terça-feira, 12 de junho de 2018

Alucinogenia. Cuento de Dean R. Koentz #CienciaFicción

Alucinogenia

Dean R. Koentz





La persecución de los mutantes por parte del orden establecido es un tema ya clásico en la SF, una de cuyas primeras y más conocidas muestras es la célebre novela Slan, de A. E. van Vogt. 

Psychedelic Children une al viejo tema del mutante dotado de poderes paranormales uno de rabiosa actualidad: el de las drogas alucinógenas y sus discutidos efectos sobre el organismo y la psique. 

El resultado es una narración poética y sorprendente. 


* * * 

Se despertó antes que ella y continuó tumbado, escuchando su áspera respiración; parecía el sonido del mar contra las rocas. Empeoraría antes de despertar. Se inclinó hacia la mesilla, tomó un cigarrillo del paquete casi vacío, lo encendió y se sentó en la cama. Trató de no pensar en las fuerzas que envolverían su cabeza, en los siniestros y dolorosos poderes que estarían rugiendo allí. En la oscuridad, intentó pensar en otra cosa.

La vista que se observaba desde la ventana era magnífica. Había estado nevando toda la noche y el campo quedó completamente cubierto; las nubes se entreabrían de vez en cuando permitiendo ver la luna, que iluminaba el blanco manto. Tras la vieja encina, se extendía la carretera, que semejaba un tajo negro sobre la blanqueada tierra. Indudablemente, los calefactores de la carretera se habían estropeado de nuevo, ya que algunas capas de hielo iban avanzando desde el margen. Anticuadas palas quitanieves trataban de despejarla.

Robert A. Heinlein. Algumas capas #CoverArt #SF

Robert A. Heinlein. Citizen of the Galaxy

Robert A. Heinlein. Der Rote Planet

Robert A. Heinlein. Les Enfants de Mathusalem

Robert A. Heinlein. Methuselah's Children

Robert A. Heinlein. O Planeta Vermelho
More about: http://www.sf-encyclopedia.com/entry/heinlein_robert_a
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quarta-feira, 14 de março de 2018

Capas de Orson Scott Card


El Cuerpo de la Casa - Orson Scott Card

El Juego de Ender - Orson Scott Card

Le Cycle d'Ender 3 - Xénocide - Orson Scott Card

Treason - Orson Scott Card

O mundo do Exterminador - Orson Scott Card

Le Voleur de Portes - Les Mages de Westil - Orson Scott Card

terça-feira, 26 de setembro de 2017

Abismo do Tempo - Roberto Schima (Conto curto)




ABISMO DO TEMPO

Roberto Schima


         No alto da montanha, naquele planeta, a jovem esperou pelo seu retorno, conforme ele prometera que faria. Ela observara a nave dele partir, segurando o choro até o último instante, sem se dar conta de que, antes disso, havia muito que as lágrimas rolavam. Não tardara para o veículo transformar-se em mais uma estrela, até confundir-se no céu com aquelas constelações estranhas, ainda sem nome - se é que os poucos que tinham ficado iriam dar-se a esse trabalho.
                E ela esperou.
                Esperou.
                E esperou.
                E o tempo passou.
                E a noite continuou estrelada, porém, silenciosa.
                E, um dia, deu-se conta de que as lágrimas, enfim, tinham secado.
             As memórias, às vezes, podiam ser como escritas na areia da praia. Dependendo da maré, apagar-se-iam para sempre. Aconteceu isso com ela. Gradualmente, a idade, o tempo, a moléstia, foram roubando-lhe,grama a grama, punhados cada vez maior de suas recordações.
                E chegou o dia em que se esqueceu da nave.
                E chegou o dia em que se esqueceu da saudade.
                E chegou o dia em que se esqueceu de seu próprio nome.
                E, enfim, chegou o dia em que se esqueceu de esquecer.
                O destino poderia ser piedoso quando queria.
         Ninguém soube que nome colocar na lápide da velha, todavia, por obra do acaso, da providência divina ou por uma estranha coincidência, enterraram-na no sopé daquela montanha onde, um dia, olhos tristonhos e esperançosos tentaram alcançar e tocar as estrelas.
                E o tempo passou.
                E a poeira cresceu.
                E nada do céu desceu.
                E a pequena comunidade naquele mundo que não era o seu definhou. Uns diriam que fora a fome; outros, a doença; outros, as desavenças. Diriam, se tivesse sobrado alguém para contar a história.
              Então, enfim, numa noite como tantas outras noites, uma esteira de chamas riscou o tecido negro do espaço.
                A nave - aquela nave! - pousou.
                E o homem, ainda jovem, apressado, saltou.
                Procurou, procurou e procurou.
                Chegou a tropeçar nos restos do que fora uma lápide sem nome.
                Carcomida.
                Corroída.
                Esquecida.
                Viu as ruínas e o que elas diziam acima delas.
                Para ele, a partida tinha sido praticamente ontem, uma semana a bem dizer.
                Para ele.
                Todavia... O abismo do tempo abriu diante de si.
                Impactante.
                Indiferente.
                Implacável.
                Irreversível.
                E foi a vez dele chorar para as estrelas.
                Sem encontrar consolo.
                Sem esperar um retorno.
                Sem descobrir respostas na noite sem fim.
                Sem rever um rosto amado a esperá-lo no céu.
                Não.
                Sem espera.
                E sem esperança.
              E o jovem de corpo, porém, agora, velho de espírito. Arrastou seus pés pela poeira daquele mundo tão longínquo do seu. Um planeta que, a princípio encerrara inúmeras promessas. Era bom. Bom demais.. Tantas promessas não cumpridas, como suas próprias promessas agora levadas pelo vento, no tempo, ao relento.
               E descobriu como o vazio do espaço, as incríveis distâncias entre os astros, poderiam existir dentro de si.
                O espaço.
                O vazio.
               E nenhum ganho futuro que aquele mundo pudesse reservar para ele e sua tripulação iriam preencher o abismo da perda.
           Deixou-se ficar na poeira, entre rochedos e uma rala vegetação, a pouco metros de uma sepultura esquecida.
                Sem glória.
                Sem história.
                Sem memória.


