grande y más oscura). Pero soñar con cosas que no tenían significado alguno era lo peor.

La muchacha escapaba de la prolongación de su terror por la comprensión de Peter de su mutua situación y por su intuitivo razonamiento de lo que aquella experiencia, suponiendo la existencia de dos canales, podría ser para la muchacha. Las viñetas de la vida de la chica que él distinguía, para él eran cosa vulgar. Todo cuanto Peter veía a través de la mente de la muchacha se hallaba ya dentro de su marco de referencia. Caballos y ganado, campos y bosque, senderos y estrechos puentes de madera, todas eran cosas que él conocía, aunque no viviese entre ellas. Reconoció el Harmon Brook porque directamente bajo su casa había una enorme roca de granito, situada en el centro del arroyo, que dividía el fluir de sus aguas, y tenía la forma de un fantástico oso inclinándose a beber agua. Era extraño que el arroyo, en todos aquellos años, no hubiese sido obstruido por la sedimentación ni hubiese ocultado o cambiado por erosión la forma de aquella enorme roca, pero así era. La veía a través de los ojos de Caridad y conocía el lugar a pesar del bosque que se alzaba en la lejana colina.

Cuando por primera vez vio esta extraña, aunque parcialmente familiar escena, oyó, procedente de algún lugar dentro de su mente, el atemorizado grito de una muchacha. Sus pensamientos en aquel momento quedaban desfigurados y borrosos por la fiebre. Fue dos días más tarde, tras un período de varias horas de temperatura normal, cuando concibió la idea, con una repentina y virtual certeza, que aquéllas escenas pastorales que soñara eran verdaderamente algo que veían otros ojos. Había sutiles diferencias de percepción entre aquellas imágenes y las que él veía.

Dijo a su madre, que escribía en una mesa situada cerca de la ventana:

—Creo que estoy mucho mejor. ¿Qué te parece si tomase un poco de jugo de naranja?

La madre reflexionó durante un momento y luego dijo:

—El doctor llegará dentro de una hora o algo así. Mientras tanto puedes conformarte con un poco más de agua con hielo. Recuerda que debes beberla muy despacio.

Doscientos sesenta y cinco años atrás, Caridad Payne pensó repentinamente:

«¿Y si bebiera un poco de jugo de naranja?»

Había estado muy amodorrada, pero en aquel instante tenía los ojos muy abiertos.

—Por favor —dijo en voz alta.

Dame Beulah se inclinó entonces sobre el camastro.

—¿Qué ocurre, niña? —preguntó.

—¿Y si bebiera un poco de jugo de naranja? —repitió Caridad.

—No creo que sea bueno.

Una mano fresca se apoyó en su frente, y Dame Beulah añadió:

—¿Te gustaría un poco de hielo para mascarlo?

Quedó olvidado, en consecuencia, el jugo de naranja.

Durante varios días, a continuación, Peter Wood intentó una y otra vez dirigirse a la extraña directamente, y siempre fracasó. Parte de lo que él decía a otros llegaba a la muchacha muy fragmentado y confundía aún más su estado mental. Por otra parte, lo que ella tenía que decir llegaba hasta él con creciente frecuencia. A menudo solamente era una palabra o una frase de extraño giro y Peter, tendido en su otomana, muy confundido, procuraba, haciendo grandes esfuerzos, localizar a la persona que se hallaba al otro lado de su errática línea de comunicación.

Resultaba perturbador el hecho de haber reconocido la Roca del Oso que había visto a través de los ojos de la muchacha. Su condicionamiento por la ciencia ficción le conducía lógicamente a especular sobre el concepto de mundos paralelos, pero tal idea no parecía ajustarse a lo que él veía.

Peter alcanzó un estado de convalecencia, y podía pasar todo el día en la terraza y mirar hacia abajo, cuando lo deseaba, para contemplar la roca. Allí, por centésima vez, formó las sílabas: «¡Hola! ¿Quién eres tú?», y por primera vez recibió una respuesta. Fue un silencio, pero un silencio lleno de sorpresas, totalmente diferente en calidad a la oscuridad con que anteriormente se había tropezado.

«Mi nombre es Peter Wood.»

Hubo una larga pausa antes que llegara la respuesta, suave y tímidamente.

«Yo me llamo Caridad Payne. ¿Dónde estás? ¿Qué me está sucediendo?»

