terça-feira, 8 de março de 2016

Un Hombre Distinguido — Fredric Brown (cuento)

UN HOMBRE DISTINGUIDO




Fredric Brown




Se llamaba Hanley, Al Hanley, y al mirarle nadie hubiera pensado que iba a ser tan importante. Y de haber conocido la historia de su vida hasta el momento en que llegaron los Darianos, nadie hubiera sospechado lo agradecido que iban a estar una vez leído este relato a Al Hanley.

En aquel momento daba la casualidad de que Hanley estaba borracho. Y no es que el hecho fuera anormal: llevaba una larga temporada borracho, y se proponía continuar en aquel estado, a pesar de que se había convertido en una empresa difícil. Se había quedado sin dinero, y sin amigos que pudieran prestárselo. Había agotado también su lista de conocidos.

Se encontraba en la penosa condición de tener que andar varias millas para visitar a alguien a quien conocía muy superficialmente y tratar de obtener un préstamo de un dólar... o de veinticinco centavos. La larga caminata desvanecería los efectos del último trago. Bueno, no del todo, de modo que se hallaba en el estado de Alicia cuando estaba con la Reina Roja y tenía que correr todo lo que podía para permanecer en el mismo lugar.

Y mendigar a los desconocidos no era aconsejable, ya que los polizontes podían echarle el guante y obligarle a pasar una noche de sed en el calabozo, lo cual hubiera sido mucho peor. Se encontraba en aquella fase del alcoholismo en que pasar doce horas sin beber significaba enfrentarse con todos los horrores del infierno, en forma de delirium tremens.

El delírium tremens son simples alucinaciones. Si uno es listo, sabe que no existen. A veces incluso resultan una compañía agradable, si se es aficionado a esa clase de cosas. Circunstancia que no se daba en Hanley. Se presentan cuando un hombre que ha estado borracho durante una larga temporada, se ve repentinamente privado de la bebida por un prolongado período, como cuando está en la cárcel, por ejemplo.

El pensar en ellas mantenía a Hanley en un estado de sacudimiento. Sacudiendo específicamente la mano de un antiguo amigo, un amigo íntimo al cual sólo había visto unas cuantas veces en toda su vida, y en circunstancias no demasiado favorables. El nombre del amigo era Kid Eggleston, y se trataba de un robusto aunque maltrecho ex boxeador, que recientemente había sido el matón de una taberna, donde Hanley le había conocido, naturalmente.

Pero no necesitamos concentrarnos en recordar su nombre ni su historia, porque no va a durar mucho en lo que respecta a este relato. En realidad, dentro de un minuto y medio, exactamente, va a gritar, y luego se desmayará y no oiremos hablar más de él.

Pero, de camino, permítanme mencionar que si Kid Eggleston no hubiera gritado ni se hubiera desmayado, ustedes no estarían ahora leyendo este relato. Estarían, quizás, cavando en una mina, bajo un sol verdoso, en el extremo más apartado de la galaxia. No creo que la perspectiva les entusiasme, de modo que no olviden que fue Hanley quien les salvó y continúa salvándoles de ella. No sean demasiado duros con él. Si Tres y Nueve se hubieran llevado a Kid, las cosas serían muy distintas.

Tres y Nueve procedían del planeta Dar, que es el segundo (y único habitable) planeta de la anteriormente citada estrella verde situada en el extremo más apartado de la galaxia. Tres y Nueve no eran, desde luego, sus nombres completos. Los nombres Darianos son números, y el nombre completo de Tres era 389057792869223. O por lo menos, ésa sería su traducción al sistema decimal.

Estoy seguro de que ustedes me perdonarán por mencionarles simplemente como Tres y Nueve. Ellos no me lo perdonarían. Un Dariano siempre se dirige a otro citando su número completo, y cualquier abreviación es, no sólo descortés, sino insultante. Pero los Darianos viven mucho más tiempo que nosotros. Por lo tanto, pueden permitirse el lujo de malgastarlo, cosa que yo no puedo hacer.

En el momento en que Hanley sacudía la mano de Kid, Tres y Nueve estaban aún a cosa de una milla de distancia, midiendo de abajo arriba. No iban en un avión, ni siquiera en una nave espacial (Y, desde luego, tampoco en un platillo volante. Naturalmente que sé lo que son los platillos volantes, pero pregúntenme por ellos en otro momento. Ahora tengo que ocuparme de los Darianos). Iban en un dado espacio-tiempo.

Supongo que tendré que explicar esto. Los Darianos habían descubierto —como nosotros podemos descubrir algún día— que Einstein tenía razón. La materia no puede viajar a una velocidad superior a la de la luz sin convertirse en energía. Y a ustedes no les gustaría convertirse en energía, ¿verdad? Lo mismo les ocurría a los Darianos cuando iniciaron sus exploraciones a través de la galaxia.

De modo que llegaron a la conclusión de que se puede viajar a una velocidad superior a la de la luz, si se viaja simultáneamente a través del tiempo. Es decir, a través del continuo espacio-tiempo, más bien que a través del espacio en si. Su trayecto desde Dar cubría una distancia de 163.000 años luz.

Pero, dado que simultáneamente habian retrocedido 1.630 siglos, el tiempo transcurrido para ellos durante el viaje había sido cero. En su viaje de regreso habían recorrido 1.630 siglos hacia el futuro, y llegaron a su punto de partida en el continuo espacio-tiempo. Espero que comprendan lo que quiero decir.

De cualquier modo, allí estaba su dado, invisible para los terrestres, una milla encima de Filadelfia (Y no me pregunten por qué escogieron precisamente Filadelfia: no comprendo que a alguien se le ocurra escoger Filadelfia para nada). Había estado posado allí durante cuatro días, mientras Tres y Nueve recogían y estudiaban las emisiones de radio, hasta que fueron capaces de comprender y hablar nuestro idioma.

Desde luego, no aprendieron absolutamente nada acerca de nuestra civilización, ni de nuestras costumbres. ¿Imaginan ustedes la posibilidad de trazar un cuadro de la vida de los habitantes de la Tierra, escuchando una mezcla de concursos de lo toma o lo deja, caldos concentrados, Charles Mac Carthy y las Lágrimas de Una Madre?

Y no es que a ellos les importara cómo era nuestra civilización, mientras no fuera lo bastante desarrollada como para representar una amenaza para ellos... cosa de la que quedaron convencidos al cabo de cuatro días. No puede reprochárseles que obtuvieran esa impresión, que al fin y al cabo era correcta.

—¿Bajamos? —le preguntó Tres a Nueve.

—Sí, le dijo Nueve a Tres.

Tres se enroscó alrededor de los mandos.

—...desde luego que le vi boxear —estaba diciendo Hanley—. Y era usted muy bueno, Kid. Su manager debía de ser muy malo, pues no encuentro otra explicación al hecho de que no llegara usted a la cumbre. Tenía usted clase. ¿Qué le parece si vamos a echar un trago?

—¿Paga usted o yo, Hanley?

—Bueno, en estos momentos ando un poco escaso de fondos, Kid. Pero necesito un trago. En recuerdo de los viejos tiempos...

—Usted necesita un trago como yo un agujero en la cabeza. Está como una cuba, y será mejor que deje la bebida antes de que el delirium tremens...

—Creo que ya se ha presentado —le interrumpió Hanley—. Mire quién hay detrás de usted.

Kid Eggleston volvió la cabeza y miró. Gritó y se desmayó. Tres y Nueve estaban acercándose. Más allá veíase un monstruoso dado, de veinte pies de longitud. Mejor dicho, había el perfil de un dado. Su modo de estar allí y, sin embargo, de no estar allí, resultaba algo intranquilizador. Aquello debía de ser lo que asustó a Kid.

Porque en Tres y Nueve no había nada que pudiera infundir temor. Eran vermiformes, de unos quince pies de longitud (completamente extendidos) y de un pie de espesor, aproximadamente, en el centro, terminando en punta por ambos lados. Eran de un agradable color azul pálido, y no poseían ningún órgano sensorial visible, de modo que no podía saberse donde empezaban y donde terminaban... lo cual no importaba demasiado, a fin de cuentas, porque los dos extremos eran exactamente iguales.

Y, a pesar de que estaban avanzando hacia Hanley y hacia el ahora yaciente Kid, no tenían lo que podía corresponder a una cabeza y lo que podía corresponder a unos pies. Avanzaban flotando y en su posición normal: enroscados.

—Hola, muchachos —dijo Hanley—. Habéis asustado a mi amigo, maldita sea. Y en el preciso instante en que se disponía a invitarme a un trago. De modo que me debéis uno.

—Reacción ilógica —le dijo Tres a Nueve—. Éste es un ejemplar de otra clase. ¿Nos los llevamos a los dos?