quinta-feira, 15 de junho de 2017

Ilustrações de Roberto Schima #FicçãoCientífica

ROBERTO SCHIMA
Ilustrações em P&B













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Roberto Schima, escritor e ilustrador de ficção científica, muito ativo nos anos 1990, ficou bastante conhecido por vencer o concurso literário Jerônimo Monteiro, promovido pela revista Isaac Asimov Magazine em 1991. Publicou a coletânea LIMBOGRAPHIA com os seus contos e ilustrações.

domingo, 11 de junho de 2017

La Batalla - Cuento de Robert Sheckley (Ilust. Oscar Holguin)

Ilustración de Oscar Holguin


LA BATALLA 

Robert Sheckley


Al entrar en el cuarto de comando, el teniente general Fetterer ladró:
—¡Descanso!
Sus tres generales, obedientes, aflojaron los miembros.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Fetterer, mirando su reloj—. Repasaremos nuevamente los planes de batalla.
Se dirigió a la pared y desplegó un gigantesco mapa del desierto de Sahara.
—Según nuestra mejor información teológica, Satanás presentará sus fuerzas en estas coordenadas. Indicó el lugar con el índice romo.
—A la vanguardia vendrán los diablos, los demonios, los súcubos, los íncubos y el resto de esa clase. Baal comandará en flanco derecho; Buer el izquierdo. Su Majestad Satánica estará en el centro.
—Bastante medieval —murmuró el general Dell. El ayudante del teniente general Fetterer entró, radiante de felicidad al pensar en el Advenimiento.
—Señor —dijo—, el sacerdote está otra vez aquí.
—¡Atención, soldado! —dijo Fetterer, severo—. Todavía nos queda una batalla por ganar.
—Sí, señor —repuso el ayudante, poniéndose rígido y perdiendo parte de su alegría.
—Conque el sacerdote ¿en?.
El teniente general Fetterer se frotó los dedos, pensativo. Desde el Advenimiento, desde que se supo la proximidad de la última Batalla, los religiosos del mundo se habían convertido en una verdadera molestia. Habían abandonado sus querellas, cosa muy provechosa, pero ahora trataban de intervenir en los asuntos militares.
—Dígale que se marche —dijo al ayudante—. Ya sabe que estamos planeando el Armagedón.
—Sí, señor —respondió el ayudante.
Saludó con bríos, giró sobre sus talones y se marchó.
—Continuemos —dijo Fetterer—. Tras la primera línea de defensa vendrán los pecadores resucitados. Los interceptores robóticos de Dell les saldrán al encuentro.
El general Dell sonrió sombríamente.
—Hecho el contacto, el cuerpo de tanques automáticos de MacFee avanzará hacia el centro, apoyado por la infantería robótica del general Ongin. Dell comandará el ataque con bombas H de la retaguardia, que deberá ser compacta. Yo lanzaré la caballería mecánica, aquí y aquí.
Volvió a entrar el ayudante y se puso en posición firme.
—Señor —dijo—, el sacerdote se niega a marcharse. Dice que debe hablar con usted.
Fetterer vaciló antes de decir que no. Recordó que era la Ultima Batalla y que los religiosos tenían indudable conexión con ella. Decidió, por lo tanto, conceder al hombre unos cinco minutos.
—Hágalo pasar —ordenó.
El sacerdote vestía de civil, para demostrar que no representaba a ninguna religión en particular. Parecía cansado, pero decidido.
—Teniente general —dijo—, represento a todos los religiosos del mundo, curas, rabinos, ministros, mullahs, etcétera. Le rogamos que nos permita luchar en la batalla del Señor.
El teniente general Fetterer tamborileó nerviosamente los dedos contra el costado. No quería enemistarse con estos hombres. Aun él, el teniente general, podía necesitar una palabra de bondad cuando todo estuviera dicho y hecho.
—Trate de comprender mi situación —dijo, entristecido—. Soy general y debo librar una batalla.
—Pero es la Ultima Batalla —dijo el sacerdote—. Debería ser la batalla de la humanidad.
—Lo es —respondió Fetterer —y la libramos sus representantes, los militares.
El sacerdote no pareció convencido. Fetterer insistió:
—Ustedes no querrán perderla, ¿verdad, y que gane Satanás?
—Claro que no —murmuró el sacerdote.
—En ese caso, no podemos correr el menor riesgo. Todos los gobiernos se han declarado de acuerdo, ¿no es así? ¡Oh!, sería muy bello librar la batalla de Armagedón con toda la humanidad. Simbólico, se podría decir. Pero ¿podríamos estar seguros de la victoria?
El cura trató de decir algo, pero Fetterer prosiguió en seguida:
¿Cómo calcular el poder de las fuerzas satánicas? En términos militares, hemos de emplearnos a fondo. Y eso significa utilizar los escuadrones automáticos, los interceptores y los tanques robóticos y las bombas H.
