segunda-feira, 26 de dezembro de 2016

¿Qué es el método científico? — Isaac Asimov



¿Qué es el método científico?



Evidentemente, el método científico es el método que utilizan los científicos para hacer descubrimientos científicos. Pero esta definición no parece muy útil. ¿Podemos dar más detalles?

Pues bien, cabría dar la siguiente versión ideal de dicho método:

  1. Detectar la existencia de un problema, como puede ser, por ejemplo, la cuestión de por qué los objetos se mueven como lo hacen, acelerando en ciertas condiciones y decelerando en otras.
  2. Separar luego y desechar los aspectos no esenciales del problema. El olor de un objeto, por ejemplo, no juega ningún papel en su movimiento.
  3. Reunir todos los datos posibles que incidan en el problema. En los tiempos antiguos y medievales equivalía simplemente a la observación sagaz de la naturaleza, tal como existía. A principios de los tiempos modernos empezó a entreverse la posibilidad de ayudar a la naturaleza en ese sentido. Cabía planear deliberadamente una situación en la cual los objetos se comportaran de una manera determinada y suministraran datos relevantes para el problema. Uno podía, por ejemplo, hacer rodar una serie de esferas a lo largo de un plano inclinado, variando el tamaño de las esferas, la naturaleza de su superficie, la inclinación del plano, etc. Tales situaciones deliberadamente planeadas son experimentos, y el papel del experimento es tan capital para la ciencia moderna, que a veces se habla de «ciencia experimental» para distinguirla de la ciencia de los antiguos griegos.
  4. Reunidos todos los datos elabórese una generalización provisional que los describa a todos ellos de la manera más simple posible: un enunciado breve o una relación matemática. Esto es una hipótesis.
  5. Con la hipótesis en la mano se pueden predecir los resultados de experimentos que no se nos habían ocurrido hasta entonces. Intentar hacerlos y mirar si la hipótesis es válida.
  6. Si los experimentos funcionan tal como se esperaba, la hipótesis sale reforzada y puede adquirir el status de una teoría o incluso de una «ley natural».
Está claro que ninguna teoría ni ley natural tiene carácter definitivo. El proceso se repite una y otra vez. Continuamente se hacen y obtienen nuevos datos, nuevas observaciones, nuevos experimentos. Las viejas leyes naturales se ven constantemente superadas por otras más generales que explican todo cuanto explicaban las antiguas y un poco más.

Todo esto, como digo, es una versión ideal del método científico. En la práctica no es necesario que el científico pase por los distintos puntos como si fuese una serie de ejercicios caligráficos, y normalmente no lo hace.


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Isaac Asimov
Tirado de: 100 preguntas básicas sobre la ciencia
Alianza Editorial

Humor Cosmico — Joe Haldeman (Introdução à antologia)



Introducción

Gran parte de la ciencia ficción es terriblemente seria. Los autores urden historias para advertirnos de que «nos estamos agotando». Inventan nuevos universos y nuevas razas de hombres, como marcos y protagonistas de vastos dramas. Con todo el Universo, pasado, presente y futuro, como escenario, no es de extrañar que el pincel sea grueso y las pinceladas audaces.

La ciencia ficción hace mucho ruido; el zumbido de las pistolas lanzarrayos, el choque de los planetas, el rugido de las metáforas cósmicas. Pero si escuchamos atentamente, oiremos una risita ocasional, alguna carcajada, incluso, y más allá —a cuatro años luz al sudeste de Alfa del Centauro— un coro de estridentes risas. Porque también existe una ciencia ficción para divertirse.

Lo único que todos los relatos siguientes tienen en común es que me han hecho reír. Por lo demás, son muy diferentes. Encontramos constantes y burlonas extravagancias en las fabulosas máquinas de Henry Kuttner, pero también un relato de Damon Knight que parece muy sensato y serio… hasta la última línea. Tenemos el más negro de los humores negros y algunas frivolidades puramente divertidas. Ambas cosas en el mismo relato, escrito por una extraña persona con el nombre en minúscula, llamada andy offutt.

Están ustedes a punto de conocer a personas tan inverosímiles como Caedman Wickes (investigador privado, especialista en denuncias singulares), un ejército de Clark Kents, y Félix Funck, supersiquiatra. Naturalmente, hay unos cuantos sabios distraídos, e incluso uno que se desvanece gradualmente.