—No. El otro, aunque de mayor tamaño, es más debilucho, evidentemente. Y un ejemplar será suficiente. Vamos.

Hanley retrocedió un par de pasos.

—Si vais a invitarme a un trago, de acuerdo. De no ser así, quiero saber adónde vamos.

—A Dar.

—¿Quieres decir qué habéis venido aquí desde Dar? Mira, muchacho, mi menda no irá a ninguna parte hasta que aflojéis la mosca y me paguéis un par de chatos.

—¿Has entendido algo? —le preguntó Nueve a Tres. Tres agitó negativamente uno de sus extremos—. ¿Nos lo llevamos a la fuerza?

—No es necesario, si viene voluntariamente. ¿Quieres entrar voluntariamente en el dado, criatura?

—¿Hay algo de beber dentro?

—Sí. Entra, por favor.

Hanley se dirigió hacia el dado y entró. No es que creyera que estaba realmente allí, desde luego, pero, ¿qué tenía que perder? Cuando se presentan las alucinaciones, es mejor seguirles la corriente. El dado era sólido, y no amorfo, ni siquiera transparente, desde el interior. Tres se enroscó alrededor de los mandos y manipuló cuidadosamente unos delicados mecanismos con ambos extremos.

—Estamos en el intraespacio —le dijo a Nueve—. Sugiero que nos quedemos aquí hasta que hayamos estudiado este ejemplar y podamos informar si es apto para nuestros propósitos.

—¡Eh, muchachos! ¿Qué hay de ese trago?

Hanley estaba empezando a preocuparse. Sus manos temblaban, y las arañas estaban deslizándose a lo largo de su espina dorsal.

—Parece que está sufriendo —dijo Nueve—. Tal vez tiene hambre, o sed. ¿Qué es lo que beben esas criaturas? ¿Peróxido de hidrógeno, como nosotros?

—La mayor parte de la superficie de su planeta parece estar cubierta de agua, abundante en cloruro sódico. Podemos sintetizar un poco...

Hanley aulló:

—¡No! Ni siquiera agua sin sal. ¡Necesito whisky!

—Analizaremos su metabolismo —dijo Tres—. Con el intrafluoroscopio, puedo hacerlo en un segundo.

Se desenroscó de los mandos y se acercó a un extraño aparato. Parpadearon unas luces.

Tres dijo:

—¡Qué raro! Su metabolismo depende de C2 H2 OH.

—¿C2 H2 OH?

—Si. Alcohol... al menos, básicamente. Con cierta dilución de H2O y sin el cloruro sódico presente en sus mares, así como cantidades fabulosamente menores de otros ingredientes. Eso parece ser lo único que ha consumido durante un período bastante largo. Se encuentra en una proporción de 24% en su corriente sanguínea y en su cerebro. Todo su metabolismo parece estar basado en ello.

—Muchachos —suplicó Hanley—. Me estoy muriendo por un trago. ¿Qué os parece si suspendéis la conferencia y me dais algo de beber?

—Un momento, por favor —dijo Nueve—. Voy a preparar lo que necesitas. Déjame utilizar los nonios en el intrafluoscopio, y añadir el psicómetro.

Parpadearon más luces, y Nueve se dirigió a un rincón del dado que era un laboratorio. Cuando regresó no había transcurrido un minuto. Llevaba una especie de cubilete lleno hasta la mitad de un líquido ambarino.

Hanley lo olió, luego bebió. Suspiró profundamente.

—Estoy muerto —dijo—, esto es licor irlandés, el néctar de los dioses. No existe otra bebida como ésta.

Bebió ávidamente, y el líquido ni siquiera quemó su garganta.

—¿Qué es eso, Nueve? —preguntó Tres.

—Una fórmula muy complicada, adaptada a sus exactas necesidades. Cincuenta por ciento de alcohol, cuarenta y cinco por ciento de agua. Los restantes ingredientes, sin embargo, son considerables en número; incluyen todas las vitaminas y minerales que su sistema precisa, en proporción adecuada y todos insípidos. Además, otros ingredientes en cantidades minúsculas para mejorar el sabor... de acuerdo con sus gustos. A nosotros nos sabría horriblemente, en el supuesto de que pudiéramos beber alcohol o agua.

Hanley suspiró y bebió largamente. Se tambaleó un poco. Luego miró a Tres y sonrió.

—Ahora sé que no estás ahí —dijo.

—¿Qué quiere decir? —le preguntó Nueve a Tres.

—Sus procesos mentales parecen completamente ilógicos. Dudo de que su especie sirva para la esclavitud. Pero tenemos que asegurarnos, desde luego. ¿Cuál es tu nombre, criatura?

—¿Qué importa el nombre, camarada? —preguntó Hanley—. Llámame como quieras. Vosotros sois mis mejores amigos. Llevadme donde queráis. Con tal de que me aviséis cuando lleguemos a Dar...

Bebió largamente y se tumbó en el suelo. Unos extraños sonidos surgieron de él, pero ni Tres ni Nueve pudieron identificarlos como palabras. Sonaban aproximadamente así: Zzzzzz, glup... Zzzzzz, glup.

Le sacudieron, tratando de despertarle, pero fracasaron en el intento.

Le observaron, sometiéndole a todas las pruebas que su estado permitía. Hanley no se despertó hasta unas horas después. Se sentó y miró a los dos Darianos. Dijo:

—No lo creo. No estáis aquí. Por el amor de Dios, dadme otro trago, de prisa.

Le dieron el cubilete: Nueve había vuelto a llenarlo. Hanley bebió. Cerró los ojos. Dijo:

—No me despertéis.

—Pero, si estás despierto...

—Entonces, no dejéis que me duerma. Esto es pura ambrosía... la bebida de los dioses.

—¿Quiénes son los dioses?

—Ya no hay. Pero esto es lo que bebían. En el Olimpo.

Tres dijo:

—Procesos mentales completamente ilógicos.

Hanley alzó el cubilete. Dijo:

—Aquí es aquí, y Dar es Dar, amigos —Bebió.

—¿Qué sabe usted acerca de Dar? —preguntó Tres.

—Dar no tiene las cosas que tenéis vosotros. A vuestra salud, muchachos.

Bebió de nuevo.

—Demasiado estúpido para ser adiestrado para algo que no sea un trabajo físico —dijo Tres—. Pero, si tiene el vigor suficiente, tal vez podamos recomendar una incursión a este planeta. Tiene de tres a cuatro mil millones de habitantes. Y nosotros podemos utilizar el trabajo manual: tres o cuatro mil millones de esas criaturas nos ayudarían considerablemente.

—¡Hurra! —dijo Hanley.

—No parece coordinar bien —dijo Tres pensativamente—, Pero quizás su vigor físico es considerable. Criatura, ¿cómo debemos llamarte?

—Llamadme Al, muchachos.

Hanley se estaba poniendo en pie.

—¿Es ése tu nombre, o el de tu especie?

Hanley se recostó contra la pared y meditó unos instantes.

—El de la especie —dijo—. ¡Un momento! Voy a decirlo en latín.

La dijo en latín.

—Deseamos comprobar tu vigor. Corre arriba y abajo de uno a otro lado de este dado, hasta que te canses. Deja, yo sostendré el cubilete con tu alimento.

Cogió el cubilete de manos de Hanley. Hanley se resistió a soltarlo.

—Un trago más —dijo—. Sólo un traguito más, y correré para ti. Correré para el presidente.

—Tal vez lo necesite —dijo Tres—. Dale un poco más, Nueve.

Podía ser el último trago por una temporada, de modo que Hanley lo aprovechó bien. Luego contempló alegremente a los cuatro Darianos que le estaban mirando. Dijo:

—Os veré en las carreras, muchachos. A todos. Y, apostad por mí. Ganador y colocado. ¿Otro traguito, primero?

Le dieron otro traguito... esta vez realmente corto: menos de dos onzas.

—Basta —dijo Tres—. Ahora, corre.

Hanley dio un par de pasos y cayó de bruces. Dio media vuelta sobre sí mismo y se quedó tendido en el suelo, con una beatífica sonrisa en el rostro.

—¡Increíble! —dijo Tres—. Tal vez trata de engañarnos. Vamos a comprobarlo, Nueve.

Nueve lo comprobó.

—¡Increíble! —dijo—. Realmente increíble que después de un esfuerzo tan pequeño esté inconsciente... inconsciente hasta el punto de ser insensible al dolor. Y no está fingiendo. Su tipo es completamente inútil para Dar. Ajusta los mandos y enviaremos un informe. Nos lo llevaremos, de acuerdo con nuestras instrucciones complementarias, como un ejemplar para el parque zoológico. Físicamente, es el ejemplar más raro que hemos descubierto en cualquiera de los varios millones de planetas.