Los siguientes días de forzada pereza física estuvieron cuajados de exploración y descubrimientos. Peter halló, casi inmediatamente, que, aunque probablemente los dos estuviesen separados por solamente unos cuantos pies de distancia en sus respectivos mundos, se extendía entre ellos un abismo de más de un cuarto de milenio. Tal contacto a través del tiempo era una enorme separación de las leyes físicas conocidas, ciertamente mucho mayor que el simple hecho de la comunicación telepática. En consecuencia, Peter se regocijo enormemente con su creciente capacidad.

Pero por otra parte la situación era descorazonadora. No importaba la medida en que ambos llegasen a conocerse, pues se daba cuenta que ellos jamás se encontrarían. Y al cabo de una cuantas horas de relación, Peter también se dio cuenta que estaba considerando a aquella ingenua chiquilla con estima y cierto afecto.

Muy pronto llegaron a establecer un conjunto de normas que parecían gobernar y limitar sus comunicaciones. Cada uno de ellos podía escuchar cómo el otro hablaba o subvocalizaba. Cada uno de ellos aprendió a percibir a través de las sensaciones del otro. La percepción visual mejoró, y mejoró especialmente en la visión directa, a la vez que, según aumentaba su habilidad, la escena recordada se hacía menos clara. Podían transmitirse los gustos y olores, si no con toda exactitud al menos con suficiente aproximación. Sin embargo, las sensaciones táctiles no se podían percibir ni en un mínimo grado.

Había muy pocas cosas que Peter pudiese aprender de Caridad Payne. Llegó a conocer a sus más inmediatos familiares y amigos y le agradaron mucho, especialmente su padre, muy delgado y curtido por el aire libre. Peter Wood se formó un cuadro del puritanismo que, como ética, tenía que respetar, mientras que el dogma que lo apoyaba no despertaba en él más que impaciencia.

Al principio expuso a la muchacha el agnosticismo que prevalecía en su propio hogar, pero muy pronto observó que molestaba a la chica y abandonó el tema. Había muchas otras cosas sobre las que podía informar a la muchacha, cosas del año 1970, que podía enseñarle sin que entrasen en conflictos con sus creencias y su fe.

Descubrió que era muy notable la capacidad que tenía Caridad para la lectura, aunque lo que la chica leía era, naturalmente, muy limitado: la Biblia de cabo a rabo, el Progreso de los Peregrinos, varios ensayos y dos obras de Shakespeare. Animada por un maestro de escuela, que debía ser hombre dedicado y capaz, Caridad había leído y releído todo cuanto le permitían. Su respetable vocabulario procedía, todo él, de tales fuentes y podía igualarse en su volumen con el de Peter. Por añadidura la chica poseía un profundo sentido del idioma que la ayudaba mucho a entender la jerga de Peter.

Caridad aprendió el sabor de las bananas y de las salchichas de Frankfurt, el helado de chocolate y la vainilla, mostrando enorme interés por todas estas cosas pequeñas hasta que un día preguntó a Peter cuál era su aspecto.

«Bien, ya te lo dije, tengo dieciséis años y estoy delgado.»

«¿Tienes un espejo?», preguntó a continuación la muchacha.

«Por supuesto que sí.»

Ante las palabras de estímulo de la muchacha, Peter, con cierto embarazo, se acercó a la puerta de su dormitorio que se hallaba cubierta por un espejo.

«Delgado —comentó la muchacha tras una pausa de silencio—. No dudo que eres guapo, pero la gente ha cambiado mucho.»

«Ahora deja que te mire yo», pidió Peter.

«No puede ser, no tenemos espejo.»

«Entonces ve hasta el arroyo y mírate allí. Hay un lugar tranquilo bajo la roca donde el agua está oscura.»

Peter se sintió encantado con el aspecto de la chica y mucho más al recordar las poco amables descripciones de Hogath sobre un período de tiempo incluso posterior. La muchacha, en realidad, era mucho más bonita con arreglo a los cánones de Peter que según los del tiempo de la muchacha, que valoraban cierta redondez de formas y bocas pequeñas.

Manifestó a la muchacha que la encontraba muy bella, respondiendo en tal manera a las palabras de adulación de Caridad.

Ya antes, Peter había visto a la chica borrosamente, distinguiendo su delgado y bien formado cuerpo cuando ella se había vestido o bañado. Ahora, habiéndose visto los dos mutuamente, se sentían abrumados por el embarazo y ambos, cuando no estaban vestidos del todo, miraban a los rincones de sus respectivos cuartos.