Y las máquinas: un enorme aparato aparentemente construido con la única finalidad de comer tierra mientras canta «St. James Infirmary», una pelota de hojalata con todo el encanto del Viejo Mundo, un robot transparente enamorado de sus propias vísceras, y una ególatra bomba H que habla y tiene un ojo azul.

Pero no todo es frivolidad y ligereza, ¡oh, no! Estos relatos versan sobre temas tan enormemente serios como terremotos catastróficos, un mundo, que se ha vuelto loco, canibalismo, la invasión de las arañas, un dispositivo ideado para hacer estallar todo el Universo en calidad de, uh, terapia,

Los temas, al menos, son serios

Joe Haldeman


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Título original: COSMIC LAUGHTER

Edición en lengua original:
© Joe Haldeman – 1974
© M.ª T. Segur – 1977
Traducción
© Jorge Sánchez – 1977
Diseño y realización de la cubierta

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Índice

Un ligero error de cálculo, por Ben Bova
¡Es un pájaro, por es un avión!, por Norman Spinrad
Los robots están aquí, por Terry Carr
/ de Newton, por Joe Haldeman
Los hombres que asesinaron a Mahoma, por Alfred Bester
Servir al hombre, por Damon Knight
Una bomba en la bañera, por Thomas N. Scortia
El hechicero negro del castillo negro, por Andrew J. Black Offutt
Gallegher Plus, por Henry Kuttner

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terça-feira, 20 de setembro de 2016

Expansão Humana na Galáxia - Robert A. Heinlein

Expansão Humana na Galáxia


A Grande Diáspora da raça humana, que começou há mais de dois milênios, quando o Êxodo Libby-Sheffield foi divulgado, e que continua até hoje não mostrando sinal algum de diminuir, tornou a redação da história, como narrativa única — ou mesmo muitas narrativas compatíveis —, impossível. No século XXI (gregoriano), no Velho Lar Terra, a nossa raça era capaz de dobrar o seu número três vezes em cada século — desde que tivesse espaço e matérias-primas.

O Êxodo para as Estrelas proporcionou ambos. O Homo sapiens espalhou-se por este setor da nossa galáxia a muitas vezes a velocidade da luz e multiplicou-se como fermento. Se tivesse ocorrido a duplicação no potencial do século XXI, nosso número seria agora da ordem de 7 X 109 X 268 — número este tão grande que chega a desafiar o controle emocional; ele é adequado apenas para os computadores:
7 X 109 X 268 = 2 066 035 336 255 469 780 992 000 000 000
ou mais de dois mil milhões de bilhões de trilhões de pessoas — ou uma massa de proteína vinte e cinco milhões de vezes maior de que toda a massa do planeta nativo da nossa raça, Sol III, Velho Lar.


Um absurdo.

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Robert A. Heinlein - Amor Sem Limites

segunda-feira, 1 de agosto de 2016

La Muerte de Arquímedes — Karel Capek (cuento breve)

LA MUERTE DE ARQUÍMEDES

KAREL CAPEK

Karel Capek (1890-1938) es, junto con su compatriota Kafka, el nombre más sobresaliente de las letras checas de principios de siglo… y uno de los más importantes clásicos de la ciencia ficción universal. Su drama R.U.R. (publicado recientemente en español por Alianza Editorial), estrenado en 1921, fue el origen de la palabra «robot», y con él escribió otras muchas obras de fantasía: «Válka s molky» («Guerra con las salamandras», editada por Aguilar), «Povetron» («Meteoro»), «Krakatit», donde en una alucinante predicción nos narra la historia de un explosivo capaz de destruir el mundo entero… El relato que les ofrecemos aquí, una fantasía histórica de humanísima concepción, nos introduce en lo mejor de Capek: su pensamiento universal, más allá de todo tiempo y de todo espacio.