Tres se enroscó en los controles y utilizó sus dos extremos para manipular mecanismos. Transcurrieron ciento sesenta y tres mil años luz y 1.630 siglos, ajustándose de un modo tan absoluto y perfecto que ni el tiempo ni la distancia parecieron haber sido cruzados.

En la capital de Dar, la cual gobierna a millares de planetas útiles, y ha visitado millones de planetas inútiles —como la Tierra—, Al Hanley ocupa una gran jaula de cristal en un lugar de honor, como ejemplar realmente asombroso.

En el centro de la jaula hay una balsa, de la cual bebe a menudo y en la cual se le ha visto bañarse. La balsa está siempre llena de un brebaje delicioso, que es en relación con el mejor whisky de la Tierra, lo que el mejor whisky de la Tierra es en relación con la ginebra de tina elaborada en una tina sucia. Además, está reforzado —sin que afecte a su sabor— con todas las vitaminas y minerales que el metabolismo de Hanley necesita.

No produce resaca ni otras desagradables consecuencias. Es una bebida tan deliciosa para Hanley como la constitución de Hanley para los visitantes del zoo, los cuales le contemplan admirados y luego leen el cartel colgado de su jaula, encabezado por el nombre de su especie en latín... tal como Hanley se la reveló a Tres y a Nueve.

ALCOHOLICUS ANONYMOUS

Vive a base de una dieta de C2 H2 OH, ligeramente reforzada con vitaminas y minerales. Ocasionalmente brillante, pero completamente ilógico. Carece de vigor: sólo puede dar unos cuantos pasos sin caerse. Carece de todo valor comercial, pero es un fascinante ejemplar de la más extraña de las formas de vida descubiertas hasta ahora en la Galaxia. Procede del Planeta 3, del Sol JX647-HG908.

Tan raro, en realidad, que le han sometido a un tratamiento que le hace prácticamente inmortal. Y es bueno que sea así, porque es un ejemplar zoológico tan interesante, que si algún día muere, los Darianos tendrían que bajar a la Tierra en busca de otro. Y podría suceder que tropezaran con usted o conmigo... y que diera la casualidad de que usted o yo, según el caso, estuviéramos sobrios. Y esto sería terrible para todos nosotros.

***
Título original:Man of Distinction
Revista o libro:Thrilling Wonder Stories
Editorial:Standard Magazines, Inc.
FechaFebrero de 1951

terça-feira, 9 de fevereiro de 2016

A ciência e a ficção científica — Mario Da Silva Brito


A CIÊNCIA E A FICÇÃO CIENTÍFICA

A ficção científica, de fato, é mais literatura do que ciência. Esta pertence aos compêndios e aos tratados. Os cientistas, no entanto, não a depreciam. Consideram-na, antes, uma hipótese de trabalho dependente da verificação sistemática.

O que a ciência pode representar para o homem na fecundação do seu espírito e na transformação de sua vida, formulando os termos do drama humano, já é matéria para a literatura, para a fábula. O reingresso do homem atua! no mundo da fábula — eis o que a Science fiction pratica. Parte o escritor de uma concepção não alheia à ciência e cria, apoiado nela, a trama imaginária, e a narra consoante os seus recursos literários, e estes lhe darão, conforme a qualidade artística da fatura, grandeza ou platitude, realismo ou falsidade. Groff Conklin, experimentado antologista e teórico do gênero, conceitua-o como estando baseado em ideias científicas que não tenham sido provadas impossíveis. Daí não caber estranheza ante a notícia de que, na Universidade de Harvard, o professor Dwight Wayne Batteau mantenha uma cátedra de Ficção Científica aplicada à Engenharia, cuja finalidade é encaminhar os cientistas no aproveitamento das sugestões engendradas pelos escritores. Estes, por sua vez, em muitos casos, são técnicos, homens de laboratório e de pesquisas, cientistas numa palavra, e se valem da ficção para elaborarem, na forma de contos, novelas ou romances, hipóteses que não ousaram ainda formular em termos de rigorosa ciência. Há mesmo críticos literários que definem a ficção científica como a literatura da hipótese. O que importa assinalar, é que os escritores de ficção científica creem, convictamente, nas histórias que inventam e dão força de verdade à supra realidade que descrevem. Por isso mesmo, os psicanalistas se detêm na análise mais profunda dessas narrativas, sentindo-as como um sonho rico de símbolos. Mas neste, como em qualquer outro gênero literário, o artesão não é dispensado, as regras estéticas não são abandonadas e nem a arte de compor, consoante as exigências estilísticas é de plano secundário. Exatamente porque, antes de mais nada, é preciso respeitar a sua condição de literatura.

A ficção científica, muito embora trate de mundos desconhecidos, de universos vagamente pressentidos, de objetos não identificados, de robôs e monstros, de fenômenos estranhos, de seres extraterrenos ou potências invisíveis, de naves estapafúrdias, de galáxias, de civilizações e culturas de outros planetas, é, em vez de escapista, vincadamente humana e dá a dimensão da perplexidade do homem na hora histórica em que vive. Pertence, como consequência, a um mundo que, pela exacerbação do conhecimento, derrogou as certezas que conquistara com o auxílio da própria ciência. Afinal, o homem moderno e o homem primitivo se igualaram na mesma ignorância — este por nada saber e aquele por saber demais, ficando, assim, atônito diante de cada nova descoberta. Um e outro, cada qual no seu devido tempo, lançam as mesmas indagações sofridas: Que é o homem? A vida? O tempo e o espaço? O futuro? Ambos se definem pela mesma insegurança, por semelhante inquietação ante o ignoto, o mistério. A ficção científica faz às vezes, enfim, de uma Cosmogonia. O Fabuloso de tal forma envolveu o homem, que tudo é mágico, mirabolante, absurdo, inédito e... possível.

A um mundo estável, que ia da geometria euclidiana ao racionalismo de Descartes, da regrada lógica aristotélica ao cosmos de Galileu e ao positivismo de Comte, para assinalar apenas algumas balizas, sucedeu outro, conturbado e revolucionado pela Relatividade, a Cibernética, os Quanta, a Mecânica Ondulatória, a Astrobiologia, a Sociometria, a Genética, a Psicanálise, as transmutações dos conceitos de Espaço e Tempo, a Radioatividade e os Raios Cósmicos, a Biofísica e a Bioquímica, a Eletrônica, a Telecomunicação, as mutações artificiais e tantas outras situações novas e desnorteantes que desmantelaram a solidez de suas interpretações da vida e do meio ambiente.

O homem, antes centro do Universo, acabou adquirindo a ciência — e o que é muito mais: a consciência — de que está instalado num minúsculo ponto perdido num braço de galáxia, entre outros milhares de milhões de grupos estelares, e sabe, por exemplo, que cada novo telescópio prescreve toda a Astronomia sabida até ontem. Ficou sem pontos de referência adaptados às dimensões humanas, observa Erich From, que ainda afirma: “A ciência, os negócios, a política, perderam todos os fundamentos e proporções que façam sentir humanamente. Vivemos em cifras e abstrações; posto que nada é concreto, nada é real. Tudo é possível, de fato e moralmente. A ficção científica não é diferente do fato científico, nem o são os pesadelos e os sonhos dos acontecimentos do ano seguinte.”

A ficção científica funda suas raízes nesse mundo instável e alienado. A espécie humana em perigo — perigo suposto ou real — produz uma literatura premonitória. É o grande documento da criatura em face ao seu destino problemático. Ou a catarse de um sentimento de culpa coletivo. Seja como for, é uma literatura do homem, nascida do seu íntimo profundo, não importa que tantas vezes temerosa e fatalista, desiludida e triste.

Em outros tempos, a literatura preocupou-se com o passado ou o presente das sociedades. Agora está voltada para o futuro, que não consegue vislumbrar nitidamente.

Literatura de fuga, essa da ficção científica? Parece que não. É antes filha do impasse, da crise, da humanidade intranquila e sem paz. Mas, nem por isso, é toda ela feita de dor e, em nenhum momento, de desprezo pela condição humana. Muito pelo contrário, está vinculada ao tempo terrível que as manchetes diariamente denunciam, e, em alguns autores, seus personagens, exilados em outras galáxias, ou em mundos artificiais, apresentam-se nostálgicos da boa e velha Terra que abandonaram por força das circunstâncias, e conspiram contra os governos estelares para retornarem ao solo de antanho, com o fito de novamente colonizá-lo, tirá-lo do seu barbarismo e reorganizá-lo em termos de amor e simplicidade. São personagens ansiosos por retomarem ao humano, por descobrirem uma verdade simples, que nada tenha a ver com máquinas, poder ou glória, mas que devolva aos seres a indispensável dimensão humana.

