sexta-feira, 28 de novembro de 2014

Tubo digestivo abajo y al cosmos con mantra, tantra, y lluvia de estrellas - Robert Sheckley (Cuento)

Tubo digestivo abajo y al cosmos con mantra, tantra, y lluvia de estrellas

Robert Sheckley



Según nos dicen, la experimentación con drogas psicodélicas ha abierto todo un nuevo campo de exploración al hombre: el universo interior, es decir el que existe en su propia mente. Pero es bien sabido que los mensajes facilitados al cerebro por los sentidos bajo los efectos de estas drogas van deformados... aunque, ¿quién sabe si esas sensaciones deformadas no serán la realidad, que no perciben los sentidos en su estado normal?
-¿Pero tendré realmente alucinaciones? -preguntó Gregory.

-Como ya te he dicho, te lo garantizo -le contestó Blake-. Ya deberías estar empezando. Gregory miró a su alrededor. La habitación era desconsoladora y tediosamente familiar: una estrecha cama azul, un armario de nogal, una mesa de mármol con base de hierro forjado, una lámpara de dos cabezas, una alfombra color rojo y un aparato de televisión marrón claro. El estaba sentado en un sillón tapizado. Frente a él, en un sofá de plástico blanco, se hallaba Blake, jugueteando con tres pastillas moteadas de colores y de forma irregular.

-Quiero decir -prosiguió Blake-, que hay todo tipo de ácido por ahí: pastillas, cápsulas rojas, la mayor parte de él mezclado con anfetaminas o con alguna otra cosa. Pero tú has tenido la gran fortuna de acabar de ingerir el cóctel especial de superácidos, especialmente tántrico y mántrico, de efectos instantáneos, preparado por el doctor Blake y conocido entre los camellos como Lluvia de Estrellas, y que contiene tales aditivos como el STP, el DMT y el THC, así como un pellizco de yague, una pizca de silocibina, un toque de oloiuqu y además el ingrediente especial del doctor Blake: extracto de bayas silvestres, el más nuevo y potente de los potenciadores alucinogénicos.

Gregory estaba mirando su mano derecha, abriéndola y cerrándola lentamente.

-El resultado -prosiguió Blake-, es la increíble, total e instantánea, así como multiesplendorosa explosión de ácidos del doctor Blake, garantizada para hacerte alucinar al menos un cuarto de hora, o te devolveré tu dinero y colgaré mis hábitos como el mejor químico underground que jamás haya existido en el West Village.

-Tú sí que suenas como si estuvieras alucinado -dijo Gregory.

-En lo más mínimo -protestó Blake- Simplemente, estoy alto en speed, simples y anticuadas anfetaminas, tales como tragan a kilos o se inyectan a litros los camioneros y los estudiantes universitarios. El speed no es más que un estimulante. Con su ayuda puedo hacer mi trabajo más deprisa y mejor. Y mi trabajo es crear mi propio y rápido imperio de las drogas entre Houston y la Calle Catorce, y luego desaparecer con rapidez, antes de que me queme los nervios o caigan sobre mí los agentes de narcóticos o la Mafia, para entonces largarme a Suiza en donde me dedicaré a volar en un espléndido sanatorio rodeado por mujeres alegres, nutridas cuentas de banco, coches rápidos y el respeto de los políticos locales.

Blake hizo una pausa por un instante y se frotó su labio superior.

-El speed lo que hace es dar un cierto sentido de grandilocuencia, con el acompañamiento de verborrea... pero no tengas miedo, mi recientemente encontrado amigo y estimado cliente, puesto que mis sentidos se hallan más o menos en orden y soy totalmente capaz de actuar como tu guía en el supervuelo jumbo en el que ahora te hallas embarcado.

-¿Cuánto tiempo ha pasado desde que tomé esa pastilla? -preguntó Gregory.

Blake miró a su reloj.

-Hace más de una hora.

-¿No debería estar actuando ya?

-Ya lo creo que debería. Indudablemente lo está. Debe de estar sucediendo algo.

Gregory miró a su alrededor. Vio el pozo tapizado de cristal, la luciérnaga que pulsaba, la mica apisonada, el grillo cautivo. Estaba en el lado del pozo más cercano a la cañería de escape. Al otro lado, sobre la musgosa piedra gris, se hallaba Blake, con sus cilios alborotados y su exodermis punteada, jugueteando con tres pastillas moteadas de colores y de forma irregular.