La historia de Arquímedes no sucedió exactamente en la forma en que ha sido escrita; es verdad que fue asesinado cuando los romanos conquistaron Siracusa, pero no es correcto que un soldado romano entrase violentamente en su casa con la intención de saquearla y que Arquímedes, absorto en dibujar una figura geométrica, le gritase enfadado: «¡No estropee mis círculos!». Entre otras cosas, Arquímedes no era un profesor distraído que desconociese lo que estaba ocurriendo a su alrededor; por el contrario, era por naturaleza un soldado dedicado que inventó máquinas de guerra para la defensa de la ciudad de Siracusa por sus habitantes. Por otra parte, el soldado romano no era un asaltante borracho, sino el educado y ambicioso centurión Lucius, que sabía con quién tenía el honor de hablar y que no había entrado a saquear; antes bien, saludó desde la puerta y dijo:
—Ave, Arquímedes.
Arquímedes levantó la vista de la tablilla de cera en la que realmente estaba dibujando algo y preguntó:
—¿Qué pasa?
—Arquímedes —prosiguió Lucius—, sabemos que, sin tus máquinas de guerra, Siracusa no hubiera resistido ni un mes, mientras que con ellas nos habéis tenido ocupados durante dos años completos. No pienses que nosotros, los militares, no sabemos apreciar esto. Son unas máquinas magníficas. Mis felicitaciones.
—Por favor —Arquímedes negó con su mano—, realmente no son nada, simples mecanismos para lanzar proyectiles…, meros juguetes. Desde un punto de vista científico no tienen apenas importancia.
—Pero desde el punto de vista militar sí la tienen —contestó Lucius—. Escucha, Arquímedes, he venido a pedirte que trabajes con nosotros.
—¿Con quién?
—Con nosotros, los romanos. Después de todo ya debes saber que Cartago está declinando. ¿Qué sacarías con ayudarles? Pronto los derrotaremos, ya lo verás. Lo mejor para todos es que os unáis a nosotros.
—¿Por qué? —murmuró Arquímedes—. Nosotros, los de Siracusa, somos griegos. ¿Por qué tendríamos que unirnos a vosotros?
—Porque vivís en Sicilia, y necesitamos Sicilia.
—¿Y por qué la necesitáis?
—Porque queremos ser los dueños del Mediterráneo.
—Ajá —dijo Arquímedes, y contempló reflexionando su tablilla—. ¿Y por qué lo queréis?
—Porque quien es dueño del Mediterráneo —dijo Lucius— es dueño del mundo. Esto es irrefutable.
—¿Y es necesario que seáis los dueños del mundo?
—Sí. La misión de Roma es convertirse en la dueña del mundo. Y puedo asegurarte que eso es lo que va a ser.
—Posiblemente —dijo Arquímedes, borrando algo de su tablilla—. Pero yo no lo aconsejaría, Lucius. Escucha: el ser dueños del mundo os va a ocasionar que algún día tengáis mucho que defender. Es terrible la cantidad de problemas que os va a ocasionar.
—Eso no importa; seremos un gran imperio.
—Un gran imperio —musitó Arquímedes—. Si dibujo un pequeño círculo o un gran círculo, los dos son círculos. Todavía hay fronteras…, nunca os quedaréis sin fronteras, Lucius. ¿Crees que un círculo grande es más perfecto que un círculo pequeño? ¿Crees que eres un geómetra más grande si dibujas un círculo más grande?
—Vosotros los griegos siempre estáis haciendo malabarismos con las argumentaciones —objetó el centurión—. Nosotros tenemos otros medios para probar que tenemos razón.
—¿Cuáles?
—La acción. Por ejemplo: hemos conquistado vuestra Siracusa, por tanto Siracusa nos pertenece. ¿Es ésta una prueba suficiente?
—Sí —dijo Arquímedes, y se rascó la cabeza con el punzón—. Sí, habéis conquistado Siracusa; tan sólo que ya no es y nunca más será la misma Siracusa que fue antes. Mira: era una ciudad grande y famosa, ahora ya no lo volverá a ser. ¡Pobre Siracusa!
—Pero Roma será grande. Roma tiene que llegar a ser más fuerte que cualquiera en todo el mundo.
—¿Por qué?
—Para mantener su posición. Cuanto más fuertes somos, más enemigos tenemos. Ésa es la razón por la que tenemos que ser los más fuertes.
—Sobre la fuerza —susurró Arquímedes—, soy algo versado en Física, Lucius, y te diré algo. La fuerza se absorbe a sí misma.
—¿Qué quieres decir?
—Es tan sólo una ley, Lucius. La fuerza que es activa se absorbe a sí misma. Cuanto más fuerte se es, más fuerza se usa en mantenerse así; y llegará un día…
—Continúa, ¿qué ibas a decir?
—Oh, nada. No soy un profeta, Lucius; tan sólo soy un físico. La fuerza se absorbe a sí misma. Es todo lo que sé.
—Escucha, Arquímedes: ¿no te gustaría trabajar con nosotros? No tienes ni idea de las tremendas posibilidades que se abrirían ante ti en Roma. Fabricarías las más potentes máquinas de guerra del mundo…
—Perdóname, Lucius. Soy un viejo y me gustaría trabajar en una o dos de mis ideas. Como puedes ver, en estos momentos estoy dibujando una.
—Arquímedes, ¿no te atrae la idea de ganar el dominio del mundo con nosotros?… ¿Por qué no contestas?
—Excúsame —murmuró Arquímedes, inclinándose sobre sus tablillas—, ¿qué dijiste?
—Que un hombre como tú podría conquistar el dominio del mundo.
—Hum, el dominio del mundo —dijo Arquímedes con voz aburrida—. No te ofendas, pero tengo algo más importante aquí. Algo más duradero, ¿comprendes? Algo que realmente perdurará.
—¿Qué es?
—¡Cuidado! ¡No estropees mis círculos! Es el método para calcular el área del segmento de un círculo.