Uma derradeira indagação: até quando a ficção científica será apenas ficção científica?

***

in MARAVILHAS DA FICÇÃO CIENTÍFICA, Cultrix, 1953.


quinta-feira, 28 de janeiro de 2016

Por uma Língua Universal — Joan Català Piñón

ESTOS TERRÍCOLAS SON UNOS AUTÉNTICOS MASOCAS

—No, excelencia, a pesar de lo que dice Gorogol, los terrícolas no son tontos. Lo que Gorogol toma por estupidez en realidad es masoquismo asociado a un cierto grado de tolerancia de la injusticia, que tiene su origen en la arrogancia, que a su vez se deriva de la inseguridad.

—Más despacio, muchacho, que pierdo el hilo. Te enviamos al planeta Tierra a estudiar comunicación planetaria, y vuelves soltándonos una retahíla de nociones morales y psicológicas que no tienen nada que ver con el tema.

—Lo siento, Excelencia. La estupidez es ciertamente la primera hipótesis que te viene a la mente cuando ves cómo los terrícolas organizan la comunicación internacional. Mire este mapa. Todas estas manchas de diferentes colores son países, cada uno con su propio gobierno. Aquí están los Estados Unidos. Éste se llama India; éste, Angola; este otro Italia…, hay muchos. Ahora bien, puesto que todos ellos han alcanzado un alto nivel de civilización, obviamente tienen que discutir muchos asuntos que conciernen a todo el planeta. ¿Qué cree que hacen?

—Envían a sus representantes por el procedimiento más sencillo a un lugar conveniente para todos donde puedan reunirse y discutir.

—Exactamente. Eso es lo que hacen, físicamente. Pero no mentalmente. Muchos de ellos estudian idiomas en el colegio durante años y años, pero cuando se reúnen en esas organizaciones como las que ellos llaman Naciones Unidas, o instituciones parecidas, digamos, la Organización Internacional de Aviación Civil, no tienen ninguna lengua común. Por eso se quedan mirándose unos a otros, incapaces de dialogar. Para comunicarse entre sí necesitan de una costosa y voluminosa maquinaria, además de una amplia plantilla.

—Gorogol tenía razón: son estúpidos.

—No, Excelencia. Si lo fueran, no habrían resuelto el problema de la comunicación material. Lo que son es masoquistas. Mire esta pequeña península de aquí. Es lo que ellos llaman Europa. Pues bien, allí, hasta el más modesto fabricante de quesos debe traducir las etiquetas de sus envases a media docena de idiomas. Eso es muy costoso y lo pagan los consumidores. Y tienen un amplio espectro de organizaciones internacionales que gastan fortunas en traducción e interpretación. Los gobiernos toman el dinero del bolsillo de los contribuyentes sin el más mínimo remordimiento.

—¡Eso es una auténtica perversión!

—¡Pero los contribuyentes permiten alegremente que su dinero se utilice para tales propósitos! No son menos pervertidos, aunque de otra manera: mientras los gobiernos son sádicos, ellos son masoquistas.

—¿Es ése el único medio que tienen de comunicarse superando las barreras lingüísticas?

—No, Excelencia. Este sistema se restringe cada vez más a reuniones formales. En la vida diaria se defienden usando un idioma común.

—¿Por qué no dijiste eso al principio? Si usan un idioma común no son más estúpidos o masoquistas que nosotros.

—Sí, lo son. En nuestra parte de la galaxia se usa un idioma común que es completamente neutral y fácil para todo el mundo. No es la lengua de un pueblo dado, o de un planeta dado, para que podamos comunicarnos en pie de igualdad y no necesitemos mucho esfuerzo para dominar los sistemas de comunicación. Diez minutos al día durante un año en la escuela elemental y algo de práctica después es todo lo que nos lleva.

—¿No es eso lo que hacen los terrícolas?

—No. Para comunicarse han elegido una lengua que se destaca de las demás porque tiene muy poco en común con cualquiera de ellas. Mire otra vez el mapa. Esto es Europa continental; esto, Latinoamérica; esto es África; esto, Indonesia. Juntos representan muchos millones de personas, probablemente más de mil. Pues bien, en todo este vasto territorio tienen una letra que se escribe así: «a» o «A». Todos esos millones de personas la pronuncian del mismo modo, incluso aunque tengan alfabetos distintos, como los griegos o los rusos. Y la lengua de estos últimos se usa en este amplio territorio de Asia, al norte de estas montañas. Pero en la lengua que han adoptado para comunicarse, que ellos llaman «inglés» porque nació en esta pequeña isla de aquí, Inglaterra, la misma letra rara vez se utiliza con su valor prácticamente universal. Representa una gama completa de diferentes sonidos. Mire estas palabras y escuche cómo pronuncio la «a» en ellas: bad /bæd/, all /o:l/, father /fa:dË/, courage /kvridz/, face /feis/.

—¡Sorprendente! ¡Qué idea más rara, usar la misma letra para sonidos tan distintos!

—Pero es aún más incomprensible en el ámbito internacional. Todas las personas que han aprendido a leer y escribir en una lengua bantú, como el swahili; o en una latina, como el español; o en una eslava, como el checo; o en una germánica, como el holandés, la pronuncian de la misma manera. Incluso en China (esta mancha grande del mapa), donde antes de aprender su propio sistema de escritura, los niños aprenden primero a escribir con el alfabeto latino, también pronuncian esta letra de la misma forma (igual que sus vecinos los japoneses) cuando escriben sus nombres para los extranjeros. Los anglohablantes, como se les llama, son los únicos que tienen esta extraña manera de pronunciar las letras del alfabeto que usan. Esta otra letra, por ejemplo: «I», «i» se pronuncia igual en todo el planeta, incluyendo las transcripciones del hebreo, árabe, chino y japonés, pero los anglohablantes le dan diferentes valores: compare bite /bait/ con bit /bit/.

—Entonces, ¿me estás diciendo que hay una práctica unanimidad en todo el planeta, pero que usan para comunicarse unos con otros justamente la lengua que funciona de manera más complicada e irracional? ¿Que han elegido la excepción en lugar de la norma?

—Sí, Excelencia. ¿No es eso un buen ejemplo de masoquismo? Puesto que el sistema que han adoptado es mucho más complicado de lo necesario, impide una comunicación sin problemas para la mayoría de la gente. Además no es justo. En lo que a lenguas se refiere, un anglohablante no tiene que aprender nada para comunicarse mediante este sistema, mientras que muchas personas tienen que dedicar muchas horas a la semana durante muchos años para adquirir el sistema común de comunicación, sin conseguir nunca el nivel de un anglohablante. Sólo he hablado de la escritura y la pronunciación, pero la lengua está repleta de problemas similares. Por ejemplo, la mayoría de las lenguas tienen sólo una palabra para expresar conceptos como «libertad», «leer», «inevitable», «comprar», «fraternal». Pero uno no domina el inglés, al menos el inglés escrito que es tan importante en cualquier contrato, en cualquier asunto científico o comercial, si no ha aprendido las palabras paralelas freedom / liberty, read / peruse, unavoidable / inevitable, buy / purchase, fraternal / brotherly. Por eso las personas que no son anglohablantes, o que son anglohablantes de segunda clase, tienen que aprender por duplicado el vocabulario que sería necesario para comunicarse en otras lenguas. Además, prácticamente en todo el mundo, las palabras se derivan unas de otras de forma que favorecen la memoria, por ejemplo «dentista» se deriva de «diente»: francés dent > dentiste, japonés ha > ha-isha, alemán zahn > zahnarzt, indonesio gigi > doktor gigi. Como en otros muchos aspectos, el inglés es una excepción. Hay que aprender tooth [diente] y su plural, que es teeth en lugar de tooths, y además esto no se puede utilizar para recordar cómo denominar a la persona que se ocupa de los dientes. Dentist [dentista] tiene un origen completamente distinto.

—¡Sí que es una lengua rara!

—Eso no es todo. Por increíble que parezca hay muchas expresiones formadas a partir de un verbo y una pequeña palabra, cuyos significados no se pueden deducir de sus partes componentes. Por ejemplo, puedes haber aprendido lo que significan make y up, pero eso no te ayudará a deducir el significado de make up. Entre otras cosas porque tiene varios, desde «compensar» a «preparar» pasando por otros muchos, como lo ejemplifica este diálogo entre dos personajes de una de las novelas de P.G. Wodehouse:

—He’s made up his mind to stay in. [Ha decidido quedarse en casa].

—Well, I’ve made up my face to go out. [Bueno, yo me he maquillado para salir].