-¿Qué es lo que pasa? -preguntó Blake.

Gregory se rascó la dura membrana que tenía sobre su tórax. Sus cilios ondearon espasmódicamente en clara evidencia de su asombro, desencanto e incluso quizá, miedo. Tendió un palpo, lo contempló largo y duro, lo dobló por la mitad y lo volvió a tender.

Las antenas de Blake apuntaban rectas hacia arriba en un gesto de preocupación.

-¡Hey, muchacho, háblame! ¿Estás alucinando?

Gregory hizo un movimiento indeterminado con su cola.

-Empezó hace poco, cuando te pregunté si realmente tendría alguna alucinación. Ya estaba alucinando entonces pero no me daba cuenta, pues todo parecía muy natural, muy ordinario... Estaba sentado en un sillón, tú estabas en un sofá y ambos teníamos una piel blanda como... ¡como la de los mamíferos!

-El paso a la ilusión es, a menudo, imperceptible -dijo Blake-. Uno entra y sale de ellas. ¿Qué es lo que ves ahora?

Gregory enrolló su cola segmentada y relajó sus antenas. Miró a su alrededor. El pozo era desconsoladora y tediosamente familiar.

-Oh, ya he vuelto a la normalidad. ¿Crees que voy a tener más alucinaciones?

-Como ya te he dicho, te lo garantizo -dijo Blake, plegando cuidadosamente sus alas color rojo brillante y arrellanándose confortablemente en un rincón del nido.


FIN

Down the digestive tract and into the cosmos with mantra, tantra and specklebang, © 1971 by Robert Sheckley. Traducción de: ?, en nueva dimensión 60 (Los mejores cuentos cortos de la ciencia ficción mundial).

El elefante - Slawomir Mrozek (Cuento)

El elefante - Slawomir Mrozek



Slawomir Mrozek es un renombrado autor teatral, uno de los más conocidos fuera de las fronteras de su país, Polonia. Entre sus obras cabe destacar Tango y El policía, que han conocido un gran éxito mundial y han sido representadas también en los escenarios de nuestro país. Como narrador, Mrozek se apunta a la fantasía y al humor absurdo, siendo comparado en algunos aspectos al checo Kafka. En El elefante, que da título a uno de sus más conocidos volúmenes de cuentos, Mrozek critica, en clave de ácido humor, el acientifismo crónico de nuestros más sesudos estamentos científicos.


El director del Jardín Zoológico ha demostrado ser un advenedizo. Consideraba a sus animales simplemente como peldaños en la escalera de su propia carrera. Era indiferente a la importancia educativa de su establecimiento. En su Zoo la jirafa tenía un cuello corto, el tejón no tenía madriguera y los silbadores, habiendo perdido todo interés, silbaban rara vez y con cierta reluctancia. Estos fallos no deberían haber sido permitidos, especialmente dado que el Zoo era visitado a menudo por grupos de escolares.

El Zoo estaba situado en una ciudad provinciana, y le faltaban algunos de los animales más importantes, entre ellos el elefante. Tres mil conejos eran un pobre substituto para el noble gigante. Sin embargo, a medida que nuestro país se desarrollaba, iban siendo colmados los huecos en forma bien planificada. Con ocasión del aniversario de la liberación, el 22 de julio, se le notificó al Zoo que finalmente se le había asignado un elefante. Todo el personal, devoto de su trabajo, se alegró ante esta noticia, y por consiguiente fue muy grande la sorpresa cuando se enteraron de que el director había enviado una carta a Varsovia, renunciando a la asignación y presentando un plan para obtener un elefante por medios más económicos.

"Yo, y todo el personal", había escrito, "nos damos cuenta de la pesada carga que cae sobre los hombros de los mineros y los obreros metalúrgicos polacos a causa del elefante. Deseosos de reducir costos, sugiero que el elefante mencionado en su comunicado sea reemplazado por uno realizado por nosotros mismos. Podemos construir un elefante de goma, del tamaño correcto, llenarlo de aire y colocarlo tras una cerca. Será cuidadosamente pintado con el color correcto y hasta de cerca resultará indistinguible del verdadero animal. Es bien conocido que el elefante es un animal lento y pesado, y que ni corre ni salta. En el cartel de la cerca podemos indicar que este elefante en particular es especialmente lento y pesado. El dinero ahorrado de esta manera podrá ser dedicado a comprar un avión a reacción o a conservar algún monumento religioso.