Durante cierto tiempo Caridad creyó que Peter era un terrible embustero. La vista y el sonar de aviones en el cielo no eran cosas suficientes para convencerla del hecho de poder volar, y así Peter persuadió a su padre para que le llevase en avión en uno de sus viajes de negocios a Washington. Después que la muchacha se recuperó de las maravillas del viaje aéreo, Peter la llevó a dar un paseo por el Capitolio. Ahora ella creería cualquier cosa, incluso que la revolución norteamericana había sido un éxito. Se unieron al padre de Peter para comer en un elegante restaurante francés, y la muchacha experimentó los placeres que proporcionaba la ingestión de media botella de vino blanco y un helado de chocolate. Caridad se estaba estropeando.

Totalmente repuesto ya y con el curso escolar a una semana de distancia, Peter decidió recuperar también su habilidad en el tenis. Cuando leía o no hacía nada en particular siempre se daba cuenta de la borrosa presencia de Caridad, de su proximidad, y aguzando más la atención pudo llegar a situarla en primer término en su mente.

El tenis no gustó a la muchacha y así, durante una hora o dos cada día, Peter no se enteraba de lo que ella hacía.

Si Peter hubiese tenido unos años más y hubiera sido un muchacho más realista sobre las cosas mundanas, habría podido sospechar el peligro que acechaba a la muchacha, el peligro hacia el cual él la estaba conduciendo.

Cuando se retiraba a casa después de una de sus usuales sesiones de tenis, Peter recibió el primer aviso de unas posibles consecuencias:

«Ursula Miller me dijo hoy una cosa fea.»

«¿De verdad?»

Su respuesta, preguntando, era puramente rutinaria, ya que ciertamente Peter estaba comenzando a perder todo interés por las comidillas que en el pueblo despertaban sus noticias.

«Ayer dijo que no era verdad lo de los trece estados. Hoy me dijo que el diablo se estaba apoderando de mí. Y Ursula es mi mejor amiga.»

«Ya te advertí que la gente no te creería y que incluso se reirían de ti», respondió Peter.

Luego añadió súbitamente obedeciendo a otro pensamiento:

«Buen Dios... Salem.»

«Por favor, Peter, no debes dejar de mencionar así el nombre del Señor.»

«Trataré de recordarlo. Escucha, Caridad, ¿a cuántas personas has hablado sobre nuestro..., sobre lo que está sucediendo?»

«Como ya te dije..., al principio a papá y a tía Beulah. Creyeron que la fiebre aún me hacía decir cosas.»

«¿Y también has hablado con Ursula?»

«Sí, pero juró guardar el secreto.»

«¿Y crees que lo hará ahora que ha empezado a burlarse de ti?»

Hubo un silencio y luego Caridad respondió:

«Temo que haya podido decírselo al chico que la acompaña.»

«¡Debí habértelo aconsejado! ¡Maldita sea! ¡Debí dejar esa idea en la línea!»

«¡Peter!»

«Lo siento, Caridad, ni una sola palabra a nadie más. Puedes decir a Ursula que estabas bromeando..., contando cosas para divertirla.»

«Eso no estaría bien.»

«Bien, Caridad..., pero escucha y no te asustes. La gente podría comenzar a pensar que eres una bruja.»

«¡Oh, no podrían hacerlo!»

«¿Por qué no?»

«Porque no lo soy. Las brujas son... ¡Oh, no, Peter!»

Peter se dio cuenta de la alarma de la muchacha.

«Ve y di a Ursula que todo fue un montón de invenciones tuyas.»

«Ahora tengo que ordeñar la vaca.»

«Hazlo ahora mismo.»

«No, es necesario ordeñar la vaca, Peter.»

«Entonces ya puedes empezar a ordeñarla con más rapidez que nunca.»

Un sábado, tres muchachitos arrojaron piedras a Caridad cuando ella y su padre abandonaban la iglesia. Obadiah Payne pilló a uno de ellos y le aplicó una buena zurra y más tarde tendría que pelear con el padre del chico salvo que mediara el pastor.

Fue un miércoles cuando la calamidad cayó sobre la casa. Dos hombres de apretados labios se aproximaron a Obadiah en los campos.

—El alcalde quiere ver a tu hija Caridad.

—¿Alcalde?

—Sí. El alcalde Hacker. Quiere hablar con ella inmediatamente.

—El alcalde puede hablar conmigo si es que desea reprenderla. ¿Qué es lo que ha hecho mi hija?

—Brujería..., eso es lo que hace —dijo el segundo hombre con tono de saborear buenas noticias—. La oveja de Croft parió un cordero monstruoso. De cara puntiaguda y tiene un ojo de más.