Por eso se precisa mucho tiempo para llegar a dominar esta lengua. Un coreano o un chino que quieran ser capaces de utilizar el inglés a un buen nivel intelectual, por ejemplo para negociar un contrato o para tomar parte en una discusión en un campo técnico o científico, tienen que dedicar al menos 8000 horas para su adquisición. A una media de 40 horas a la semana, esto significa 200 semanas, o al menos cuatro años a tiempo completo, sin descanso. Padres de todo el mundo ven cómo sus hijos pasan cientos de horas en el colegio estudiando este idioma sin alcanzar el nivel de competencia necesario para que les pueda ser útil. No resulta sorprendente que miles de viajeros tengan que afanarse en situaciones enojosas provocadas por malentendidos, porque la mayoría de los hablantes de inglés no nativos no son capaces de usar el inglés adecuadamente. ¡Y cuántas veces los contactos entre las personas se quedan en un nivel infrahumano! Pero nadie se queja. Los terrícolas han elegido gastar fortunas en este sistema, vivir con molestias e injusticias, aunque nada les obligue. ¿No es eso masoquismo?

—Espera un momento, hijo, no tan deprisa. Primero explícame por qué el planeta Tierra no ha creado una lengua para la comunicación interétnica cuando el resto de la galaxia lo ha hecho.

—¡Pero, Excelencia, si las cosas se han desarrollado entre ellos exactamente de la misma manera que entre nosotros!

—¿De qué manera? ¿Quieres decir que también tienen una lengua internacional genuina? ¿Por qué no la usan entonces?

—Ahí está la cosa. La creatividad lingüística de los terrícolas es tan grande como la nuestra y varios autores han publicado esbozos de lenguas interétnicas. Muchas de ellas, como entre nosotros, no funcionaron y pronto cayeron en el olvido. Pero un día apareció un proyecto muy modesto, llamado por su autor «Lengua Internacional», que lo publicó, por razones ligadas a la situación política y social, bajo el pseudónimo de Dr. Esperanto. Este proyecto, aunque no convenció a la élite, fue adoptado por personas de muy diferente origen lingüístico como sistema de comunicación internacional. Poco a poco, la lengua se extendió por todo el planeta y llegó a toda clase de gentes. Se fue haciendo más rico y flexible conforme se utilizaba y también mediante las obras de los mejores escritores.

—Entonces, las cosas han ido básicamente igual que entre nosotros, ¿no?

—Sí. Hubo una especie de competición entre candidatos rivales que pusieron de manifiesto sus marcadas diferencias de capacidad y dinamismo. Claramente una lengua emergió de todo este proceso de selección natural, la que el público llamó esperanto. La vida la transformó en una lengua viva, con sus canciones, su humor, su literatura…

—Hijo, no lo entiendo. ¿Por qué los terrícolas no se valen de esta lengua para resolver sus problemas de comunicación?

—Por estupidez, según Gorogol. Por masoquismo, según yo. Como media, diez meses de esperanto proporcionan una capacidad de comunicación equivalente al nivel que se alcanza después de diez años de inglés, si se basa el cálculo en el mismo número de horas a la semana. Si el factor masoquismo no interviniera, la gente exigiría a sus gobiernos la enseñanza del esperanto durante un año en todas las escuelas, después del cual los estudiantes podrían seguir estudiando éste u otro idioma adicional de su elección por razones culturales, si les interesase. Este sistema eliminaría todos los problemas de comunicación lingüística sin aportar el más mínimo inconveniente.

—Empiezo a entender por qué hablas de masoquismo. Pero ¿no te he oído decir algo sobre la arrogancia hace un momento?

—Sí, efectivamente. Este masoquismo sólo puede mantenerse mientras todo el mundo dé por supuesto que la solución de una lengua internacional no existe o que no funciona. Y esto, esto procede de la idea exagerada que las personas tienen de su propia competencia.

—Explícate.

—En el curso de mis investigaciones, he preguntado a un gran número de terrícolas. En muchos casos, al mencionar la palabra esperanto, era recibido con ironía y sonrisas de superioridad. No siempre. Algunas personas estaban realmente interesadas y dispuestas a aceptar la idea: no permitían que les cegara la arrogancia. Pero muchas otras, especialmente en Europa, la primera reacción que tenían era de desprecio. Y ese desprecio procede de la propia certeza de saber todo lo que hay que saber: una especie de gran presunción cuyo origen está en juzgar obstinadamente sin estudiar los hechos.

—¿Estás diciendo que rechazan el esperanto sin saber nada de él?

—Eso es. Tan pronto como empiezas a preguntarles sobre el tema, se hace evidente que no tienen ni la más remota idea de lo que es el esperanto. La mayoría simplemente no sabe que hay gente que lo utiliza para comunicarse con extranjeros, que hay niños que lo hablan, que ha sido adoptado por poetas de gran mérito, que se utiliza regularmente en emisoras de radio, o que muchas personas lo utilizan habitualmente en su correspondencia electrónica. Le atribuyen defectos inexistentes y no tienen noción de sus verdaderos límites. Pero eso no les ocurriría si antes de emitir un juicio observasen los hechos.

—¡Increíble!

—Pero cierto. Mire esto. Es uno de sus periódicos, USA Today. Este artículo da alguna información positiva sobre el esperanto, aunque el énfasis que pone en ciertos aspectos no lingüísticos de alguna manera distorsiona la imagen. Parte del artículo cita a un tal Robert Trammel del Departamento de Lenguas y Lingüística de la Universidad Atlántica de Florida en Boca Ratón: «La razón por la que no ha cuajado es porque siempre es algo que el hablante tiene que aprender además de su lengua materna, es algo extra».

—Bueno, si es una lengua común para la comunicación internacional, ¿cómo se podría usar sin haberla aprendido antes, además de la lengua materna? ¡Eso es una absoluta estupidez!

—Sí, pero esa estupidez es consecuencia de la arrogancia. Sólo porque enseña en un departamento universitario de lenguas y lingüística ya cree que puede decir cualquier cosa sobre una lengua sin conocer previamente los hechos. En este caso, este señor no ha captado la idea en absoluto, pero sólo aquellos que saben de qué va el tema se dan cuenta. La mayoría sólo recordarán que un especialista en lenguas rechaza el esperanto, que éste no es cosa seria. Otra frase de la misma persona: «Es esencialmente una lengua indoeuropea», demuestra que se permite a sí mismo juzgar sin proceder previamente a un análisis lingüístico aplicando los criterios normalmente utilizados para clasificar una lengua. De hecho, el esperanto consiste en elementos invariables (los lingüistas los llaman morfemas), que se pueden combinar sin limitaciones. El hecho de que «mi» se derive de «yo» (mi > mia), y «primero» de «uno» (unu > unua), es algo que se puede encontrar en lenguas como el chino y no en una indoeuropea…

—Por favor, no seas tan minucioso, que yo no tengo ni idea de lingüística. Pero creo que tienes razón. Este señor habla de algo de lo que no sabe nada. Eso está mal. Si se imagina que porque sabe mucho de otras lenguas puede hablar de cualquiera con la que no esté familiarizado, es ciertamente arrogante. Pero ¿es éste un caso típico?

—Lo es, Excelencia.

—Si lo es, parece que la gente de por allá no sitúa el problema en un contexto lo suficientemente amplio.

—Es verdad. Hay un montón de factores de todo tipo implicados en la comunicación lingüística internacional: políticos, económicos, sociales, psicológicos, educativos, culturales, lingüísticos, fonéticos…, que exigen un análisis detallado y una profunda reflexión. Pero hasta el terrícola más humilde cree que puede solucionar el problema en unos segundos, y la expresión de superioridad que se refleja en su rostro no es otra cosa que arrogancia.

—Eres joven, muchacho, y me pregunto si no hay una cierta falta de tolerancia en tus juicios sobre los terrícolas. ¿No estás siendo tú, quizás, un poco arrogante? ¿Estás seguro de que no estás simplificando demasiado un problema extremadamente complicado?

—Estooo…, es decir, Excelencia, yo…eh…

—En lugar de tartamudear harías bien en decirme a qué atribuyes esa arrogancia de la que hablabas hace un momento.

—Ya se lo he dicho, Excelencia: su arrogancia es fruto de su inseguridad.

—¿Por qué de su inseguridad?

—Muchos terrícolas no aceptan fácilmente sus debilidades, sus pequeñeces, en resumen, su condición demasiado humana. Viven en un ambiente de inseguridad constante, conscientes de algunos de sus defectos, reprimiendo otros. Para muchos esto tiene una consecuencia inmediata: niegan la existencia del problema. Uno se siente mucho más seguro cuando ha solucionado un problema que cuando aún se tiene que enfrentar a él, ¿no? Por eso, para tranquilizarse, los terrícolas se valen de toda clase de mitos.

—¿Qué mitos?