"Le ruego humildemente que tenga en cuenta que tanto la idea como su ejecución son mi modesta contribución a la tarea y lucha comunes.

"Quedo, etc."

Este comunicado debió llegar a algún burócrata sin alma, que contemplaba sus tareas en una forma puramente mecánica, y que no examinó la trascendencia del asunto sino que, siguiendo únicamente las directrices acerca de la reducción de gastos, aceptó el plan del director. Al tener noticia de la aprobación del Ministerio, el director dio órdenes para que se confeccionara el elefante de goma.

Este iba a ser hinchado de aire por dos empleados que soplarían por extremos opuestos. Para mantener la operación en secreto, el trabajo se realizaría durante la noche, pues los habitantes de la ciudad, habiendo oído que iba a llegar un elefante al Zoo, estaban ansiosos por verlo. El director insistió en dar prisas, además, porque esperaba un premio, si su idea resultaba ser un éxito.

Los dos empleados se encerraron en un cobertizo que habitualmente albergaba un taller, y comenzaron a soplar. Tras dos horas de duros esfuerzos, descubrieron que la piel de goma apenas se había alzado unos centímetros sobre el suelo y que la masa no se parecía en lo más mínimo a un elefante. Transcurría la noche. En el exterior, las voces humanas se habían acallado y solo los gritos de los chacales cortaban el silencio. Exhaustos, los empleados dejaron de soplar y se aseguraron de que el aire que ya estaba en el interior del elefante no se escapase. Ya no eran jóvenes y no estaban acostumbrados a este tipo de trabajo.

-Si seguimos a este ritmo -dijo uno de ellos-, no acabaremos antes de la mañana y, ¿qué es lo que le voy a decir a mi señora? Nunca me creerá si le digo que he pasado la noche hinchando un elefante.

-Tienes razón -admitió el segundo empleado-. El hinchar un elefante no es un trabajo que se dé todos los días. Y todo porque nuestro director es un izquierdista.

Siguieron soplando, pero después de otra media hora se sintieron demasiado cansados como para continuar. El bulto en el suelo era mayor, pero aún seguía sin tener la forma de un elefante.

-Cada vez resulta más difícil -dijo el primer empleado.

-Sí, es un trabajo cuesta arriba -convino el segundo-. Descansemos un poco.

Mientras estaban descansando, uno de ellos se fijó en una tubería de gas rematada por una espita. ¿No podrían llenar el elefante con gas? Se lo sugirió a su compañero.

Decidieron intentarlo. Enchufaron el elefante a la cañería de gas, abrieron la espita y, para su alegría, vieron como a los pocos minutos se alzaba un animal de buen tamaño en el cobertizo. Parecía real: el enorme cuerpo, patas como columnas, grandes orejas y la inevitable trompa. Movido por su ambición, el director se había asegurado el tener en su Zoo un elefante verdaderamente grande.

-De primera clase -declaró el empleado que había tenido la idea de usar el gas-. Ahora ya podemos irnos a casa.

Por la mañana, el elefante fue trasladado a un lugar especial, muy céntrico, junto a la jaula de los monos. Colocado frente a una gran roca verdadera, parecía imponente y magnífico. Un gran cartel proclamaba: "Particularmente lento y pesado. Apenas si se mueve."

Entre los primeros visitantes de aquella mañana se hallaba un grupo de niños de la escuela local. El maestro que los tenía a su cargo planeaba darles una lección acerca del elefante. Detuvo al grupo frente al animal y comenzó:

-El elefante es un mamífero herbívoro. Por medio de su trompa arranca arbolillos y se come sus hojas.

Los niños estaban contemplando al elefante con embelesada admiración. Esperaban que arrancase un arbolillo, pero la bestia permanecía quieta tras la cerca.

-...el elefante es un descendiente directo del ya extinto mamut. Por consiguiente, no es sorprendente que sea el más grandes de los animales terrestres hoy vivos.

Los alumnos más conscientes estaban tomando notas.

-...solo la ballena es más pesada que el elefante, pero la ballena vive en el mar. Podemos decir, con toda seguridad, que en tierra firme el elefante reina supremo.

Una suave brisa movió las ramas de los árboles del Zoo.

-...el peso de un elefante adulto es de tres y media a cinco toneladas.