Y a continuación el hombre se santiguó.

—¡Gran Dios!

—No te servirá de nada blasfemar, Obadiah. La muchacha tiene que acompañarnos ahora mismo.

—No será así. Saben muy bien que Caridad no es una bruja, y no permitiré que hable con el alcalde. Ya saben lo mujeriego que es el alcalde.

—Eso nada tiene que ver con el asunto que nos ocupa. La brujería se halla otra vez presente en el pueblo y todos dicen que en el fondo de eso está tu Caridad.

—No irá.

Primero uno y luego otro, los dos hombres emplearon a conciencia las gruesas estacas que ocultaban en su espalda.

—Hemos venido a decírtelo primero por nuestra propia voluntad. Ahora, vamos y ya puedes dar instrucciones a tu hija para que nos acompañe. De lo contrario dormirá esta noche en la cárcel.

Dejaron a Obadiah Payne ciñéndose una muñeca rota y mirando, terriblemente asombrado, desde el umbral de su puerta a los dos hombres que escoltaban a Caridad, sin tocarla, caminando a su lado, pero manteniéndose a cierta distancia de la muchacha hasta la gran casa del alcalde Hacker, situada en la colina. En el pueblo, pequeños grupos de personas atisbaban la escena desde sus puertas, y, aunque algunas de ellas habían sido buenas amigas de Caridad, ni una sola se atrevió a pronunciar una palabra o decir algo en su favor.

Peter la acompañó durante todo el camino, sintiéndose responsable de su situación y lamentando desesperadamente no poder hacer nada por ella. Se hallaba sentado en el living de su casa, con los ojos cerrados para aguzar su visión de cuanto rodeaba a la chica. Caridad no respondió a ninguna de sus palabras de consuelo, y probablemente ni siquiera le escuchó.

En la puerta, los dos hombres se detuvieron, dejándola frente a frente con el alcalde, que en aquel momento fruncía el ceño pensativamente.

El alcalde retrocedió lentamente y la muchacha le siguió, como si estuviese hipnotizada, hasta la oscura estancia.

El alcalde se dejó caer en una silla de alto respaldo.

—Mírame —ordenó.

De mala gana, Caridad alzó el rostro y le miró directamente a los ojos.

El alcalde Hacker era hombre de mediana estatura, ancho de hombros y muy musculoso. Su rostro aparecía desfigurado por las marcas de la viruela, y el corte de un cuchillo que había dejado una cicatriz en la mejilla, recuerdo de sus más jóvenes años en las islas del Caribe. De las islas también se había traído alguna riqueza, que multiplicó más tarde muchas veces comprando tierras, con las cosechas, y con los préstamos de dinero.

—Caridad Payne —dijo con tono duro—, quítate el vestido.

—No, no, por favor.

—Te lo ordeno yo. Quítate toda la ropa que llevas encima porque debo buscar en ti las marcas de la bruja.

El hombre se inclinó hacia delante, asió a la muchacha por un brazo y la acercó a él.

—Si quieres evitar un juicio público y una condena, harás lo que yo te diga.

A continuación sus manos comenzaron a explorar el cuerpo de la muchacha.

Aun teniendo en cuenta las normas que privaban en aquella época, Caridad pasaba regularmente horas extraordinarias realizando un duro trabajo físico y poseía una fuerza que envidiarían muchos muchachos jóvenes. El alcalde Hacker debía haber tomado más precauciones.

—¡No! —gritó Caridad apartando sus brazos y golpeándole en el rostro con todas sus fuerzas.

El alcalde la soltó lanzando un gruñido de furor, y entonces, mientras él se enjugaba rápidamente la sangre y las lágrimas con la manga de su arrugada camisa a la vez que lanzaba mil imprecaciones, Caridad se volvió y rápidamente cerró la puerta a su espalda.

Los dos guardianes se arrojaron sobre ella al mismo tiempo y casi lograron alcanzarla, pero Caridad logró evadirse con enorme rapidez, y ninguno de los habitantes del pueblo la persiguió.

Ya se hallaba muy cerca de su casa, sin dejar de correr, antes que Peter hubiese logrado finalmente llamar su atención.

«Caridad —dijo—. Caridad, no debes ir a tu casa. Si ese hijo de perra de alcalde tiene alguna influencia en el tribunal estarás más que perdida.»

La muchacha estaba comenzando a reflexionar nuevamente e incluso pudo traducir correctamente el extraño lenguaje de Peter.