—Tienen muchos. Por ejemplo, que el sistema de traducción funciona bien, o que puedes desenvolverte con el inglés en cualquier lugar del mundo, o que puedes aprender una lengua étnica en tres meses (es la propaganda que hacen en los anuncios) o durante tu estancia en el colegio. Tan pronto como abordas el problema para comprobar los hechos sin ideas preconcebidas, te das cuenta de que esas aseveraciones no se sostienen o necesitan ser seriamente matizadas. Hay muchos mitos sobre el esperanto. La primera reacción de muchos terrícolas cuando lo mencionas es creer que, por definición, tiene que ser inferior a las lenguas étnicas, por ejemplo en su capacidad de expresión emocional, poética o intelectual. Pero si lo estudias, encuentras que no es inferior a ellas en esos aspectos. En muchos es, si acaso, superior.

—Muchacho, tengo la impresión de que a ti te gusta este idioma internacional, este esperanto, y me pregunto si estás siendo realmente objetivo. ¿No tenderás, como Gorogol, a mirar a los terrícolas desde una posición de superioridad? A lo mejor el esperanto también tiene defectos que no has tomado en consideración.

—Por supuesto, Excelencia. El esperanto no es perfecto, pero entre personas que hablan lenguas distintas es mucho mejor que el inglés o la interpretación simultánea. Ningún idioma puede expresarlo todo. Esta o aquella expresión en francés tiene un gusto especial que no se puede traducir ni en esperanto, ni en inglés, ni en alemán. Pero lo contrario es igualmente cierto: este o aquel juicio, esa frase picante en esperanto, no tienen equivalente en ninguna lengua étnica. El esperanto no es un código. Es una lengua completamente desarrollada, con un alma, un semblante, una personalidad. Pero los terrícolas no quieren verlo. Y aún más, ¿cómo se puede hacer un juicio serio de una realidad que no se conoce, o ser justo con algo de lo que sólo se tiene un conocimiento superficial?

—Si los terrícolas no son tontos, como tú dices, eso lo entenderán perfectamente.

—No, Excelencia, porque evitan cuidadosamente afrontar los hechos, de forma que puedan, como buenos masoquistas, disfrutar de las dificultades. Entre nosotros cuando una gran empresa (llamémosla «A») se da cuenta de que una pequeña empresa («B») ha encontrado una solución completamente satisfactoria y económica para algunos problemas inoportunos que le cuestan a la empresa «A» un dineral en inadecuadas soluciones paliativas, la empresa «A» enseguida va a ver qué hace la empresa «B», para aplicar la misma fórmula.

—¿Y los terrícolas no hacen eso? No puedo creerlo.

—No. No lo hacen en el terreno lingüístico. En su planeta hay organizaciones como las llamadas «Naciones Unidas» o «Unión Europea» que gastan al año millones de euros tratando de superar las barreras lingüísticas con sistemas cuya relación coste-efectividad es pésima. También hay organizaciones como la Asociación Internacional de Esperanto, donde las personas que participan en actividades, conferencias o realizan trabajos administrativos tienen diversos orígenes lingüísticos pero se comunican directamente y sobre una base de igualdad sin dedicar ni un céntimo a la interpretación de un discurso o a la traducción de un documento.

—¿Y dices que esas organizaciones, las Naciones Unidas, la Unión Europea…, nunca han estudiado cómo tiene lugar la comunicación lingüística en las otras asociaciones? ¡No es posible!

—No sólo no lo han estudiado, sino que además nunca se les ha ocurrido que hubiera algo que estudiar. Se trata de un rechazo sistemático y a priori. Y ni siquiera tienen conciencia de culpabilidad. Curioso, ¿verdad?

—Sí, ciertamente. Me ha costado mucho admitir su masoquismo, pero me es aún más difícil entender su falta de curiosidad.

—Pues a mí, Excelencia, lo que me sorprende es su falta del sentido de la responsabilidad. Ese dinero tan alegremente gastado procede del grueso de la población. ¡Se podrían hacer tantas cosas útiles con esas sumas astronómicas dedicadas a Babel!

—Tienes razón. Estoy tentado de condenarlos sin más contemplaciones, pero ya sabes que me dejo llevar fácilmente por la misericordia. Dime algo que atenúe mi indignación y me permita mirarlos compasivamente.

—Muy amable de su parte, Excelencia. Sólo puedo decir esto: su excusa es la inconsciencia. Para ellos es obvio que el esperanto no es algo serio, ¿por qué estudiarlo entonces? Esto me recuerda lo que le dijeron a otro terrícola que puso en duda las convicciones entonces establecidas: «Es evidente que la Tierra es plana. Si vas a las Indias por el oeste, te caerás en el abismo».

—Parece extraño. Entre nosotros tan pronto como alguien hubiera expuesto una idea como ésa, la hubiéramos verificado.

—Cierto, pero los terrícolas viven en el temor. Cuando tienes miedo te aferras a cualquier cosa, a tus privilegios, tus convicciones, tus muletas. Para enfrentarte a la verdad tienes que renunciar a la idea de que ya sabes todo lo que hay que saber. Renunciar a esta idea implica abandonar la muleta de la condescendencia («yo sé que eso es ridículo») para verte a ti mismo en la desnudez de tu ignorancia («sólo repito lo que oigo, o digo lo primero que me viene a la mente, pero, en realidad, no sé nada de ese tema»). Corres el riesgo de descubrir que la realidad es distinta de la que tú imaginabas. ¿Y cómo puedes arriesgarte a abandonar tus muletas cuando en lo más profundo de ti mismo te sientes pequeño y débil, si no tienes la certeza poder mantenerte en pie? Hay algo conmovedor en esa inseguridad esencial de los habitantes humanos del planeta Tierra.

—¡Pobres terrícolas! El problema de la comunicación planetaria no se puede solucionar fácilmente en esas condiciones.

—No, no se puede. Lo siento, Excelencia, pero no veo qué podríamos hacer. He hablado a grandes rasgos, encontrará más detalles en mi informe escrito. Lo que no hay que olvidar es que la inseguridad psicológica conduce a los terrícolas a la presunción, y la presunción los ciega y no les permite ver la solución obvia, por ello se ven abocados a toda clase de dificultades, improvisaciones caras y complicadas, en resumen, a un absurdo sistema en el que la gente acepta la discriminación y la injusticia con resignación, haciendo constantemente esfuerzos desproporcionados para los resultados que obtienen. ¿Le he convencido, Excelencia? ¿Está de acuerdo conmigo en que la tesis de Gorogol es insostenible y que el problema no es la estupidez, sino una concatenación de elementos entre los que predomina el masoquismo?

—Sin duda alguna, hijo mío, sin duda alguna. Pero francamente, ¿no estás de acuerdo conmigo en que hay que ser muy estúpido para ser tan masoquista?



Colhido de: Por qué tus hijos deberían comer más coliflores y aprender un poco de esperanto — Aproximación a una lengua auxiliar y apátrida de Joan Català Piñón

sábado, 7 de novembro de 2015

A Sensação de Poder - Isaac Asimov (Conto Curto)

"Em meu conto "A Sensação de Poder", publicado em 1957, lancei mão de computadores de bolso, cerca de dez anos antes de tais computadores se tornassem realidade. Cheguei mesmo a considerar a possibilidade de eles contribuírem para que as pessoas acabassem perdendo a capacidade de fazer operações aritméticas à maneira antiga." (Introdução - Isaac Asimov)

A sensação de poder






Quando o velho técnico foi chamado pelo chefe dos programadores para uma reunião, não imaginava que o seu passatempo, descoberto por acaso semanas antes, iria causar tanto rebuliço. Nessa reunião, estavam presentes o presidente e generais, e o técnico nunca havia visto tanta gente importante na vida. Sem muita conversa, o programador perguntou ao técnico, na frente de todos:

— Quanto é nove vezes sete?

 Sessenta e três, – murmurou o técnico.

Foi um espanto. Todos sacaram seus computadores de bolso e conferiram a resposta. Seria o velho técnico um ilusionista? Como aquele homem podia copiar o resultado que o computador processava? Pediram explicações. O técnico falava pacientemente que havia 'bolado um jeito' de calcular usando o cérebro. Alguns debochavam, outros entendiam aquilo como uma piada de mau gosto. A seguir, pediram mais provas. Para grandes cálculos, o velho usava um bloco de papel. Extraordinário, um computador de papel! Mas o técnico se apressou em dizer que precisava do papel apenas para desenhar os números.