En aquel momento, el elefante se estremeció y se alzó en el aire. Por unos segundos flotó a poca altura sobre el suelo, pero una ráfaga de viento lo arrastró hacia arriba hasta que su gigantesca silueta quedó recortada contra el cielo. Durante un corto espacio de tiempo, la gente pudo ver desde abajo los cuatro círculos de sus patas, su abultada tripa y la trompa, pero pronto, impulsado por el viento, el elefante voló sobre la cerca y desapareció por encima de las copas de los árboles. Los asombrados monos se quedaron mirando al cielo desde el interior de su jaula.

Hallaron al elefante en el cercano jardín botánico. Había aterrizado sobre un cactus y había pinchado su piel de goma.

Los escolares que habían contemplado la escena en el Zoo pronto comenzaron a descuidar sus estudios y se convirtieron en gamberros. Se dice que beben licores y rompen ventanas. Y ya no creen en los elefantes.


Elefantti, ©1957 by Slon. Traducido por Sebastián Castro en La ciencia-ficción europea, relatos de ciencia ficción presentados por Domingo Santos, biblioteca básica de ciencia ficción 9, Ediciones Dronte, 1982.
Edición digital de Elfowar y Umbriel
Revisión de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)

quarta-feira, 26 de novembro de 2014

Galeria de capas — L. Sprague de Camp




Lyon Sprague de Camp (November 27, 1907 – November 6, 2000) was an American writer of science fiction, fantasy, non-fiction and biography. In a career spanning 60 years, he wrote over 100 books, including novels and works of non-fiction, including biographies of other fantasy authors. He was a major figure in science fiction during the genre's heyday in the 1930s and '40s.

segunda-feira, 17 de novembro de 2014

Galeria Ed Emshwiller

Galeria completa no Google+: https://plus.google.com/u/0/photos/103998711237758699926/albums/6082733277006795473


Ilustradores da FC - ED EMSHWILLER (bio)

ED EMSHWILLER

(1925-1990)

Edmund Alexander Emshwiller was born February 16, 1925 in Lansing, Michigan. His father was Errol Emshwiller, born 1896 in Indiana. His mother was Susie MacLellan, born 1895 in Michigan. His parents were married in 1923. He was firstborn of their two children. His little brother Mac Lellan Emshwiller was born in 1928. His father was a veteran of WWI and a teacher at a local college, the Ferris Institute. They lived at 409 Marion Street in Big Rapids City, Michigan.

By 1940 his family had moved to Richmond, Virginia, where his father had been hired to work at the U. S. Patent Office. They lived at 1510 Laburnum Avenue.

He attended high school and on June 25, 1943, when his Junior semester was over, he enlisted for military service in WWII. His occupation was listed as motion picture projectionist.

After the war he attended college and graduated in 1948. He went to Paris in 1949 and studied for one year at the Ecole des Beaux Arts.

He created a few covers for pulp magazines, but he mostly did interior story illustrations for Planet Stories, Future Science Fiction, Thrilling Wonder, Starling Stories, and Amazing Stories. He created many more interior story illustrations and covers for digest magazines such as Galaxy, Fantastic Story, Mercury Mystery Book, Astounding Science-Fiction, Fantasy and Science Fiction, and Space Stories.

He married Carol Fries on August 30, 1949. They raised a daughter, Susan, and a son, Peter.

In the 1950s and 1960s "Emsh" also created hundreds of covers for paperbacks and hardback books, for such publishers as Gold Medal Books and Ballantine Books. He also made story illustrations for men's adventure magazines, such as Sportsman and True Action.

In the 1960s and 1970s Ed Emshwiller worked extensively with 16mm experimental underground films, and was an active member in the independent film movement in California. He was the Dean of the School of Film at the California Institute of Arts, in Valencia, CA, from 1979 to 1990.

Ed Emshwiller died of cancer at age 65 on July 27, 1990.

terça-feira, 11 de novembro de 2014

Cordwainer Smith Y La Ciencia Ficción

CORDWAINER SMITH Y LA CIENCIA FICCIÓN


Hace treinta años publiqué un cuento en una revista llamada Fantasy Book. En realidad era sólo medio cuento (se trataba de una colaboración con Isaac Asimov, titulada Little Man on the Subway), y en realidad Fantasy Book era sólo media revista, ya que no duró demasiado ni llegó a un vasto público. Ni siquiera a mí me habría llegado de no haber sido un colaborador, o medio colaborador. Pero, qué diablos, contenía algunos cuentos buenos, y el mejor era uno titulado "Los observadores viven en vano", de un autor llamado Cordwainer Smith.