Luego se dijo que Arquímedes, el sabio, había perdido la vida en un accidente.

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Título original:
DEVATERO POHADEK
© 1931, Karel Capek.
Traducción de L. V. Gil

in: Nueva Dimensión 3, espanha, 1968.

terça-feira, 5 de julho de 2016

O Pesadelo - Herman Schmitz (conto curto)

Ilustração de Marcelo Galvan

O Pesadelo
por Herman Schmitz


Uma das primeiras coisas que se aprende numa estação orbital é enfrentar a si mesmo. Isto é, defrontar-se com a solidão que no espaço fica dando voltas em torno a você mesmo.

Aqui na estação orbital que rodeia o satélite Saturno VI, os cinco mil quilômetros do seu diâmetro são percorridos em 134 dias terrestres.

Faltam 82 dias ainda...

Dias... O que são eles? Talvez uma vaga referência, ecos de uma rotina certamente familiar que a nave controla diariamente da Terra. Isso que ela chama de amanhecer ou anoitecer, com aromas de pinheiros e fumaças de carros, é totalmente falso, é inteiramente inútil, como o esplendor e a vastidão desses arcos na escotilha principal – os anéis de Saturno sobre a minha cabeça.

E essa outra visão, então, mais para baixo, Saturno VI, um mundo de metano, etano e propano, etileno e acetileno, dióxido e monóxido de carbono, formando um aerossol gigantesco, um enorme inseticida de nitrogênio e hidrogênio do qual se espera um dia recriar a mesma atmosfera da Terra, já que aqui só falta o calor do sol.

Observar essas coisas é lá com os computadores, que são máquinas instruídas para reagir às ínfimas alterações lá embaixo. A mim compete apenas consagrar todo o meu tempo a desfrutar deste vasto ócio.

São 134 dias, e eu sozinho aqui em Saturno VI. Sem nada o que fazer. Sem nada para fazer. E faltam 82 dias ainda.

Agora passei a perseguir os fantasmas delirantes que arrebatam minha mente: “Que fazer quando de tuas mãos surgem bruscamente dois pequenos olhos, abertos apenas por um breve instante, numa piscadela maliciosa, para sumirem logo em seguida?”

E depois, mesmo com as mãos fechadas e rígidas, elas vão subindo, aplicando ao braço a tensão de uma força inexplicável.

Em seguida, correntes de energia me sacodem e chacoalham, transformando-me numa figura bizarra que gesticula freneticamente pelos salões vazios da estação.

Essa coisa ainda me agarrará na escuridão. Aí será então meu cérebro que saltará como um coelho assustado. E não será só mais uma, serão cinco, uma dezena, talvez centenas ou milhares dessa coisa: atacando, arrasando, arrastando tudo a ruínas.

“Tem alguém aí me ouvindo?”

Nada…

Não tenho como pedir ajuda, a interferência magnética de Saturno impede a comunicação. Só tenho botões roxos e azuis piscando intermitentes.

Lá longe, no solo marciano, o comando da missão sacode a cabeça. Não há nada o que fazer. Nada. Nada. Nada.

É só acordar, vestir qualquer roupa, comer e apertar alguns botões…

É seguro que todos os deuses se enganaram. E a dor então me atinge em cheio. Tenho somente um único desejo, o de trocar esse corpo. Esse eu não o tive nunca. Um corpo novo em qualquer outro lugar, menos aqui em Saturno VI.

