quarta-feira, 30 de abril de 2014

Philip K. Dick - Una Mirada a la Oscuridad (A Scanner Darkly) (Cap.1 + #Download)

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Início do Livro (Excerto)

I
Había una vez un individuo que estuvo todo el día sacándose piojos del pelo. El médico le dijo que no había ningún insecto en su cabello. Se duchó durante ocho horas seguidas, soportando el agua caliente hora tras hora y sufriendo el picor de los animalitos. Luego salió de la ducha, se secó... y los piojos seguían en su pelo. En realidad los tenía por todo el cuerpo. Al cabo de un mes los piojos invadieron sus pulmones. No teniendo otra cosa que hacer o pensar, empezó a estudiar teóricamente el ciclo vital de los piojos y, con ayuda de la Enciclopedia Británica, trató de averiguar qué tipo concreto de insectos era el que le atormentaba. Su casa ya estaba llena de ellos. Se documentó sobre los numerosos tipos existentes, y finalmente advirtió que también había piojos fuera de la casa, por lo que determinó que se trataba de áfidos. Y no cambió jamás de idea, por mucho que otras gentes le dijeran cosas como que «los áfidos no pican a las personas».

Le dijeron eso porque la picadura constante de los piojos era un suplicio para él. Conocía un establecimiento, el 7-11, parte de una cadena extendida por casi toda California, y fue allí donde compró diversas marcas de insecticidas: «Raid», «Black Flag» y «Yard Guard». Primero roció la casa, luego su propio cuerpo. El «Yard Guard» pareció ser el mejor.

En cuanto al lado teórico del asunto, advirtió tres etapas en el ciclo vital de los piojos. En primer lugar, personas a las que denominó «portadores» los llevaban encima para contaminarle. Los portadores eran tipos inconscientes de su papel como distribuidores de piojos. Durante esta etapa los piojos no tenían pinzas o mandíbulas (aprendió esta palabra durante sus semanas de investigación, una insólita ocupación teórica para un tipo que trabajaba en Frenos y Llantas Handy reparando tambores de frenos). Así pues, los individuos portadores no sentían nada. El acostumbraba a sentarse en un rincón de su cuarto de estar contemplando cómo entraban los distintos portadores —a la mayoría ya los conocía, aunque también había algunos desconocidos—, cubiertos con áfidos que se encontraban en esta fase particular inocua. Y no le quedaba más remedio que sonreírse, puesto que sabía que aquellas personas estaban siendo usadas por los piojos sin que se dieran cuenta.

—¿De qué te ríes, Jerry? —le preguntaban entonces.

En la segunda etapa, los piojos adquirían alas, o algo por el estilo, aunque en realidad no eran alas. Bien, eran apéndices de un tipo funcional que les permitían desplazarse. Así era como se movían y esparcían... especialmente por su cuerpo. El ambiente estaba cargado de ellos, constituían una especie de nube que llenaba su cuarto de estar, toda su casa. Durante esta fase tuvo que esforzarse por no tragárselos. Lo que más pena le daba era su perro. Podía ver los piojos posándose y esparciéndose por todo el cuerpo del animal y, probablemente, introduciéndose en sus pulmones, tal como habían hecho con él mismo. Quizás el perro sufría tanto como él; al menos, eso es lo que intuía. ¿Debería renunciar al perro por el propio bien del animal? Decidió que no haría tal cosa ya que el perro, inadvertidamente, estaba infestado, y los piojos irían en su compañía a cualquier parte que fuera.

A veces se metía en la ducha con el perro, tratando de limpiarlo, pero sin mejores resultados que los obtenidos con su propia persona. Resultaba doloroso sentir que el perro sufría, y Jerry nunca cesó en sus esfuerzos por ayudarle. El animal no podía quejarse y esto, los sufrimientos del perro, era hasta cierto punto lo peor de todo. Un día se presentó su amigo Charles Freck mientras estaba bañando al perro. —¿Qué narices estás haciendo todo el día metido en la ducha con el maldito perro? — preguntó Charles.

—Quiero quitarle los áfidos —contestó Jerry.

Sacó de la ducha a Max, el perro, y se puso a secarlo. Charles Freck contempló desconcertado cómo Jerry frotaba la piel del perro con polvos de talco y colonia infantil. Toda la casa estaba llena de sprays insecticidas, cajas de polvos talco, botellas de colonia infantil y pomadas para la piel, la mayor parte de ello usado. Jerry debía utilizar cada vez más y más productos.

—No veo ningún áfido —dijo Charles—. ¿Qué es un áfido?

—Es algo que puede matarte —contestó Jerry—, eso es lo que es. Los tengo en el pelo, en la piel y en los pulmones, y el dolor es insoportable... Tendré que ir al hospital.

—¿Por qué no puedo verlos?

Jerry soltó al perro, envuelto en una toalla, y se arrodilló junto al felpudo.

—Te enseñaré uno —anunció. El felpudo estaba cubierto de piojos. Brincaban por todas partes, arriba y abajo, algunos más alto que otros. Jerry buscó uno especialmente grande, puesto que la gente tenía dificultades para distinguirlos.

—Trae una botella o un bote —pidió a su amigo—. Busca debajo del fregadero. Lo taparemos, y se lo llevaré al médico para que pueda analizarlo.

Charles Freck trajo un bote de mayonesa vacío. Jerry prosiguió buscando, hasta encontrar un áfido que daba saltos superiores a un metro. El insecto medía más de dos centímetros de largo. Lo atrapó y metió en el bote, con mucho cuidado, y roscó la tapa del recipiente. Luego lo alzó en señal de triunfo.

—¿Lo ves? —dijo.

—Siiii —contestó Charles, con los ojos muy abiertos mientras examinaba el contenido del bote—. ¡Qué grande! ¡Jo!

—Ayúdame a encontrar más para que el doctor los vea. —Jerry volvió a agacharse sobre la alfombra, dejando el bote a su lado.

—Claro —dijo Charles, y puso manos a la obra.

Al cabo de media hora habían llenado tres recipientes con piojos. Charles, aunque novato, encontró algunos de los más grandes.

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