¿Cordwainer Smith? ¡Un cuerno! Enseguida me pregunté quién se escondía detrás de ese nombre. Henry Kuttner jugaba al escondite con los pseudónimos en aquella época, y también Roben A. Heinlein. Y la excelencia y la originalidad de "Los observadores viven en vano" eran dignas de cualquiera de los dos. Pero no seguía el estilo, o ninguno de los estilos, que yo asociaba con ellos. Además, lo negaron. ¿Theodore Sturgeon? ¿A. E. van Vogt? No, tampoco. Entonces, ¿quién?

No parecía probable que fuera un novato. Al margen del esquivo pseudónimo, había en «Observadores» demasiados matices, innovaciones y conceptos estimulantes como para que yo creyera por un segundo que no se trataba de la creación de un maestro de la ciencia ficción. No sólo era bueno. Era el trabajo de un experto. Ni siquiera los escritores excelentes lo son tanto en los primeros relatos.

Poco después firmé un contrato para publicar una antología de ciencia ficción con una sucursal de Doubleday que se titularía Beyond the End of Time. Esto me agradaba, entre otras cosas porque me daría la oportunidad de presentar Los observadores viven en vano a un público cien veces mayor que el de Fantasy Book. Y había una importante ventaja marginal: alguien tendría que firmar la autorización para publicar el cuento, y entonces le echaría el guante.

Pero no ocurrió así. La autorización vino firmada por Forrest J. Ackerman, como agente literario de Cordwainer Smith. Por un breve y frenético período creí que el mismo Forrest había escrito el cuento, pero él me aseguró que no. Y así quedaron las cosas. Transcurrió casi una década. Hasta que llegó el momento en que yo seleccionaba material para Galaxy y sonó mi teléfono. «¿Señor Pohl? —dijo el hombre del otro lado—. Soy Paul Linebarger.»

Dije «Aja» con un tono cuyo sentido él captó de inmediato como; ¿Y quién cuernos es Paul Linebarger? Se apresuró a añadir: «Escribo bajo el seudónimo de Cordwainer Smith.»

¿Quién es, pues, Paul Linebarger?

Permitan ustedes que les cuente una historia. Hace un par de años yo estaba viajando por Europa oriental como representante del Departamento de Estado de Estados Unidos, hablando de ciencia ficción a públicos integrados por polacos, macedonios y georgianos soviéticos, entre otros. La ciencia ficción norteamericana merece una gran aceptación en casi todo el mundo, incluida esa región. A mí me recibieron con cordial hospitalidad, al menos los europeos orientales; y a menudo, aunque no siempre, también los diplomáticos norteamericanos, que tenían la misión de mantenerme ocupado y alejado de posibles enredos. Lo peor de todo fue una cena en una embajada, en un país cuyo embajador estadounidense era un envarado tipo de la vieja escuela, que nunca había leído ciencia ficción ni se proponía leerla, y estaba visiblemente disgustado por la maligna jugarreta del destino que lo había obligado a charlar con una persona que se ganaba la vida escribiendo esa bazofia. No se ablandó hasta que llegamos al café y surgió el nombre de Cordwainer Smith. Yo mencioné su verdadero nombre. El embajador casi soltó la copa: «¿El doctor Paul Linebarger? ¿El profesor de Johns Hopkins?» «El mismo», respondí. «¡Pero si fue mí maestro!», exclamó el embajador. Y durante el resto de la velada no pudo mostrarse más encantador.

El profesor Linebarger enseñó relaciones exteriores no sólo a este embajador, sino a muchos más. Y no se limitaba a hablar de los acontecimientos sino que participaba activamente en ellos. Criado en China, dominaba el idioma a la perfección. También conocía varias lenguas más, y frecuentaba el Departamento de Estado para dar conferencias, explicar, conversar o negociar. Incluso en inglés. Una vez lo justificó de este modo: «Es porque yo puedo hablar... mucho... más... despacio... y... claramente... que... la... mayoría... de... las... personas.» Lo cual era cierto. Y, sin duda, él representó una gran ayuda para muchas personas cuyo inglés era defectuoso. Pero no creo ni por un segundo que ésa fuera la razón. El Departamento de Estado valoraba lo que valoramos todos: no la capacidad de expresión, sino la mente que la modelaba, sabia, ágil y amplia.