Estreito destino esse de corredores intermináveis até um coração que já não mais responde…

Não. Não. Não! Não. Não… não… n…

***

— Quantos dias mesmo o coração desse aí aguentou, doutor Alberto?

— Cinquenta e dois, um dos maiores tempos conseguidos no nosso simulador. Temo que o programa brasileiro da nossa base em Saturno VI atrase bastante, excelência!

— Pois é… É um lugar danado de bão… Veja como todos eles viram poetas. Bom, temos que seguir recrutando, uai.


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Este conto pertence ao livro TERRASSOL (c) 2014
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Leitura performática do conto "O Pesadelo" realizada pelo próprio autor, na noite de sexta feira de 14 de março de 2014, na IV Mostra da Vila Cultural Cemitério de Automóveis, projeto Vilanias, Sarau: Prosa, Poesia & Outras Delícias.


quarta-feira, 29 de junho de 2016

Batendo na Porta Aberta — Herman Schmitz (Conto)

Ilustração de Marcelo Galvan


Batendo Na Porta Aberta

Herman Schmitz



Memorando nº 000278 

Ao Senhor Presidente da comissão de Investigações do Senado

Assunto: possível destruição da nossa realidade por seres alienígenas



Tendo em conta o alarde que hoje se faz na imprensa do nosso país a respeito do estranho sumiço do professor Martins Fontes e da sua máquina dimensional, quero, por meio deste memorando, relatar os fatos que acompanhei na condição de investigador subalterno da Borges & Berger Auditoria – sólida empresa mineira de consultoria e auditoria de projetos que foi contratada, de maneira especial, para acompanhar os assuntos relacionados à reposição de peças na construção da denominada máquina dimensional; projeto de cunho secreto das Forças Armadas Brasileiras, representado nas pessoas do General Morais e do eminente matemático e professor Martins Fontes, criador da máquina e chefe da divisão de engenharia do exército, especialmente criada para construí-la.

Desde os tempos do filósofo grego Pitágoras de Samos que os matemáticos são vistos com desconfiança, mas desta vez as suspeitas se concretizaram.

Logo que me vi na Base Militar de Itapetinga, no interior da Bahia, eu percebi que as coisas não andavam como de costume. Veja bem, contratar uma empresa de auditoria de Belo Horizonte para acompanhar uma construção secreta em outro estado, com peças vindas de São Paulo, envolvendo quilômetros de distância, parece agora intencionalmente malicioso no sentido de dificultar essa mesma auditoria.

Além disso, contei mais de vinte falhas de segurança, tanto no transporte como no armazenamento desse material. (Ver o memorando 000125.)

Outra falha crítica, a meu ver, foi a ausência nessa tarefa de outros matemáticos envolvidos com o projeto ou, pelo menos, de uma equipe de supervisão com conhecimento técnico. O controle direto de um projeto dessa natureza, atribuído ao professor Martins, foi obviamente consequência de algum ardil do próprio professor quando da negociação do projeto.

Custou-me muito tempo saber do que se tratava realmente o projeto. O General Morais me passava as listas de reposição sempre com o cenho franzido, uma espécie de mau humor que dissuadia qualquer tentativa de entendimento. Somente quando tive acesso ao professor Martins Fontes é que a ideia do todo tomou forma.

Segundo a teoria – que o próprio professor fez questão de me demonstrar –, com essa máquina dimensional se poderia transformar qualquer material, inclusive pessoas, alterando suas dimensões espaciais ao ponto de se poder achatar, por assim dizer, à espessura zero qualquer material e depois poder restituí-lo ao formato original.

Lembro claramente do professor comentando as vantagens militares de seu invento:

— Com a máquina dimensional, João Carlos, o Exército Brasileiro vai poder atravessar as fronteiras como se fosse um pelotão impresso numa folha de papel, que deslizará por baixo da porta do inimigo e do outro lado se materializará com todo o seu armamento.

Tendo eu uma natureza pacata e mineiramente tranquila, achei exagerada a conversa tipicamente militar em um ilustre matemático e imediatamente me precavi de que algo se passava.

A cada encontro nosso, a antipatia natural aumentava perante os delírios megalomaníacos a que o professor se entregava. Achava eu, na época, que o professor, de certa maneira, forjava essa personalidade belicosa somente para agradar aos militares que o estavam financiando.