—Pero eso no está bien —dijo el sacerdote, con expresión desdichada. ¿No hay lugar en su plan para el hombre?
Fetterer caviló un instante, pero el pedido era imposible de satisfacer. El plan de la batalla estaba completamente desarrollado; era hermoso, irresistible. Introducir el burdo elemento humano sólo significaría desequilibrio. Ninguna carne viviente podría soportar el poder ígneo que lo envolvería todo. Cualquier ser humano que se hallara en un radio de ciento cincuenta kilómetros no viviría lo bastante para ver al enemigo.
—Temo que no —respondió Fetterer.
—Algunos piensan —dijo el religioso, severamente—, que ha sido un error poner esto en manos de los militares.
—Lo siento —dijo el teniente general, lleno de vivacidad. Pero eso es cháchara derrotista. Si a usted no le importa… Señaló la puerta. A desgana, el sacerdote se marchó.
—Estos civiles —murmuró Fetterer—. Bueno, señores, ¿están listas sus tropas?
—Estamos listos para luchar por El —dijo el general MacFee, entusiasta—. Puedo responder por cada autómata mis órdenes. El metal reluce, los relés han sido cambiados y sus tanques de energía están completamente llenos. ¡Señor, arden por luchar!
El general Ongin se liberó de su ensimismamiento.
—¡Las tropas de tierra están listas, señor!
—Las fuerzas aéreas están listas —agregó el general Dell.
—Excelente —repuso Fetterer—. Los demás arreglos también han sido terminados.
Toda la población del mundo lo verá por televisión. Nadie, rico o pobre, se perderá el espectáculo de la Ultima Batalla.
—Y después de la batalla… —empezó el general Ongin.
Se interrumpió, mirando a Fetterer. Este arrugó el ceño. No sabía qué iba a ocurrir después de la Batalla. Esa parte quedaba en manos de los religiosos, según cabía presumir.
—Supongo que habrá una presentación, o algo así —dijo vagamente.
—¿Es decir, nos presentarán a… El? —preguntó el general Dell.
—No lo sé —dijo Fetterer—, pero así lo creo. Después de todo…, quiero decir…
Ustedes saben lo que quiero decir.
—¿Y qué ropa llevaremos? —preguntó el general MacFee, súbitamente presa del pánico —¿Qué se pone uno en un caso así?
—¿Qué usan los ángeles? —preguntó Fetterer a Ongin.
—No lo sé.
—¿Túnicas, tal vez? —sugirió Dell.
—No —dijo severamente Fetterer—. Llevaremos los uniformes de gala, sin condecoraciones.
Los otros asintieron. Parecía adecuado. Y el momento llegó.
Las legiones del Infierno avanzaron por el desierto, esplendorosas en su despliegue marcial. Sonaron los clarines infernales, batieron sordamente los tambores y el enorme ejército fantasmal se adelantó.
En una cegadora nube de arena, los tanques automáticos del general MacFee se lanzaron contra los enemigos satánicos. Inmediatamente, los bombarderos automáticos de Dell chirriaron en lo alto, lanzando sus bombas en la horda apretada de malditos.
Fetterer cargó valientemente con su caballería automática.
La infantería automática de Ongin avanzó en la confusión y el metal hizo lo que estaba a a su alcance.
Las hordas malditas desbordaron la delantera, apartando tanques y robots. Los mecanismos automáticos perecían, defendiendo bravamente cada parcela de arena. Los ángeles caídos, bajo la dirección de Marchocias, arrancaban del cielo los bombarderos de Dell, levantando ciclones con sus alas de grifo.
La delgada y maltrecha fila de robots se mantenía firme, frente a presencias gigantescas que los aplastaban y esparcían, llenando de terror el corazón de los televidentes de todo el mundo. Como hombres, como héroes, los robots trataban de poner en retirada a las fuerzas del mal.
Astaroth gritó una orden y Behemoth avanzó pesadamente. Baal, seguido por una falange de demonios, se lanzó a la carga contra el desmoronado flanco izquierdo del teniente general Fetterer. Chirridos de metal, aullidos de los electrones bajo la agonía del impacto.
El teniente general Fetterer sudaba y se estremecía a mil quinientos kilómetros de la línea de fuego. Empero, severamente, sin pausa, seguía conduciendo el oprimir de botones y el bajar de palancas.
Sus soberbios batallones no lo desilusionaron. Los robots, mortalmente heridos, se alzaron sobre los pies para seguir luchando. Destrozados, tumbados, aplastados por los aullantes enemigos, lograron defender la línea. Entonces, el veterano Quinto Cuerpo se lanzó al contraataque, perforando la delantera del adversario.
A mil quinientos kilómetros de la línea de fuego, los generales condujeron el operativo de limpieza.
—La batalla está ganada —susurró el teniente general Fetterer, volviendo la espalda a las pantallas de televisión—. Los felicito, caballeros.
Los generales sonrieron, agotados.