Viajero, profesor, escritor, diplomático, erudito, Paul Linebarger tuvo una vida fascinante. Si no hablo más sobre ella es porque no quiero repetir lo que John Jeremy Pierce ya ha dicho muy bien en su excelente ensayo1. La mayoría de los escritores, en su vida privada, son tan aburridos como el agua estancada. La vida de Paul Linebarger fue tan pintoresca como sus novelas.

Si ustedes no han leído mucha ciencia ficción, quizá se estén preguntando: «¿Quién es, pues, Cordwainer Smith?» Les contaré algo sobre su obra, y por qué fue y sigue siendo algo especial para muchos de nosotros.

Empecemos por esto. Toda la ciencia ficción es especial. No convence a todo el mundo, y es muy raro que a alguien le guste toda. Se presenta en una amplia gama de formas y sabores. Algunos son suaves y familiares, como la vainilla. Algunos son exóticos y difíciles de asimilar la primera vez, como un happening de esculturas de Tinguely. Ésa es una de las características que me atraen en la ciencia ficción: su exploratorio empleo de las incongruencias. Cuando este rasgo se lleva hasta el extremo, se convierte en una precaria danza sobre la cuerda floja, la audacia en equilibrio con el desastre; la imaginación del escritor y la tolerancia del lector se estiran hasta el punto del colapso catastrófico. Un milímetro más y todo se desmorona. Lo que quería ser desconcertante e innovador puede volverse simplemente absurdo. A. E. van Vogt caminó maravillosamente por esta angosta senda, y también Jack Vance; Samuel R. Delany lo hace ahora; pero nadie, jamás, lo ha hecho con más atrevido éxito que Cordwainer Smith. ¡El exotismo de sus conceptos, personajes e incluso palabras! Congohelio y stroon. Gentes-gato y robots con cerebro de ratón. Autopistas abandonadas de kilómetros de altura, y muertos que se mueven, actúan, piensan y sienten. Smith creó mundos de maravilla. Y nos convenció de que eran reales.

En parte lo consiguió gracias a su fino oído para el sonido y el sentido de las palabras. Su prosa cambió y se desarrolló durante los breves años de su corta carrera, y demostró una vez tras otra que la palabra adecuada era la palabra imprevista. El instinto verbal de Smith es tan personal que se puede detectar aun en el título de sus cuentos, aunque quizá no tan directamente como cabría imaginar. Una vez, James Blish apartó los ojos con deleite del último número de Galaxy y dijo: «Lo que más recuerdo de Cordwainer Smith son esos títulos maravillosamente personales.» Le pregunté a qué títulos se refería en particular. James respondió: «Bien, a todos. La Dama muerta de Clown Town, La balada de G'mell, Piensa azul, cuenta basta dos, por nombrar tres.» Le dije que eso me parecía curioso, porque ninguno de ellos había sido el título original de Smith. Yo había puesto título a esos cuentos al publicarlos. Pero James estaba en lo cierto, porque yo no los había inventado. Simplemente, habían surgido del texto de Smith.

Paul Linebarger no era un solitario. En realidad, todo lo contrario. Era gregario y locuaz, viajaba mucho, pasaba mucho tiempo en clases y reuniones. Pero no quería conocer a escritores de ciencia ficción. No porque no le gustaran. Era casi una superstición. Una vez había iniciado una carrera como escritor. Había publicado dos novelas, Carola y Ría, ninguna de ellas de ciencia ficción; ambas me recuerdan las novelas de Robert Briffault sobre política europea, Europa y Europa in Limbo. Se había propuesto continuar, pero no pudo hacerlo. Las novelas se habían publicado con el seudónimo Félix C. Forrest. Habían llamado bastante la atención y mucha gente se había preguntado quién era «Félix C. Forrest», y algunos lo habían averiguado. Por desgracia. Lo lamentable fue que cuando Paul entró en contacto directo con los lectores de «Forrest», ya no pudo escribir para ellos. ¿Sucedería lo mismo con la ciencia ficción en las mismas circunstancias? No lo sabía, pero no quería correr el riesgo.

Así que Paul Linebarger mantuvo su seudónimo en secreto. No asistía a las reuniones que celebraban los escritores y lectores de ciencia ficción. Cuando en 1963 se celebró la Convención Mundial de Ciencia Ficción en Washington, a un par de kilómetros de su casa, le pedí que asistiera para evaluar la situación. Yo no revelaría a nadie quién era él. SÍ lo prefería, podía dar media vuelta y largarse. De lo contrario... bien, no.