Hoje, quero retificar neste memorando que a trama engendrada pela mente doentia do professor o levou a burlar os militares com esse circo, mas, ao mesmo tempo, estava relacionada às suas descobertas da existência de seres insuspeitos nas regiões unidimensionais do espaço.

Como todos os meus colegas de trabalho nesse ramo de auditoria, não somos muito loquazes, portanto o professor apreciava muito as minhas visitas, pois elas satisfaziam a sede de glória por suas descobertas, que pelo caráter secreto do projeto ele não poderia tornar públicas.

— Os geômetras, João Carlos, existem apenas nas dimensões mais básicas da geometria. Eles são segmentos perfeitos de pontos, destituídos de volumes e de detalhes e veem o nosso universo tridimensional como uma dimensão extra na sua realidade. Desse modo, a nossa relação entre eles é do quadrado elevado ao cubo. Pelos meus cálculos, eles poderiam utilizar esta nossa dimensão como uma dimensão extra e extrair toda a sua necessidade de energia da nossa dimensão. O nosso universo, para esses seres, representa apenas combustível grátis, e se eles nos descobrirem, nos queimarão como lenha e o nosso fim será no fogo do inferno como já predisse Nostradamus.

Na época, me pareceram deduções extravagantes essas, influência do ambiente de alto segredo que rodeia esse tipo de instalação militar.

Não sei precisar quanto o Alto Comando sabia das descobertas do professor. A atitude arrogante do General Morais em relação aos meus trabalhos dificultou em muito as nossas trocas de opiniões sobre o projeto. E quero enfatizar que sempre fui visto com desprezo e como um mal necessário ao desenvolvimento dessa máquina.

Essa atitude tomou uma forma mais polêmica quando enviei o memorando 000180, no qual ressalvo que as peças requisitadas pelo General Morais estavam muito acima do que seria permitido conceder ao projeto. A minha ignorância da engenharia e da matemática do projeto foi utilizada como contra-argumento e o caso foi desconsiderado.

Porém, desde aquela época e ainda hoje – temos as faturas para confirmar –, percebe-se claramente que se estava construindo duas máquinas absolutamente iguais, disfarçadas nos pedidos que se replicavam de quando em quando. Havia sempre o argumento de falhas mecânicas, mas quando investiguei – por minha conta, diga-se de passagem – o destino das peças estragadas, topei com um esquema de reciclagem que aparentemente servia apenas para camuflar o fato de não haver tantas perdas assim. (Ver o memorando 000220.)

Quando se iniciaram os testes com a máquina, a paranoia militar por segurança atingiu o apogeu, dificultando mais uma vez o acesso de pessoas mais responsáveis na avaliação dos primeiros resultados. Novamente o professor iludiu as autoridades, fechando-se no laboratório e realizando pessoalmente as primeiras viagens dimensionais.

A culpa de hoje não podermos reproduzir a máquina criada pelo professor foi desse excesso de segredo, pois agora não possuímos nem mesmo um filme ou sequer uma fotografia da máquina construída. Temos as listas com o material necessário, mas não o esquema de montagem, e, desse jeito, pode ser muito tarde quando se venha a acertar na loteria.

Senhor Presidente, espero que a simples vista dos relatórios reordenados por mim, no anexo 07 do memorando 000277, possa eliminar qualquer dúvida em relação à atitude premeditada do professor para duplicar a sua máquina e transportá-la para outra dimensão – na qual ele se encontra agora –, e depois, numa atitude covarde e egoísta, raptar a sua primeira máquina por meio da porta dimensional, deixando-nos à mercê desses seres que agora poderão nos utilizar como combustível para alimentar as suas caldeiras ou sabe-se lá o que mais.

Deixo aqui, portanto, o meu apelo no sentido de tornar público essa situação, bem como para encorajar outros grandes matemáticos do nosso país a se debruçarem nas teorias dimensionais e tentarem encontrar esses seres – os geômetras –, seja lá onde estejam, para impedir o extermínio total de nossa realidade, pois as portas que nos ligam a eles estão todas abertas.




Atenciosamente,
João Carlos de Oliveira, ex-auditor da Borges & Berger Auditoria

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Conto presente no livro TERRASSOL (c) 2014 de Herman Schmitz.