Os historiadores explicavam aos presentes que existia sim, havia muito tempo, uma forma de cálculo muito primitiva, e que os homens chegaram inclusive a fabricar computadores e outras coisas do zero. Era uma ciência perdida, mas provavelmente deviam ter existido estas técnicas. De alguma forma intuitiva, o velho técnico havia resgatado esta técnica, e inventou uma forma de cálculo que não fazia uso de computadores. Já os deputados e senadores debatiam com o presidente sobre a importância do invento: Por enquanto, não havia nenhuma utilidade, mas isso apontava o caminho que libertaria a máquina. A guerra, por exemplo: estavam em conflito contra um planeta vizinho, e era uma guerra de computador contra computador. A modernização dos computadores dava uma pequena vantagem, logo ultrapassada pelo outro lado, o que exigia um gasto exacerbado em tecnologia de ponta. Agora, com o 'cálculo humano' substituindo o computador – termo que se apressaram em batizar de grafíticos – a vantagem cresceria consideravelmente.

 Presidente – acrescentaram os deputados – quanto mais pudermos desenvolver estes grafíticos, mais poderemos desviar nosso esforço federal da produção de computadores e de sua manutenção. Assim que o cérebro humano assumir o poder, nossas melhores energias poderão ser canalizadas para procurar a paz, e a influência da guerra nos homens comuns será menor. Isso será mais vantajoso para o partido no poder, É claro.

O presidente ainda estava com o pé atrás. Não gostava muito da ideia de afrouxar as rédeas sobre os computadores, pois a mente humana era muito caprichosa. O computador sempre me apresenta a mesma resposta para o mesmo problema. Qual a garantia que temos de que com a mente humana seria assim? Ao que um cientista respondeu:  A mente humana apenas manipula os fatos. Não importa se a mente humana ou a máquina faz isso. Elas são apenas instrumentos.

A reunião acabou com um novo projeto aprovado. O Projeto Número, como acabou batizado, reuniu a nata dos programadores, cientistas e militares. E no meio deles, o velho técnico. Apesar de receber alto cargo e melhor salário, ele não se sentia muito à vontade com aqueles homens, e eles por sua vez não o tratavam em pé de igualdade. Em mais uma das intermináveis reuniões que participava todos os dias, ouviu dos cientistas que a meta era substituir os computadores, já que agora dominavam qualquer equação. Os militares já visionavam naves tripuladas, com humanos calculando grafíticos em tempo real e podendo inclusive corrigir trajetos ao passo que surgem novos problemas. Melhor: um deles sugeriu a ideia de mísseis tripulados por uma ou duas pessoas, o que aumentaria consideravelmente o poder de fogo dos armamentos. Computadores encarecem os projetos, e um míssil tripulado, controlando o voo, seria mais leve, ágil e mais inteligente. Isso daria uma vantagem que podia significar a vitória.

 Além disso, cavalheiros – um oficial retrucou – as necessidades da guerra nos obrigam a lembrar de uma coisa. Um homem é mais descartável que um computador. Mísseis tripulados podem ser lançados em maior número e sob circunstâncias que nenhum general empreenderia se usasse mísseis computadorizados.

Eles falaram sobre muitas outras coisas, mas o velho técnico não queria mais ouvir. Naquela noite, ele se recolheu mais cedo que o habitual, e na intimidade dos seus aposentos, elaborou cuidadosamente sua carta de despedida. Ela dizia o que se segue: "Quando comecei a estudar, isso não passava de um passatempo. Nada mais do que um agradável e prazeroso passatempo, um exercício para a cabeça. Quando o Projeto Número começou, achava que as pessoas fossem mais esclarecidas do que eu e que o que aprendemos poderia ser usado para ajudar a humanidade. Mas agora vejo que ele só será usado para a morte e a destruição. Não posso suportar a responsabilidade de ter inventado isso."

Depois, virou contra si o foco do despolarizador de proteínas e morreu instantaneamente.

Um enterro silencioso, sem muita pompa, seguiu-se na manhã do dia seguinte. Entre os presentes, o programador-chefe que havia descoberto o velho técnico. Mas aquilo já era passado: o técnico tinha dado sua contribuição, mas não era mais necessário. Agora que o projeto já estava em andamento, iria se desenvolver automaticamente até triunfar, tornando os mísseis tripulados uma realidade, juntamente com tantas outras coisas.

Nove vezes sete, pensou o programador com orgulho, sessenta e três. Não precisava mais que um computador lhe dissesse isso. Sua própria cabeça era um computador. E isso lhe dava uma fantástica sensação de poder.

***

ASIMOV, Isaac. Sonhos de Robô. Rio de Janeiro, Ed. Record, 1991.

Galeria Henry Kuttner

Link para o Google+: https://photos.google.com/u/0/album/AF1QipNA1DT3GdDVGrew82gJqwAsDf0sk4f3k3Vnxrqe


terça-feira, 8 de setembro de 2015

A Marteformação da Terra — Herman Schmitz (Conto Digital Grátis)


Existe atualmente uma grande polêmica entre o livro em papel tradicional e o livro digital.

Quando me refiro ao livro digital, não se trata do livro de papel que foi digitalizado, isto é, copiado como nos tempos do xerox, e sim de um livro publicado para o meio digital.

Na verdade, esses e-books são somente alguns formatos de arquivos codificados de forma a poderem ser lidos em uma grande variedade de leitores, se adaptando, digamos assim, a cada classe de dispositivo de cada leitor, chamados e-readers.

Aqui no Brasil nós temos o formato Kindle que é um formato proprietário da maior livraria digital do planeta a Amazon. Temos também o LEV da Livraria Saraiva licenciado pela Odissey Francesa, e o KOBO da empresa canadense do mesmo nome, distribuído aqui pela Livraria Cultura.

Mas os livros digitais também podem ser lidos nos tablets e smartfones, bem como nos computadores, via instalação de um aplicativo ou a execução de um programa emulador universal.


***

Bom, depois de tanto pensar na importância cada vez maior da literatura digital como transmissora do conhecimento e da arte em nossos dias, ousei entrar nesse escorregadio território do texto móvel, do livro flexível e portável, que se adapta como uma luva ao seu leitor eletrônico.

Como cada um pode ler com a sua letra, no tamanho que desejar, alguns aspectos da editoração parecem sumir nesse processo; a escolha de fontes, a hifenização e as quebras de páginas são desnecessárias nessa classe de livros.

Se isso parece facilitar, o mesmo não ocorre com os alinhamentos, a formatação de tabelas, as entrelinhas e a posição dos gráficos. Sem contar nos códigos do XHTML, nas cascatas de CSS e outras mumunhas técnicas que se deve utilizar na preparação e na compilação do arquivo final.

Publicar em e-Book não é uma tarefa fácil, assim como não é fácil editar um livro com qualidade gráfica. Mesmo utilizando-se os arquivos originais com que o livro foi composto na gráfica, não há muita vantagem, no sentido de que a formatação é completamente diferente e será necessário começar tudo praticamente do início.

Mas em compensação o resultado final agrada bastante, quando ele roda no dispositivo e mantém uma estética comparável ao livro de papel, embora seja levemente diferente daquele suporte.


***

O resultado dessa experiência eu passo a compartir agora com vocês.

Selecionei um pequeno conto do livro, chamado A Marteformação da Terra, que foi inicialmente escrito como um recital místico-profético-alienígena e chegou a ser representado com a Banda Radicais Livres em umas três ocasiões se não me engano.

Baixe diretamente do meu DropBox.

O formato mais compatível é a versão em ePUB, a qual roda em quase todos os e-readers e também é a melhor opção para Tablets e PC's.

O link é este: https://www.dropbox.com/s/qa8tbp35oiml6s9/A%20Marteformacao%20da%20Terra%20-%20Herman%20Schmitz.epub?dl=0

Para os leitores no Kindle, o formato é o MOBI, então é só baixar nesse link: https://www.dropbox.com/s/ssw6ncxcq6giza9/A%20Marteformacao%20da%20Terra%20-%20Herman%20Schmitz.mobi?dl=0


***

E para quem desejar o livro em papel, pode deixar uma mensagem aqui ou se estiver em Londrina poderá encontrar à venda na Vila Cultural Cemitério de Automóveis (Rua João Pessoa, 103-A), e também no Sebo Capricho da Rua Mato Grosso, 211.


Abraço a todos

Herman Schmitz. Londrina, 2015.

quarta-feira, 2 de setembro de 2015

O Pedestre — Conto de Ray Bradbury

O Pedestre
Ray Bradbury


Penetrar naquela quietude que era a cidade às oito horas de uma nebulosa noite de novembro, pousar os pés naquela sólida calçada de concreto, pisar nas fendas de mato, e andar, de mãos nos bolsos, pelos silêncios, era o que o Sr. Leonard Mead mais gostava de fazer. Ficaria numa esquina de um cruzamento, olhando as calçadas enluaradas nas quatro direções, decidindo por onde ir, mas realmente, não faria diferença; estava sozinho, neste mundo de 2053, ou, como se estivesse só, e com uma decisão final tomada, um caminho escolhido, sairia andando, soltando rastros de ar congelado à sua frente, como a fumaça de um cigarro.