«¡Influencia! —dijo—. ¡Pero si él es el tribunal! ¡Es el juez!»

«¡Vaya!»

«Sé bien que no deben encontrarme en casa. Estoy pensando dónde ocultarme. Probablemente me juzgarían junto al arroyo. Y luego me quemarían viva. Recuerdo lo que la gente dijo sobre los últimos juicios de brujas.»

«¿Y no podrías irte a Boston y luego quizá a Nueva York y Nueva Amsterdam?»

«¡Dejar mi casa para siempre! No, y no me atrevería a hacer el viaje.»

«Entonces vete al bosque. ¿Adónde puedes ir?»

«¿Al bosque...? ¡Oh, quizá a la cueva!»

«¿No hay mucha gente que la conozca?»

«Sí, pero hay otra al lado del arroyo un poco más allá de las tierras de Tom Carter. Creo que nadie la conoce excepto yo. Es muy pequeña. Debemos atravesar el vado y luego caminar hasta el árbol caído. Hay un sendero que a la puesta del sol lo atraviesan muchos venados.»

«¿Estás pensando en los perros?»

«Desde luego. En Annes Towne todo es así...»

«Vives en una época salvaje, Caridad.»

«Sí —respondió la muchacha tristemente—, pero aun así tenemos suerte en no haber inventado la bomba.»

«¡Maldita sea! —exclamó Peter—. Me gustaría no haberte conocido jamás. Ojalá no te hubiera llevado en aquel viaje aéreo, y me hubiese gustado advertirte antes para que guardaras silencio.»

«No podías sospechar que yo me portara tan alocadamente.»

«¿Qué es lo que podrás hacer ahí sin comida?»

«Me moriría de hambre antes que subir al cadalso, pero en el bosque siempre hay comida, raíces y ranas y bayas de otoño. Me esconderé durante tres días y luego, por la noche, iré a ver a mi padre y haré lo que él me diga.»

Cuando la muchacha quedó bien oculta en la cueva, que indudablemente era pequeña, aunque estaba bien camuflada por un conjunto de jóvenes sasafrás, Caridad dijo:

«Ahora podemos pensar. Primero, me gustaría tener una respuesta de tu superior sabiduría. ¿Puede una ser de verdad una bruja sin saberlo?»

«No seas tonta. No existen tales brujas».

«¡Ah, bien, eso son cosas que discuten los sabios! Yo siento en mi corazón que no soy una bruja si es que existen tales criaturas. Ese libro, Peter, del que me hablaste, que cuenta la historia de estas colonias...»

«¿Sí...?»

«¿Quieres mirar en él y ver si me han juzgado y qué ha sido de mí?»

«No hay nada de eso en el libro. Es muy pequeño. Pero...»

Ante el asombro de su padre, Peter se pasó la mañana siguiente en la biblioteca pública de Boston. Por la tarde estuvo investigando en la Sociedad de Historia. Finalmente encontró una lista de los nombres de mujeres que se sabía que habían sido juzgadas por brujería entre los años 1692 y 1697. En otros lugares pudo encontrar algún nombre más. Pero no se registraba en ningún sitio el nombre de Caridad Payne en el año 1700 ó más tarde.

Comenzó a trabajar de nuevo al día siguiente en el salón de lectura en cuanto lo abrieron. De vez en cuando interrumpiendo su tarea, para intercambiar con Caridad breves mensajes. Su falta de éxito estaba alegrando enormemente a la muchacha, ya que ésta suponía que no habría más registros.

Cerca del mediodía Peter se hallaba examinando la fotocopia de una tesis doctoral cuando le llamó la atención un nombre.

«Jonas Hacker —leyó—. Nacido en Liverpool, Inglaterra, fecha desconocida, quizá en el año 1659, fue la figura principal de una curiosa acción legal que no tiene precedente en los tribunales ingleses.

»El alcalde Hacker, residente en Annes Towne (Anniston) fue juzgado y condenado por asesinato y robo. El juicio fue póstumo, varios meses después de su fallecimiento por causas naturales en el año 1704. La sentencia que se dictó fue la de la horca, pero como no se pudo llevar a cabo se conmutó por la de confiscación de todas sus propiedades, que eran considerables. Sus tierras y otras posesiones pasaron a poder de la corona y a partir de entonces administradas por el gobernador de Bay Colony.

»Aun cuando la motivación y procedimientos del tribunal puedan haber sido dudosos o motivo de discusión, era clara la prueba de culpabilidad de Hacker. Los detalles son los siguientes...»