Paul reflexionó y al final, a regañadientes, decidió no arriesgarse. Pero dijo que había un par de individuos a quienes le gustaría conocer si ellos aceptaban ir a su casa. Y así ocurrió. Fue una tarde maravillosa, naturalmente. Tenía que serlo. Paul era un cordial anfitrión, y Genevieve —su ex alumna, y por entonces su esposa— una espléndida anfitriona. Bajo el acta de nacimiento en pergamino escarlata y oro escrita en caligrafía por el padrino de Paul, Sun Yat-sen, bebiendo pukka pegs (cócteles de ginger ale y brandy, los cuales, según Paul, habían permitido sobrevivir al ejército británico en la India), las vibraciones eran óptimas con aquella estimulante compañía.

Y no perjudicó en nada a su manera de escribir, ni entonces ni después. Continuó escribiendo, y en todo caso mejor que nunca. Disfrutó tanto de la compañía de sus invitados —en particular, Judith Merril y Algis Budrys— que se sintió más inclinado a conocer a otros escritores. Poco a poco lo hizo. Conoció a algunos en persona, a otros por correspondencia, a la mayoría por teléfono, y creo que no estaba lejos el momento en que Paul Linebarger se hubiera presentado en una convención de ciencia ficción. Tal vez en muchas. Pero el tiempo se agotó. Murió de un ataque cardíaco en 1966, a la injusta edad de cincuenta y tres años.

Toda obra importante de ficción está parcialmente escrita en clave. Lo que leemos en una frase no es siempre lo que el autor tenía en mente cuando la escribió, y hay veces — oh, demasiadas veces— en que ni siquiera el autor sabe exactamente lo que quiere decir. Esto no siempre constituye un defecto. En ocasiones es una necesidad. Cuando una mente humana, que está encerrada dentro del cráneo, que percibe el universo sólo a través de sus engañosos sentidos, y se comunica sólo a través de imprecisas palabras, busca significados complejos y modelos de comprensión, resulta difícil lograr una expresión explícita. Cuanto más altas sean las aspiraciones, más ardua es la tarea. Las aspiraciones de Cordwainer Smith iban a veces más allá de lo visible.

Paul me enseñó a descifrar algunos de sus mensajes, pero sólo los fáciles. En los archivos de la colección de manuscritos de la Universidad de Syracuse hay, o debería haber, una copia comentada de sus manuscritos con instrucciones para interpretarlos. Esos relatos constituían una parábola acerca de la política en el Medio Oriente. Se había tomado el trabajo de anotarme en los márgenes qué personajes del futuro remoto representaban a políticos actuales de Egipto o del Líbano.

Es el juego de muchos escritores. A veces resulta divertido, pero a mí no me convence demasiado. Lo que me agradaría descifrar en la obra de Cordwainer Smith es mucho más complicado. Sus intereses trascendían la vida actual y la política contemporánea, e incluso quizá la experiencia humana. Religión. Metafísica. Sentido último. La búsqueda de la verdad. Cuando uno se propone encerrar la verdad última en una red de palabras, se necesita mucha paciencia y destreza. La presa es esquiva. Peor aún. Se necesita también mucha fe, y una gran dosis de terquedad, porque lo que se busca tal vez no existe. ¿Se refiere la religión a algo «real»? ¿Hay un «sentido» del universo?

Los cuentos de Cordwainer Smith son ciencia ficción, claro que sí. Pero al menos los mejores de ellos pertenecen a esa ciencia ficción tan especial que C. S. Lewis denominó «ficción escatológica». No tratan sobre el futuro de seres humanos como nosotros. Tratan sobre lo que viene después de los seres humanos como nosotros. No dan respuestas, sino que plantean preguntas y nos alientan a plantearlas nosotros también. Con la aparición de la serie de los Señores de la Instrumentalidad quedan publicados todos los cuentos de ciencia ficción escritos por «Cordwainer Smith». Abarcan apenas cuatro volúmenes. Su carrera de escritor de ciencia ficción duró menos de una década, pero ¿cuántos escritores pueden igualarla en una vida?

Frederik Pohl
Shaumberg, Illinois
Julio de 1978
Introducción a La Dama Muerta de Clown Town