Às vezes, andava durante horas, milhas, e voltava para casa só à meia-noite. E, no caminho, via casas, grandes e pequenas, com suas janelas escuras, e não era diferente de caminhar por um cemitério onde só o mais fraco luzir de um vagalume como que tremeluzia por detrás das janelas. Súbitos espectros acinzentados pareciam manifestar-se sobre as paredes das salas, onde uma cortina ainda estava aberta para a noite, ou cicios e murmúrios onde uma janela num edifício-tumba ainda estava aberta.

O Sr. Leonard Mead parava, inclinava a cabeça, ouvia, olhava, e continuava a marcha, pés sem fazer ruído na calçada irregular. Há muito, prudentemente, passara a usar sapatos de tênis para passear à noite, porque os cães, em alguns quarteirões, seguiriam sua caminhada com seus latidos, se usasse calçado com sola de couro, e luzes poderiam acender-se, e rostos aparecer, e toda uma rua sobressaltar-se com a passagem de um vulto solitário; ele mesmo, no começo de uma noite de novembro.

Nesta noite, em particular, começou sua jornada para o oeste rumo ao mar, invisível. Havia um bom frio cristalino, no ar; cortava o nariz e fazia os pulmões arderem por dentro, como uma árvore de Natal; podia-se sentir as luzes acendendo e apagando, os ramos cheios de uma neve invisível. Escutava seu calçado macio empurrar delicadamente as folhas de outono, satisfeito, e assobiava frio e baixinho, entredentes, ocasionalmente arrancando uma folha, de passagem, examinando o desenho esqueletal, às poucas lâmpadas, enquanto ia adiante, cheirando seu odor enferrujado.

— Ó de casa — ele murmurava para cada casa, por todo lado, enquanto passava. — O que está passando hoje no Canal 4; Canal 7; Canal 9? Por onde estão correndo os "cowboys", e onde está a Cavalaria dos Estados Unidos, para sair daquela colina, e salvar a situação?

A rua estava silente, longa, vazia, apenas com a sua sombra movendo-se, como a sombra de um falcão, em meio a um campo. Fechou os olhos, e ficou bem quieto, congelado, e podia imaginar-se no meio de uma planície, um deserto Americano, sem ventos, inverno, sem casa nenhuma num raio de mil milhas, e só leitos de rios, as ruas, para companhia.

— E agora, o que temos? — perguntou para as casas, olhando para seu relógio de pulso. — Oito e meia? Hora de uma dúzia de assassinatos diversos? Uma charada? Um musical? Um comediante levando um tombo?

Aquilo foi um ruído de dentro de uma casa à luz da lua? Hesitou, mas continuou, quando nada mais se notou. Tropeçou numa irregularidade maior da calçada. O cimento estava desaparecento, sob as flores e o mato. Em dez anos de caminhada, noite e dia, por milhares de milhas, nunca encontrara outra pessoa andando, nunca, nem uma só vez.

Chegou a um trevo, deserto, onde duas estradas principais cruzavam a cidade. Durante o dia, era uma trovejante corrente de carros, os postos de gasolina abertos, um grande farfalhar de insetos, e um incessante mudar de posição, enquanto os carros-escaravelho, uma névoa de incenso saindo de seus escapamentos, deslizavam para casa, nas mais diversas direções. Mas agora, estas estradas, eram como rios temporários no verão, só pedra, leito, e luar.

Virou por uma rua secundária, fazendo a volta para casa. Estava a um quarteirão de seu destino, quando aquele carro solitário virou uma esquina, repentinamente, e acendeu um forte cone de luz branca sobre ele. Ficou em transe, não muito diferente de uma mariposa, atordoada pela iluminação, e então, atraído para ela.

Uma voz metálica dirigiu-se a ele:

— Fique parado. Fique onde está! Não se mova!

Ele parou.

— Erga as mãos!

— Mas... — ele falou.

— Mãos para cima! Ou atiramos!

A polícia, claro, mais que coisa rara, incrível; numa cidade de três milhões, restava só um carro de polícia, não era isso? Já havia um ano, desde 2052, o ano das eleições, que a força policial havia sido cortada de três para um carro. O crime estava desaparecendo; não havia necessidade de polícia, exceto este carro solitário vagando e vagando pelas ruas desertas.

— Seu nome? — disse o carro, num chiado metálico. Ele não podia ver os guardas lá dentro, por causa da luz muito forte em seus olhos.

— Leonard Mead — respondeu.

— Mais alto!

— Leonard Mead!

— Negócio, ou profissão?

— Acho que me pode chamar de escritor.

— Sem profissão — disse o carro de polícia, como se falando sozinho. A luz mantinha-o transfixado como um espécime de museu, agulha espetada no meio do peito.

— Pode-se dizer que sim — afirmou o Sr. Mead. Havia anos que não escrevia. Não se vendiam mais livros e revistas. Tudo continuava como sempre nas casas-tumbas, à noite, ele pensou. Os túmulos, mal-iluminados pela luz da televisão, onde as pessoas sentavam-se como os mortos, as luzes cinzentas ou multicoloridas tocando suas faces, mas nunca de fato tocando a eles.

— Sem profissão — disse a voz de vitrola, chiando. — Que está fazendo aqui fora?

— Andando — disse Leonard Mead.

— Andando!

— Só andando — ele disse, simplesmente, mas seu rosto gelou.

— Andando, só andando, andando?

— Sim, senhor.

— Andando para onde? Para que?

— Para tomar ar. Andando para ver.

— Seu endereço.

— Onze, Sul, rua Saint James.

— E há ar na sua casa; o senhor não tem um condicionador de ar, Sr. Mead?

— Sim.

— E tem uma tela para ver, na sua casa?

— Não.

— Não? — Houve uma interrupção cheia de estalidos, que em si era uma acusação.

— É casado, Sr. Mead?

— Não.

— Não casado — disse a voz policial atrás do facho, que queimava. A luz estava alta e clara, por entre as estrelas, e as casas eram cinzentas e caladas.

— Ninguém me queria — disse Leonard Mead, sorrindo.

— Não fale, a menos que seja interpelado!

Leonard Mead esperou, sob a fria noite.

— Apenas andando, Sr. Mead?

— Sim.

— Mas ainda não explicou com que propósito.

— Já expliquei; para tomar ar, e ver, e simplesmente, só para andar um pouco.

— Já fez isso muitas vezes?

— Toda noite, há anos.

O carro de polícia estava estacionado no meio da rua, com sua garganta de rádio zumbindo fracamente.

— Bem, Sr. Mead — disse.

— Isso é tudo? — ele perguntou, polidamente.

— Sim — respondeu a voz. — Por aqui. — Houve um sopro, e um estalido. A porta traseira do carro da polícia escancarou-se. — Entre.

— Espere, não fiz nada!

— Entre.

— Eu protesto.

— Sr. Mead.

Ele caminhou como um homem subitamente bêbada. Ao passar pela janela dianteira do carro, olhou para dentro. Como esperava, não havia ninguém no assento dianteiro, não havia ninguém no carro.

— Entre.

Pôs a mão na porta e olhou para o banco traseiro, que era uma pequena cela, uma jaulinha escura, com barras. Cheirava a aço rebitado. Cheirava a anti-séptico forte; cheirava a coisa muito limpa, e dura, e metálica. Não havia nada macio, ali.

— Se você tivesse uma esposa, para dar-lhe um álibi — disse a voz de aço. — Mas...

— Para onde está me levando?

O carro hesitou, ou melhor, deu um estalido e um zunido, como se a informação, em algum lugar, estivesse sendo dada por cartões perfurados, e olhos elétricos. — Ao Centro Psiquiátrico para Pesquisa de Tendências Regressivas.

Ele entrou. A porta fechou com um som abafado. O carro da polícia rodou pelas avenidas, em meio à noite, com as lanternas acesas.
Passaram por uma casa, numa rua, um momento depois, uma casa, em toda uma cidade de casas escuras, mas esta casa, em particular, tinha todas as suas luzes bem acesas, cada janela uma berrante iluminação amarela, quadrada e quente na fria escuridão.

— Aquela é minha casa — disse Leonard Mead.

Ninguém respondeu.

O carro foi pelas ruas vazias de leitos de rios, afastando-se, deixando as ruas vazias, com suas calçadas vazias, sem som nem movimento, por todo o resto da fria noite de novembro.





***
Extraído de E de Espaço © 1978 by Hemus-Livraria Editora Ltda.
Título original: The Pedestrian © 1951 by Ray Bradbury
Ilustração de Joseph Mugnaini