Se miraron entre sí y de pronto lanzaron un grito espontáneo. El Armagedón estaba ganado y derrotadas las fuerzas de Satanás.
Pero algo ocurría en las pantallas.
—¿No es ése… no es…? —empezó el general MacFee, pero no pudo seguir hablando.
Porque la Presencia estaba ya sobre el campo de batalla, caminando entre los montones de metal retorcido y quebrado.
Los generales guardaron silencio.
La Presencia tocó a uno de los maltrechos robots.




Por sobre el desierto humeante, los robots empezaron a moverse. El metal retorcido, desgarrado o fundido se enderezó y los hombres mecánicos se irguieron sobre los pies.
—MacFee —susurró el teniente general—, pruebe sus controles, trate de que los robots se arrodillen, o algo así.
El teniente general hizo el intento, pero los controles no obedecían.
Los cuerpos de aquellos hombres mecánicos empezaron a alzarse en el aire.
Circundados por los ángeles del Señor, los tanques, los bombarderos, los soldados robóticos se elevaban más y más alto.
—¡Los está salvando! —gritó histéricamente Ongin —¡Está salvando a los robots!
—¡Es un error! —dijo Fetterer—. Pronto. Envíen un mensajero que… ¡No! Iremos en persona.
A toda prisa se preparó una nave, a toda prisa se dirigieron al campo de batalla.

Demasiado tarde: el Armagedón había terminado. Ya no estaban los robots y el Señor había partido con sus huestes.

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Título original: "The Battle"
Publicado en pulp: If 1954
Libro: Citizen in space © Robert Sheckley, 1955.
Traducción: Norma B. de López y Edith ZilliT