«¡Eh, Caridad!», pensó Peter.

«Dime.»

«Mira esta página. Me ha dejado asombrado.»

«Léela, por favor, Peter. ¿Son malas noticias?»

«No. Son buenas, creo yo.»

A continuación leyó el largo párrafo que aludía a Jonas Hacker.

«¡Oh, Peter! ¿Puede ser eso verdad?»

«Tiene que serlo. ¿Recuerdas algunos detalles?»

«Recuerdo bien cuando desaparecieron, el capitán del buque y un marinero. Se dijo que tenían un gran saco de oro destinado a hacer negocio con el alcalde. Pero no pudo hacerse porque ellos nunca llegaron a su casa.»

«Eso es lo que dijo Hacker, pero las pruebas demostraron que llegaron allí..., llegaron allí y jamás salieron de la casa. Bien, ahora mira..., esto es lo que tienes que hacer. Más tarde, esta misma noche, vete a casa.»

«Lo haría de muy buena gana porque tengo mucha sed.»

«No, espera, ¿cómo se llama tu párroco?»

«John Hix.»

«¿Puedes llegar hasta su casa esta noche sin que nadie te vea?»

«Sí. Está orientada a una vaguada.»

«Ve hasta allí. Él puede protegerte mucho mejor que tu padre durante el juicio.»

«¿Debo ser juzgada?»

«Desde luego. Tenemos que dejar limpio tu nombre. Y ahora hagamos planes.»




En la sala del Ayuntamiento no podían tomar asiento más que un reducido puñado de personas y el día era muy bueno. En consecuencia se decidió que el juicio tendría lugar en el campo, en un lugar incómodamente próximo al cadalso.

Llegaron visitantes hasta de veinte millas de distancia, a pie o en carros, y casi se llenó el claro donde se celebraría la vista. El sillón del alcalde Hacker era el único asiento que existía allí. Los demás tenían que estar en pie o sentados sobre la hierba.

Muy pronto se presentó en público el alcalde, bien fortalecido por el ron, y ocupó su puesto. Lucía una levita de brocado y un ancho sombrero ribeteado. Evidentemente hubiese tenido un aspecto mucho más impresionante de no haber mostrado una nariz todavía hinchada y permanentemente enrojecida.

Entonces la multitud se apartó para ceder el paso a Caridad, que llegó flanqueada por John Hix en un lado y por su alto hijo en el otro. Caminaron lentamente hacia el lugar reservado a la acusada. Se hizo un repentino silencio. El alcalde Hacker no condescendió a mirar directamente a la acusada, pero clavó una fría mirada en el sacerdote. Era una muda advertencia a que no sería perdonada aquella protección de la muchacha. Luego el alcalde aclaró la garganta.

—Caridad Payne, ¿deseas jurar sobre la Biblia?

—Sí.

—Bien, no importa eso. Podemos pasar por alto el juramento. Todo el mundo puede observar que tienes miedo.

—No —intervino el pastor John Hix—. Debe concedérsele la oportunidad de jurar. De lo contrario el juicio no sería legal.

Acto seguido el pastor extendió una Biblia hacia Caridad quien apoyando una mano sobre el libro dijo:

—Juro decir solamente la verdad.

El alcalde Hacker le lanzó una mirada terrible y no perdió mucho tiempo en atacar.

—Caridad Payne, ¿niegas ser una bruja?

—Lo niego.

—¿Eres una bruja?

—No lo soy.

—Di la verdad. ¿Qué es lo que tienes que explicar acerca del monstruoso cordero nacido de la oveja de Croft?

—No sé nada de eso.

—¿Fue obra de Satán?

—No lo sé.

—¿Fue entonces obra de Dios?

—No lo sé.

—¿Sostienes que Él pudo crear semejante monstruo?

—No sé nada de eso.

—Y dinos ahora, ¿niegas también haber dicho que esta colonia y sus vecinos, a su debido tiempo, lucharán en contra de nuestro rey?

—No, no lo niego.

Hubo un movimiento entre la multitud y se oyeron algunos gruñidos de cólera.

—¿Has dicho a Ursula Miller que habías hecho un viaje por el aire?

—No.

—La propia Ursula te confundirá en esa mentira.

—Dije a Ursula que algún día la gente viajaría de esa manera. Le dije también que yo había visto tales viajes a través de unos ojos que no eran los míos.

El alcalde Hacker se inclinó hacia delante. No esperaba que la muchacha hiciese declaración tan condenatoria. John Hix inclinó la cabeza, en plena oración.

—Continúa.

—Sí. Estoy bendita con una especie de segunda vista...

—¿Bendita o maldita?

—Dios así lo permite. No puede ser una maldición.

—Continúa. ¿Qué cosas malas ves con esa segunda vista?

—Muy a menudo veo el mundo como será un día. Usted ha dicho cosas malas. Tales visiones no son ni más malas ni más buenas que lo que vemos a nuestro alrededor.

El alcalde Hacker reflexionó. Había algo incómodamente erróneo en el testimonio de aquella muchacha. Debía tener en aquellos instantes un terrible pánico y sin embargo se mostraba bastante dueña de sí misma. Se preguntó si por alguna extraña casualidad la muchacha no contaría con el apoyo del diablo.

—Caridad Payne, acabas de confesar que posees una segunda vista o percepción. ¿Empleas este poder para espiar a tus vecinos?

Era un punto muy importante. Algunos de los espectadores cambiaron miradas de desconfianza.

—No. Esta segunda percepción no es maligna y no puedo ver los actos de mis vecinos..., excepto...

—Habla, muchacha. ¿Excepto qué...?

—Una vez percibí un crimen horrendo...

—¡Crimen! —exclamó el alcalde con tono áspero.

Unas cuantas personas se santiguaron devotamente.

—Sí. A decir verdad fueron dos asesinatos. De dos hombres cuyos cuerpos están ahora mismo enterrados en un oscuro sótano cerca de aquí. Entre ambos hay un saco lleno de guineas de oro.

Transcurrió un largo minuto antes que el alcalde fuese capaz de hablar nuevamente.

—¿Un sótano? —gruñó.

—Sí, un sótano como los que suelen guardar las manzanas de invierno.

Caridad alzó la cabeza y miró fijamente a los ojos del alcalde, como si le retara a hacer más preguntas.

El silencio que reinó fue opresivo. Hacker intentaba poner en orden sus pensamientos. Hasta aquel momento se hallaba seguro ya que las palabras de la muchacha se referían posiblemente a todos los sótanos que habían en el pueblo. Pero la chica lo sabía. Sin duda alguna la muchacha lo sabía. La mirada de la acusada parecía penetrar en los más oscuros rincones de su mente, hablándole más claramente que con simples palabras.

El alcalde Hacker creía en las brujas y las consideraba merecedoras de ser destruidas. Había contemplado aquel terrible parto de una oveja en el corral de Croft, pero también había presenciado parecidas deformidades en el Caribe sin que hubiese evidencia alguna de la presencia de una bruja. Ni por un solo momento había considerado a Caridad como bruja ya que la muchacha no presentaba ninguna muestra de serlo. Su libre charla de niña y los crecientes rumores simplemente podrían proporcionarle la oportunidad de un jugueteo con una chica joven y bonita, y posiblemente, a cambio de esto último, una absolución y un préstamo más sobre las tierras de su padre.

En aquellos momentos Hacker se sentía inseguro. La muchacha debía poseer una segunda percepción para haber averiguado su secreto, ya que en aquella noche de hacía cinco años había habido una gran tormenta y nadie había visto a los marinos cerca de su casa. De esto estaba seguro. Por otra parte, y esto era lo más sorprendente, la muchacha sabía dónde estaban enterrados. No podía correr el riesgo de hacer más preguntas ni recibir más respuestas.

Movió la cabeza lentamente y miró a derecha e izquierda en pleno silencio de la multitud.

—Caridad Payne —dijo eligiendo las palabras con sumo cuidado— ha puesto su mano sobre la Biblia para jurar decir verdad, un acto, creo yo, que pasaría por alto o despreciaría si fuese una bruja. ¿Hay alguien que difiera de mi opinión?

John Hix alzó la cabeza con esperanza.

—Muy bien. El cordero nacido en el corral de Croft parece mostrar huellas de un acto de brujería, pero el señor Trowbridge cree que en los pastos del señor Croft crece alguna hierba nociva, y esto es posible que así sea. Además la oveja es vieja y ha parido antes de ahora corderos débiles.

»Mencionando una vez más al señor Trowbridge, sostiene que el cólera que nos ha afectado tan duramente es consecuencia de beber agua en malas condiciones. Aconseja que se hierva. Pero yo prefiero añadirle un poco de ron.

El alcalde obtuvo las carcajadas que buscaba. En aquel momento se relajó bastante la tensión.

—En cuanto se refiere a una segunda percepción...

Hacker de nuevo barrió a todo el público con su mirada para añadir luego:

—Caridad asegura que la posee y yo la califiqué de maligna para probarla, pero una segunda percepción no es brujería como todos ustedes saben. Mi propia abuela también la poseía y creo que mejor mujer que ella no la habrá habido. Sostengo que es un don de Dios. ¿Hay alguien que opine lo contrario?

Hubo un silencio y el alcalde continuó:

—Muy bien. Yo aconsejaría a Caridad que tuviese mucho cuidado con lo que ve y habla, ya que una segunda vista puede conducir a consecuencias desagradables. No creo mucho su historia del asesinato de dos hombres, aunque pienso que está diciendo la verdad con su segunda percepción. Si hay alguien aquí que tenga conocimiento de tal crimen que dé un paso al frente.

El alcalde esperó en vano.

—¿Nadie? Entonces en nombre de la autoridad que me ha conferido Su Excelencia, el gobernador, declaro que Caridad Payne es inocente de los cargos que se le imputan. Queda en libertad.

Aquello, evidentemente, no era lo que esperaban muchos amigos del alcalde Hacker, ni tampoco lo que se había pronosticado en algunos lugares. La multitud esperaba todo un día de largas preguntas hasta que al final la acusada fuese quemada viva.

La expresión que se reflejaba en el rostro del alcalde y su repentino fin del juicio sorprendió y encolerizó a unos pocos. Muchas personas estaban inseguras.

Entonces alguien lanzó un viva y alguien más pidió tres hurras para el alcalde Hacker. Al cabo de un minuto la reunión había abandonado su odio y los grupos de personas estaban cobrando animación hasta alcanzar aquello todo el aspecto de una auténtica excursión campestre.

Los hombres se encaminaron hacia la taberna. El pastor Hix rezó una larga oración que muy pocas personas escucharon, y todo el mundo se reunió alrededor de Obadiah Payne para felicitarle tanto a él como a su hija.

A intervalos, durante la tarde, Peter tocó ligeramente la mente de Caridad encontrándola felizmente ocupada por los visitantes. Prefirió entonces no interferir hasta que ella le llamase.




Tarde, aquella misma noche, la muchacha, tendida ya en su camastro, abrió los ojos en la oscuridad.

«Peter», murmuró.

«Sí, Caridad.»

«¡Oh, gracias otra vez!»

«Olvídalo. Te metí en el lío. Ahora ya has salido de él. De todas maneras yo poca ayuda presté. Todo tenía que haber salido como salió, porque así fue como sucedieron las cosas. ¿Lo ves?»

«No, de verdad que no. ¿Cómo sabemos que ese alcalde no desenterrará los huesos y no los quemará?»

«Porque no lo hizo. Dentro de cuatro años, a partir de ahora, alguien los encontrará.»

«No, Peter, no lo entiendo, y tengo miedo otra vez.»

«¿Por qué no, Caridad?»

«Debe ser malo esto que tú y yo estemos hablando juntos de esta manera, sabiendo lo que debe suceder y lo que no debe ocurrir.»

«Pero, ¿qué hay de malo en eso?»

«Eso no lo sé, pero creo que sería mejor que tú te quedaras en tu tiempo y yo en el mío. Adiós, Peter.»

«¡Caridad!»

«Y que Dios te bendiga.»

Repentinamente la muchacha se fue y en la mente de Peter hubo un vacío y el conocimiento de hallarse muy solo. No había esperado que Caridad le abandonaría de aquella manera.

Con el paso de los días Peter se convirtió en un muchacho escéptico e incluso llegó a creer poco en sí mismo. Pero Caridad le visitó nuevamente.

Era el mes de octubre. Peter se hallaba solo y estudiando sin mucho interés.

«Peter.»

«Caridad, ¿eres tú?»

«Sí. Durante un minuto, Peter, por favor, sólo durante un minuto, pero tengo que decírtelo. Yo...»

La muchacha parecía expresarse con cierta violencia. Luego añadió:

«Hay un mensaje.»

«¿Un qué...?»

«Mira en la Roca del Oso, Peter, bajo la mandíbula del oso, en el lado izquierdo.»

Y tras estas últimas palabras la muchacha desapareció nuevamente.

El agua fría pareció formar un remolino alrededor de las piernas de Peter, cuando tanteando con un dedo sobre la mojada roca encontró el mensaje trabajosamente tallado que ella había dejado; el mensaje de una niña en un símbolo mucho más viejo que ninguno de los dos:




Un mensaje de caridad (A Message from Charity ©1967) William E. Lee.

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